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Full text of "La conquista de Bizancio"

Obras Completas de 
VARGAS VILA 



lA CONaUISTA 
DE BIZANCIO 




■ Sopeña 

B -A . 



P ROV E NVA 9 5 B/\RC ELON A 



Digitized by the Internet Archive 

in 2010 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://www.archive.org/details/laconquistadebiz01varg 



Obras completas de J. M. Vargas Vila 



DiaiECHOS DE AUTOR 




rado ilegal. 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 



EDICIÓN DEFINITIVA 

DEBIDAMENTE REVISADA Y CORREGIDA 

POR EL AUTOR 



OBRAS COMPLETAS DE VARGAS VILA 



NOVELAS 



Aura o las Violetas. 

Fior del Fango. 

Ibis. 

Rosas de la Tarda. 

Alba Roja. 

La Simiente. 

Delia (Lirio blanco). 

Eleonora (Lirio rojo). 

Cerníanla (Lirio negro). 

El Camino del Triunfo. 

La Conquista de Bizancio. 



María Magdalena. 

La Demencia de Job. 

El Minotauro. 

Los discípulos de Emaüs. 

Los Parias. 

Sobre las Viñas Muertas. 

Los Estetas de Te6po!!3. 

El Final de un Sueño 

La Ubre de la Loba. 

Salomé. 

Cachorro de León. 



NOVELAS COKTAS 



Copos de Espuma. 

El Sendero de las Almas. 



Gestos de Vida. 



LITERATURA 



Prosas-Laudes. 

Ars-Verba. 

De sus Lises y de sus Rosas. 

Libre Estética. 

Sombras da Águilas. 

Horario Reflexivo. 



Archipiélago Sonoro. 
Rubén Darlo. 
Prosas Selectas. 

El Canto de las Sirenas en los Ma- 
res de la Historia. 
En el Pórtico de Oro de la Cloria. 



FILOSOFÍA 

El Ritmo de la Vida. 

Huerto Agnóstico. 

La Voz de las Horas. 

Del Rosal Pensante. 

De los Viñedos de la Eternidad. 

Saudades Tácitas. 

Antes del ultimo Sueño. 



HISTORIA 

La República Romana. 
Los Césares de la Decadencia. 
Los Divinos y los Humanos (Pro- 
videnciales). 
Ln Muerte del Cónilor. 
Pretéritas. 

Históricas y Políticas. 
El Imperio Romano. 



POLÍTICA 



Laureles Rojos. 
Clepsidra Roja. 
Belona Cea Orbl. 
Ante los Bárbaros. 



Verbo de Admonición y de 

Combate. 
En las Zarzas da Horeb. 



TRAGEDIA 

En el Huerto del Silencio. 



CONFERENCIAS 

Polen Lírico. 



Obras completas de J. M. VAKGAS VIL A 

LA CONQUISTA 
DE BIZANCIO 

EDICIÓN DEFINITIVA 



Nada resiste a aquel que quiere 
tenazmente; 
el Genio es una Voluntad. 

Vargas Vil a. 




BARCELONA 
RAMÓN SOPEÑA, Editor 

PRO VENZA, 93 A 97 



Derechos reservados. 



Ramón Sopeña, impresor y editor ; Provenía, 93 a 97.— Barcelona. 



PREFACIO 

VARA LA EDICIÓN DEFINITIVA 



Breves lineas: limi)iares ; 

para exornar el pórtico de este libro a manera 
de un Exergo frontal; 

hoy que entra él, en la Edición Definitiva de mis 
Obras Completas ; 

prometí hacer el historial de cada uno de ellos; 

y, de hacerlo he; 

para és.e. 



El Invierno; 

la estación maravillosa bajo los cielos de Roma; 

esos cielos de Milagro, malaquitas transparentes ; 

siempre puros, siempre diáfanos, convo cielos de 
cristal ; 

bajo el gris opalecente de las brumas invernales, 
empecé a escribir este libro ; 

■£n el año de 1910 ; 

demoraba en Vía Tácito ; 



vlll PREFACIO 

desde mi casa, sita en antiguo feudo de los Pa- 
pas, casi a la sombra mural del Castel St. Angelo, 
se veía bien, por muy cercana, la tnole azul-aU' 
tracita, de la Cúpula de San Pedro ; 

muerto era ya, León. XIII, aquel Papa Momia, 
a quien dio tanta gloria inmerecida, el genio poli- 
tico de Mariano Rampolla del Tíndaro, fino y su- 
til espíritu, hecho para ser un Papa del Renaci- 
miento y, a quien la mano temblorosa del Austria 
decrépita, acababa de arrebatar la corona pontificia 
con un Veto arcaico, resto de su fatal y, estéril 
poderío ; 

este gran calabrés vencido, vivía aún, en el Pa- 
lacio de Santa Marta, no lejos de alli, refugiado 
en el silencio, cual si quisiese librar sus belfos enor- 
mes, de la copa de veneno que hahia de serle ofre- 
cida luego; 

ocupaba el trono de San Pedro, ese campesino 
cuasi analfabeto que se llamó José Sarto y, reina-^'> ::3 
naba con el nombre de Pió X-; Cj¿ ^ 

la mansedumbre candida de ese labriego místi- 
co, extendía un halo de pureza y de Paz sobre el 
histórico Palacio, por cuyos ventarwles abiertos, se 
hahia escapado la luz delatora de las orgías de 
Alejandro VI, y, en cuyas escaleras, desnuda la 
espada, pronta al asesinato, parecía vagar aún la 
sombra de César Borgia; 

pero, la Cúpula, permanecía trágica, y, se ha- 
cia aún 7nái, cuando al morir de las tardes, el rayo 
oblicuo del Sol parecía incendiarla, dándole los 
reflejos extraños de una marcasita fosforescente ; 

la visión de esa Cúpula tan cercana, me obsesio- 
naha mientras escribia casi todo este libro; 



PEEFACIO IX 

y, fué entonces que ideé el motivo pira la cará- 
tula simbólica que hoy exorna su portada; 

ese tigre nervioso y 7nusculado , que semeja son- 
reír a la gran noche, en la cual impera, y que pa- 
rece tener prisionera de sus garras; 

ese felino descoinunal , que ha saltado hasta la 
Cúpula enorme y, la domina, como queriendo des- 
de ella devorar el mundo, no es un cachorro de 
los Borgias, ni de los Médicis, ni de los Famesios, 
no es siquiera un Piccolomini, ni un Perctti, ni 
un Ghislieri, es el enorme bárbaro que la tierra 
espera ver aparecer para asaltar la Cúpula, poner la 
zarpa sobre la Cruz que la domina, y, derrumbar- 
se con ellas; 

el Ante-Papa, que el inundo espera ver llegar, 
cansado de esperar el Ante-Cristo, que 7io llegó 
jamás a pesar de las llamadas apasionadas de 
Nietzsche, el cual acaso lo era, aun sin saberlo; 

caí enfermo, antes de terminar este libro; 

huí de Roma; 

y fui a Ravello ; 

fué alli, ya convaleciente, que lo concluí; 

enviado fué a París, y publicado al finar ese año 
de 1910. 



Lo que distingue a la Critica, es : la Incompren- 
sión ; 

un Critico capaz de comprender una Obra de 
Arte, no seria ya un Critico, seria un Artista; 

un Artista realiza la Obra de Arte, no la mu- 
tila ; 

un bárbaro la mutila y, no la hace ; 



X PREFACIO 

de alii la lapidación de ciertos libros ; 

de todas la conjuraciones mentales, la mus inútil 
es la conjuración contra los libros ; 

no se puede nada contra ellos; 

todo lo que se hace para abatir un libro, no sir- 
ve sino para enaltecerlo ; 

insidtar un libro, )w es combatirlo, es propalarlo ; 

eso sucedió con este libro a su aparición; 

críticos charlatanescos dados al charivari de las 
palabras, ya que son incapaces de la concepción de 
las ideas, vinieron contra él; 

en charlas interminables de barberos desocupa- 
dos, extremaron el ataque; 

pero, entonces, como siempre, nada pudo contra 
el libro el figarismo incongruente de aquellos pa- 
pagayos tartamudos; 

el libro venció; 

el libro fué directamente a la Victoria; 

sin preocuparse de las nubes que el Odio forma- 
ba por debajo de su vuelo. 

Vargas Vila. 
En 1919. 



PRÓLOGO 
DE LA EDICIÓN DE PARÍS 



He aquí La Conquista de Bizancio, que sigue 
de cerca al Camino del Triunfo, y lo completa ; 

¿recordáis la armonía intensa y, gradual con que 
ciertos pintores trecentistas y, cuatrocentistas, sa- 
bían desarrollar un vasto tema, múltiple y, pro- 
fundo, en los dos motivos de un solo cuadro, dis- 
tintos en apariencia y, llenos sin embargo, de una 
portentosa unidad? 

seguro estoy de que cuando de esto os hablo, a 
la mente os viene, el recuerdo de ciertos dípticos 
y, aun trípticos, de Palma, de Benozzo Gozzoli, 
de Taddeo di Bartolo, de Verrocchio o Ghirlan- 
dajo, y, la nostalgia de esa Belleza medioeval, os 
asalta el ánimo ; 

y, no sólo en los cuadros, que también en los li- 
bros, dípticos gráficos hay, que en pictural Belle- 
za Interior, en nada ceden a aquellos que los jNIaes- 
tros de la Pintura ejecutaron con amor ; talmente 
desarrollan con potencialidad profunda y, armóni- 
ca, los motivos interiores de una misma alma, en 
la vasta tela sinfónica de una sola obra, bajo su 
doble apariencia pictural ; 

la Trilogía admirable de Zola : Lourdes — París 



XII PEEFACIO 

— Roma; he aquí un modelo; insuperado. ¿Insu- 
perable?... 

teatral y, genial, Josephin Péladan, en su De- 
cadencia Latina, y otros bellos ejemplos nos ofre- 
ce, de la concatenación de una Vida, en los prismas 
difusos y cambiantes, de una doble novelización ; 

y, Maurice Barres, en sus gloriosos tiempos del 
Jardín de Berenice, Sous Vceil des Barbares y, 
UHomme Libre admirables modelos, de este mé- 
todo novelador nos dio ; 

así. El Camino del Triunfo y, La Conquista de 
Bizancio uno como díptico son ; 

¿una misma novela? no; 

¿la novela de una misma alma? sí; 

un lirio bifolio, cuyos pétalos pueden separarse 
sin romperlo ; y, unidos, forman una sola flor. 



Termino este libro, no fatigado, sino desilusio- 
nado ; 

sé toda su esterilidad actual; pero confío en su 
futuro trascendental ; 

las ideas y las sectas combatidas en él, triunfan 
en toda la línea en nuestras latitudes ecuatoriales ; 

los hombres y, los partidos, aun los más avan- 
zados, capitulan con ellos ; 

yo lo sé ; 

sé que hoy, todo es adverso a esta campaña 
mía ; 

sé que mi gesto es, no arcaico, como ha dicho 
alguien, sino prematuro ; 



PREFACIO XIII 

sé que actúo fuera de mi época ; 

hace mucho, que eó que soy un Inactüal ; 
mis contemporáneos , aun no han nacido ; 

pero, ellos llegarán, y encontrarán mi Espíri- 
tu, a la linde del mundo que van a recorrer, Ue- 
nando esas épocas, con el Orgullo de su Soledad ; 

y, la culpa no es mía ; 

yo, no escogí la época ni los lugares en que me 
tocó nacer ; 

y, si la elección me fuera dada para un renaci- 
miento, de todo aquello que me dio vida, yo no 
escogería de nuevo sino el vientre de mi madre ; 

es el único seno, en el cual siento el orgullo de 
haber vivido ; 

yo, no me quejo de mi época ; 

ella, ha sido, no sólo generosa, sino pródiga con- 
migo ; pero no lo ha sido con mis ideas ; 

sólo mi nombre, ha triunfado ; mis ideas están 
en derrota ; 

¡ triste Triunfo, que equivale, a un más triste 
Vencimiento ! . . . 

yo, escucho las voces amigas y, aun cariñosas, 
que me advierten sobre el espíritu de ciertos libros 
míos ; 

«la Violencia — ha dicho uno — , perjudica la obra 
artística de Vargas Vila ; porque la Violencia y el 
Arte se excluyen» ; 

«toda la obra literaria de Vargas Vila — dice 
otro — , está deshonrada, por la tendencia a hacer 
de ella, una campaña anticlerical» ; 

«vuestro ateísmo mutila vuestro genio», me ha 
dicho un gran Poeta ; 



XIV PEEFACIO 

y, 3'o sé el espíritu íntimo de esas frases : sé lo 
que ellas siguifican ; 

quieren decirme ; que si yo fuese un talento 
amable y, piadoso, mi grandeza y mi Obra serían 
indiscutidas, y, habría ascendido sin trabas, a lo 
más alto del Eenombre ; 

pero, sin serlo, ¿dónde está aquel que liaya lle- 
gado más lejos y más alto que Yo?... 

¡ascender! ¡triunfar!... ¡eso, es también una 
tristeza ! . . . 

¿quién no asciende? 

hoy, se asciende en todas direcciones : liasta 
para ahajo; 

¿recordáis la fábula de el Águila y, el Caracol? 

una águila había volado mucho, mucho, había 
llegado alto, muy alto, hasta el más encumbrado 
pico de una cima, que parecía inaccesible ; allí, de- 
tuvo el vuelo ; miró la altura inconmensurable, y 
en el vértigo de su Orgullo, dijo : 

— ¿Quién ha llegado más alto que yo? 

— Yo — dijo alguien encima de ella ; 

volvió los ojos feroces el águila, y vio sobre 
la última piedra de la roca, un caracol ; 

sorprendida al verlo sin alas, el águila pregun- 
tóle : 

— ¿Cómo has podido llegar hasta tan alto? 

— Arrastrándome — respondió el sucio molusco ; 

mirólo el águila, hecha ya triste, y alzó de nue- 
vo el vuelo ; arriba , arriba , más arriba , y se per- 
dió en la Soledad... 

sólo en la Soledad, se puede permanecer incon- 
taminado ; 



PKEFACIO XV 

todas las cimas, están ya deshonradas en la 
Tierra ; 
. sólo la Soledad, es pura ; 

quien dice Soledad, dice Libertad ; pcio dice 
también Abnegación, desprendimiento de todas las 
cosas de la tierra, de todo lo que encadena las alas... 

E^nunciación... 

renunciar a la Patria, al Hogar, a la Familia ; 
así como lo he hecho yo ; 

e, ir desorbitado por la Vida, buscando no ya 
el lugar donde vivir, sino el lugar donde morir ; 

morir, he ahí lo que en el Solitario es una Es- 
peranza y, no un Temor ; 

y, yo sentí la tristeza de esa Esperanza ; la sen- 
tí, cuando hace pocos meses, muy enfermo, sus- 
pendido entre la Vida y, la Muerte, tuve la visión 
de morir sin concluir este libro... 

sus manuscritos me han acompañado después, 
por todas las playas mediterráneas, donde huyen- 
do al Invierno, he arrastrado mi convalecencia y 
mis dolores ; 

y, al fin, lo he concluido aquí, sobre esta playa 
amiga, ante el gris nostálgico de este golfo siem- 
pre taciturno, y, el azul opalino Se este cielo lleno 
de ternuras indefinibles ; 

y, lo envío a la publicidad ; 

este libro, es con El Camino del Triunfo, la más 
fuerte, si no la más bella de mis novelas de coni- 
hate ; 

yo, sé lo que la unión de estos dos vocablos, 
exaspera a los sacerdotes del Arte Impasible, y, 
a aquellos de mis críticos que no comprenden otro 
arte de novelizar, que el viejo arte romántico, más 



XVI PEEFACIO 

o menos modernizado con ensayos de psicología fe- 
menina, olorosos a houdoir... 

no es el caso de polemiquear aquí, sobre el es- 
píritu y las tendencias de mis novelas y, sobre mi 
arte de novelador, que tanto los enfada ; 

yo, be tenido siempre el Orgullo de no defender 
mis libros, que ban triunfado sin mi defensa, aca- 
so más que con ella misma ; 

pero, sí bablaré un día, sobre el Arte de la no- 
vela social, la novela revolucionaria, esa que ellos 
llaman desdeñosamente ijolitica, y que en nombre 
de ese vocablo de gloria aristotélica, se empeñan 
en proscribir de los dominios del Arte ¡mro ; 

nos encontraremos en este terreno ; y, acaso 
pronto ; 

por boy, va la Conquista de Bizancio, tan espe- 
rada por aquellos a quienes fascinaba y atraía ya, 
la personalidad de León Vives, apenas esbozada 
en el Camino del Triunfo; 

sé que este libro, como el anterior, su hermano 
gemelo, levantará las mismas borrascas, y, provo- 
cará las mismas cóleras ; 

ése es mi objeto ; y, ése mi deseo ; 

el Odio, es la Gloria de ciertos libros, y de cier- 
tos nombres ; 

i gloria pura ! porque es la única que no se com- 
parte con los mediocres ; 

el Odio, es una forma de la Admiración, y la más 
rara. 

Vargas Vila. 

En Eavello (Golfo de Salerno). Febrero MCMX. 



LA 

CONQUISTA DE BIZANCIO 



Octubre 23. 

He ahí el Otoño, que me hace soñador... 

¿por qué amaré yo tanto, esta estación ambi- 
gua y versicolor, cuyos tintes ajados y delicues- 
centes, parecen borrarse, en una lenta aneniza- 
ción de cosas inmateriales y divinas? 

es una dulce transfusión maravillosa de colores, 
una subümación extraordinaria de cosas mórbidas 
e irreales, infinitamente sutiles, que son como un 
estado de alma, delicado y lúcido de la Naturale- 
za, dispuesta a entrar en grandes ensoñaciones ; 

yo, amo estos cielos de nácar, con tintes anaran- 
jados, como flecos de oro, en una dalmática blan- 
ca ; estos cielos serenos de palideces únicas, en 
los cuales los últimos vestigios del estío, extienden 
un berilo amortiguado, con gradaciones enfermi- 
zas de rubí, como la última ola empurpurada por el 
crepúsculo, sobre la arena de una playa palideci- 
da en la noche ; 

BIZANCIO. — 2 



2 V AEG AS VIL A 

tal vez mi alma tiene algo de Otoñal, y, íiIíio de 
crepuscular ; por eso ama las horas y las estacio- 
nes misteriosas, ]k>y lo que tiene de ondeante y de 
inasible ; 

yo odio las cosas francas, como el calor de los 
estíos y el frío de los inviernos ; su franqueza bru- 
tal es desconcertante ; no hay delicadeza, no hay 
matices, no hay gradaciones, en aquel ataque bru- 
tal de los elementos, que tienen de la certidumbre 
asesina de la fiebre y de la Muerte ; 

el alma no se abre a las ternuras, a las simul- 
taneidades, a las sensaciones profundas que se 
desarrollan en ella como un acuerdo musical y, se 
funden en la dulce armonía de la Naturaleza, sino 
bajo estos cielos cambiantes, de tintes instables, 
tan soberanamente tristes, en que los colores, sin 
fuerza, cantan como viejas romanzas, llenas de rit- 
mos desfallecientes, en que las cosas mismas, pa- 
recen tener formas extrañas y espirituales, como 
en una substitución de motivos sinfónicos, llenos 
de impresiones sutiles e inexplicables, como en 
la extraña sensación de un sueño ; 

los pocos momentos sensitivos de mi vida, los 
he tenido siempre en las horas crepusculares, en la 
agonía feliz de los colores, en que parece el cielo 
una desfloración de pétalos, y, sobre las catedra- 
les aéreas del horizonte, el arco menguante de la 
luna asoma, como un alfanje que hubiese decapi- 
tado al sol ; 

era a la hora del crepúsculo, que yo me refu- 
giaba bajo los rosales, en el jardín inculto de aquel 
nido de brujas que fué mi casa, y quedaba como 
extático largas horas, allí, bajo la sinfonía de las 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 3 

rosas, que desplegaban sobre mí, sus pétalos como 
un arpegio, con una dulzura de alas íntimas, que 
protegiesen mi niñez, contra los ocultos maleficios 
de la Vida ; 

cómo y cuánto gozaba entonces, oyendo la voz 
quejosa de la tarde, murmurar consejas a los pina- 
res vecinos, en la clemencia de la hora, bajo los 
cielos pálidos como una margarita abierta, en cu- 
yo corazón muriese el sol, suntuosamente ; 

era mi hora cerebral, la hora en que yo sentía 
nacer en mí, el pensamiento, y me daba a idear co- 
sas absurdas, tales, como el incendio de mi casa 
en el cual viera yo arder a mi madre y, a mi abue- 
la, como dos mariposas negras, chamuscadas por 
la misma llama ; 

fué en esa hora languideciente y vaga, que yo 
tuve mis primeras fiestas espirituales, y sentí el 
despertar de mi alma, cuando terminadas las ta- 
reas escolares, Lucio Pica y yo, emprendíamos 
nuestros paseos vesperales, por entre los campos 
cultivados, llenos de florescencias verdes, que ha- 
cían semejar el llano, a un gran estanque, sobre el 
cual los jirones blancos de las nubes parecían plu- 
mas ligeras, que cayesen lentamente, en la sereni- 
dad penetrante de la hora, llena ya de las vagas 
palabras de la Noche ; 

fué a esa hora, que los labios de mi Maestro, 
se abrieron como la roca de INIoisés, sobre las ari- 
deces de mi corazón desolado y virgen ; 

y, todo el tesoro de su ciencia cayó en mí, y fe- 
cundó mi espíritu, en una verdadera transfigura- 
ción mental, y, bajo la caricia, tierna y luminosa 
de esa palabra, yo sentía la emoción de un pájaro 



4 VAEGAS VILA 

.que tiene ];-r primera vez conciencia de sus alas, 
y, quiere ensayar el ímpetu de ellas ; 

y, el fuego interior de mi espíritu, comenzó a ar- 
der en silencio, incubando la voluntad tenaz de mi 
acción, aun incierta, de mi orientación hacia cier- 
tas cimas inmanentes, que ya veía confusas, pero 
fijas, en las lejanías de un horizonte prometido a 
la tenacidad de mi esfuerzo individual ; 

fué a esa hora dulce y tierna, llena de mística 
voluptuosidad, que yo besé los labios de Rosina, 
mi prima, y el reflejo de nuestras caricias, cayó 
sobre el agua quieta del estanque vecino, que a 
través del ramaje, era como un espejo hecho para 
reflejar nuestras desnudeces, en la calma del pai- 
saje envuelto en un silencio que parecía sobrena- 
tural, y, lleno de estremecimientos lejanos ; 

fué a esa hora, que hoy me parece tan remota 
y, en el frenesí de mis besos, reproducidos por el 
agua, que la hice madre... 

tengo necesidad de repetirme esa palabra, para 
creerla, tanto así he olvidado el hecho : 

¿yo, soy padre? 

sí ; del hijo de Lucio Pica ; 

puf... 

¡cómo me ha hecho reír siempre, la comicidad 
de este asunto, las raras veces que he pensado 
en él ! 

y, yo, que creía haber engañado a Lucio, ha- 
ciéndole creer que era de él esa criatura ; 

cuánta fué mi extrañeza, cuando aquella maña- 
na, momentos antes de morir, me dijo : 

— «En pago de mi cariño has deshonrado mi vi- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 5 

da, deshonrando a aquella que debía compartirla ; 
tu hijo, está allí para atestiguarlo». 

¿mi hijo? ¿él lo sabía, pues? ¿no había sido 
engañado? ¿Kosina no había podido convencerlo? 
¿no había sabido fingir? 

y, Lucio, no había dicho nada ; 

había callado su deshonra. 

Lucio, era un hombre bueno ; 

y, los franceses tienen razón, cuando dicen que 
bueno y, bestia, se escriben con la misma letra ; 

tienen mucha razón ; 

yo, no he visto todavía un hombre bueno, que 
no sea un perfecto imbécil, aun bajo las aparien- 
cias de hombre de genio ; 

¿por qué la Bondad, y la Imbecilidad, son si- 
nónimos? 

está ya probado, que es fuera del universo con- 
vencional de la Bondad, que se halla la perfec- 
ción moral del tipo Hombre ; la Bondad, es una 
deficiencia ; 

es una aminoración y un peligro del Individuo ; 
y, una verdadera amenaza para la colectividad ; 

una sociedad de hombres buenos, sería inadmi- 
sible e intolerable ; 

felizmente, el estado natural del Hombre, es 
lo que se ha dado en llamar, el Mal, es decir, su 
aptitud para vivir, crecer y defenderse : su ten- 
dencia al dominio y al progreso ; 

los buenos, es decir los ineptos, son los menos ; 

la bondad, es una imperfección ; y por eso, los 
buenos, son raros, como los jorobados y, todos los 
contrahechos ; 

el Mal, es el único aliciente de la Vida ; 



6 VARGAS VILA 

la Vida, pasada en lo que se ha dado en llamar 
la Virtud, no sería una vida vivida, como no lo se- 
ría la transcurrida en un hospital de incurables ; 

yo, detesto ese estado ficticio y antinatural, que 
se llama la Virtud, pero, la detesto cuando es un 
estado real del alma; ¿existe? 

ahora, la Virtud, como estado convencional, es 
decir, la Bondad (falsa, se entiende) como profe- 
sión, es el estado verdadero de perfección en el 
Hombre ; 

ningún grande Hombre ha sido virtuoso, pero 
todos han tratado de parecerlo ; 

¿por qué? 

porque el divino poder de la Hipocresía, la Vida 
ficticia que es la que hace, los grandes, los héroes 
y los santos, es decir, el estado de IMentira perma- 
nente, es el principio activo del Triunfo, el hilo 
conductor y decisivo de la grandeza individual, la 
distintiva y la característica de toda superioridad ; 

un hombre, que viva en la Verdad, y diga la 
Verdad, no dominará jamás ; será siempre un buen 
hombre, no será nunca, un grande hombre ; 

el hombre, necesita de la Mentü'a, como del 
pan ; es su alimento ; 

dársela, es conquistarlo y dominarlo ; 

¿habéis visto algún tirano, que diga a su pue- 
blo : «yo vengo a esclavizaros» ? 

ninguno ; 

¿habéis visto algún inventor de religiones que 
diga a sus creyentes : «yo soy un farsante» ? 

no ; 

y, ambos llegan a dominar y a convencer ; 

¿por qué? 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 7 

por el oculto e inagotable, poder de la Mentira ; 

pero, ¿por qué me he enzarzado en estas diva- 
gaciones ? 

¡ mi bendita manía de razonar ! 

volvamos a mis crepúsculos, y al encanto extá- 
tico de esa hora, llena de turbaciones íntimas, en 
que la Naturaleza y el Hombre, se confunden, 
cual si fuesen un solo elemento, aéreo e impalpa- 
ble, que flotase sobre la tierra como una atmós- 
fera ; 

estoy en vena de romantizar... ¿eh?. .. 

¡ cómo es verdad que en el fondo de todo hom- 
bre, duerme un poeta, es decir, que cada uno te- 
nemos nuestro cuarto de hora de Imbecilidad ! 

y, este estado inferior del ánimo tiene sus en- 
cantos ; 

decía yo, que esta hora del crepúsculo me ha 
dado las únicas horas románticas de mi vida, mis 
únicas horas decisivas y de enternecimiento ; 
(¡ ojalá que no muera yo, en la hora del crepúscu- 
lo, porque sería capaz de morir creyendo en Dios !) 

y, sin embargo, no me enternezco, pensando en 
mi hijo ; 

la voz de la sangre ; ¿qué sería esta imbeciUdad, 
si existiera? el amor inmundo a la simiente, algo 
semejante al amor que se tuviera por sus propios 
excrementos ; ambos son dos productos nauseabun- 
dos salidos de nuestro cuerpo, y destinados a dar 
vida a nuevos seres ; 

¿habéis pensado alguna vez con ternura, en los 
innumerables animáculos, a los cuales dais vida 
con vuestras deyecciones corporales?... y, sin em- 
bargo, son sangre de vuestra sangre, como los es- 



8 VAEGAS VILA 

permatozoarios de vuestra simiente... son vuestros 
hijos... ¿la voz de la sangre no os llama hacia 
eUos?... 

¿no es verdad que lo que hay de adorable en el 
hombre, es lo que tiene de idiota? 

la voz de la sangre ; 

¿dónde estáis, sangre mía, que no habéis cla- 
mado nunca en mi corazón, por el hijo de Lucio 
Pica? 

yo, recuerdo haberlo visto jugar en el jardín de 
mi Maestro, cuando a mi regreso del colegio, vi- 
sité aquella casa, donde ya todos los corazones, 
a excepción del de Victoria Pica, me eran hos- 
tiles ; 

era un niño delgado y rubio, como yo, que se- 
mejaba un lirio real, y cuyos ojos prematuramen- 
te agresivos, no miraban con ternura sino a su 
madre ; 

un niño silencioso, de labios llenos de desdén 
y, mentón voluntarioso ; un poco salvaje ; no se 
dejaba acariciar ; a mí me fué personal y enor- 
memente repulsivo ; 

si me lo hubiesen dejado solo, tal vez hubiera 
hecho algo por suprimirlo ; 

habría sido bella, la visión de aquel niño, ahoga- 
do en el riachuelo, hundiéndose bajo las linfas co- 
mo un nenúfar violado, extinguiendo en ellas el 
resplandor de sus ojos crueles, que parecían mirar- 
me con odio ; 

¡bello cuadro y, no banal! pero, no pudo ser; 
nunca estuve solo con él ; tal vez ahogándolo, ha- 
bría ahogado una complicación, ya que no un re- 
mordimiento ; ¿cómo podrán tener remordimien- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 9 

to los que matan? ¡el remordimiento está, en no 
haber matado a tiempo ciertos hombres y cier- 
tas cosas ! . . . 

la Muerte, es la única baiTera contra el Odio ; 

odio, ¿qué otra cosa puedo yo inspirar a mi hi- 
jo, si llega a tener talento como yo? 

¿ lo tendrá ? 

las razas como las especies, degeneran, hay una 
aristocracia de tipos superiores y completos, que 
son como la culminación de su fuerza y de su for- 
ma, y, no se reproducen ; 

yo, soy ese tipo de mi raza ; 

¿mi hijo será un idiota? 

si la Vida es una enfermedad, al dársela yo a 
mi hijo, ¿le habré dado también algo de mi estruc- 
tura mental? 

menguados andaríamos ; 

felizmente, en la Naturaleza reinan la variedad 
y la abundancia, y los tipos no se repiten ; al me- 
nos los tipos de excepción ; 

los caracteres semiológicos y los signos patognó- 
micos, no se reproducen nunca en el tipo inme- 
diato, cuando son los de un tipo de selección ; 

pero, héteme aquí otra vez, prendido en los zar- 
zales de la ciencia, por culpa de mi hijo ; ¿por qué 
me hará reír a mí, tanto esa palabra? 

también era un crepúsculo aquel en que abando- 
né mi aldea, mientras que por las veredas lejanas, la 
multitud conmovida, llevaba al cementerio, el ca- 
dáver de mi Maestro, que yo había matado ; 

he ahí otra frase que me hace sonreír ; 

¿yo he matado? 

¿yo? 



10 VARGAS AaLA 

he ahí otra cosa, que me cuesta trabajo creer ; 
tal es el vacío de emoción y de recuerdos, que eso 
ha dejado en mi memoria ; 

yo, he dado la Vida a un ser ; 

yo, he quitado la Vida a un ser ; 

he ahí dos cosas que todos los hombres, toman 
como muy graves : engendrar y matar ; 

construir o destruir ese ser ficticio y miserable 
que es un Hombre, he ahí los dos extremos de la 
Virtud y del Crimen, para ese gusano irreflexivo y 
soñador, hijo de la Mentira y el Orgullo, que es el 
Hombre ; 

según él, yo soy un ser augusto, por el hecho 
de haberme acostado con mi prima, y haber hecho 
un hijo ; ¡ la gran Misión de la Paternidad !,.. 

y, soy un criminal, por el hecho de haber des- 
truido un hombre, que me había hecho bien y po- 
día hacerme mal ; ¡oh, la gran Virtud de la gra- 
titud!... 

estas grandes imbecilidades, no me divierten 
siempre, a veces me dan asco, y aun me produci- 
rían indignación, si no estuviera convencido, que 
el único sentimiento legítimo que inspira el Hom- 
bre sobre la tierra, es el desprecio ; 

yo, que no he temido ni esperado nada de esa^ 
quimeras y, he fundado sobre las ruinas de ellas 
la independencia de mi espíritu y el Imperio de 
mi orgullo, no siento nada, nada, sino una atonía 
completa, al rozarme con esas dos sensaciones : la 
procreación y, la destrucción del ser, y no alcanzo a 
comprender en dónde está la virtud de procrear, ni 
el crimen de matar ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 11 

el coito, el asesinato, dos sensaciones agrada- 
bles, nada más, nada más ; 

esta plenitud de mi Yo, que no me permite juzgar 
las acciones humanas, con el criterio general de 
las mayorías, sino según un criterio personal, que 
viene de la fuente íntima de mis sensaciones, de 
mi visión interior del mundo moral, de mi ma- 
nera toda personal de ver y de sentir los fenóme- 
nos ambientes de la Vida, ¿es una deficiencia? ¿es 
una superioridad? 

¿quién conocerá' jamás, el matiz obsciuro de sus 
sensaciones, la oscilación perenne de su pensamien- 
to, el ascenso y el descenso barométrico de su Yo, 
enorme y complejo, afirmando cuotidianamente el 
esfuerzo de su Voluntad, en el abismo formidable 
y, tenebroso del propio corazón? 

no podemos libertarnos del ambiente psíquico 
que nos circunda ; 

los estremecimientos del universo, son nuestros 
propios estremecimientos ; los ojos clarividentes de 
nuestro Egoísmo, se cierran a veces, sobre esa tem- 
pestad, y no distinguen bien en el tumulto confuso 
de nuestras sensaciones, que son todo nuestro Yo ; 
porque, ¿qué cosa es la Vida, sino una sensación, 
o una serie de sensaciones múltiples, e inconscien- 
tes, en cuyo imperio inabarcable, repercuten en 
estremecimientos obscuros y misteriosos, todas esas 
fuerzas dispersas y centrípetas, que por nosotros y 
contra nosotros, forman este fenómeno inexplica- 
do, enorme y misterioso de la Vida, que nos crea, 
nos alimenta y nos devora ? 

todo nos engaña, todo, hasta la santa pasión del 



12 VARGAS VILA 

Egoísmo, que es la única partícula de Divinidad, 
que hay en nuestro corazón ; 

porque el Hombre es solo en la Vida, solo con 
sus propias fuerzas, y no hay sino él, que llene el 
mundo con el milagro de su Esfuerzo, y, el pro- 
digio constante de su Voluntad ; 

el Hombre es todo. 

Dios mismo, no existe sino porque en caUdad 
de Idea, surge en el cerebro del Hombre, como 
una flor, nutrida de Ignorancia y de Debilidad ; 

la Vida, no es sino la lucha entre ese Reinado 
del Átomo llamado Mundo, y el Yo, lucha de la 
que resulta esa ley de armonía, por la cual vivimos 
dentro del organismo universal y, aspiramos a do- 
minarlo ; 

el Hombre, es para el Hombre, su propio Dios ; 

el Hombre, es la afirmación y el centro de todas 
las cosas de la Vida ; 

tal vez, él no haya creado la Vida, pero la da ; 

¿cada engendramiento, no es una creación de 
Vidu ? 

la Egolatría, es el único culto racional en el 
Hombre ; 

ser su propio Dios, y su Adorador ; 

enaltecerse por el esfuerzo diario de la perfec- 
ción, es decir, por el cultivo de sus facultades des- 
tructoras y dominadoras ; ser su Todo, y aspirar a 
ser el Todo de lo que nos rodea ; ser su causa y su 
efecto ; lo divino y lo humano de la Vida, fuera 
de lo cual, no hay nada bueno ni malo, justo, ni 
injusto sobre la tierra ; ser, el Yo Único, en cuyo 
torno gira la Vida como un tropel de sombras ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 13 

rien n'est pour Moi, au-dessus de Moi ; he ahí la 
divisa ; 

el mundo moral, es un miraje que vive en nos- 
otros y, desaparecerá con nosotros ; 

y, el mundo exterior, no existe sino en estada 
visual en nosotros ; 

cerrados para siempre nuestros ojos, la visión 
del mundo acaba en nuestro cerebro, y la Vida 
muere ; 

no hay sino nuestra Voluntad, que pueda hacer- 
nos grandes sobre la tierra ; 

el Hombre, es el propio arquitecto de su Yo; 

cada uno, es el escultor de su propia estatua ; 

por el fenómeno de la Voluntad, el Hombre se 
crea a Sí Mismo ; 

él, es quien labra sus propios triunfos, o hace 
sus derrotas ; vencedor o vencido, el Hombre no 
lo será sino por Sí Mismo ; 

no hay Destino, ni Predestinación, Ventura, ni 
Desventura sobre la tierra, sino en el corazón mis- 
mo del Hombre ; 

la Palabra Fortuna, es tan imbécil en los labios 
del ateo, como la palabra Providencia, en los la- 
bios del creyente. 

Destino... Dios... he ahí las dos expresiones de 
un mismo dislate... 

cada uno lleva su Providencia, en sí ; o mejor 
dicho : el Hombre es su propia Providencia ; 

proclamar la soberanía de los hechos sobre el In- 
dividuo, ésa es una teoría de débiles y de esclavos ; 

el Hombre, es un productor de hechos, no un 
juguete de ellos ; 

y, no hay soberanía sobre nuestra soberanía ; 



14 VAKGAS VILA 

sino soberanías en contra de la nuestra, a las cuel- 
les no hay que reconocer, sino vencer, imponién- 
doles nuestro Yo, como la única soberanía visible 
y posible en nosotros y fuera de nosotros ; 

buscar la conquista de la Vida, es decir el goce 
de la Vida, por la única forma de serenidad posi- 
ble, o sea por el Imperio de nuestra Fuerza, he ahí 
el único fin alto y noble de la Vida ; 

y, ¿cómo lograrlo? 

haciendo de nuestra vida un solo fin y un solo 
esfuerzo : la perfección y la victoria del Yo ; 

ningún hombre se libra de esta tiránica imposi- 
ción ; 

todas las sectas y todas las religiones de la Hu- 
manidad, no son sino eso, modalidades del 
Egoísmo ; 

¿qué buscaba Diógenes en su miseria? 

el goc6 imperturbable de su Vida ; de su felici- 
dad, según él ; la imposición de su Yo, harapiento 
y miserable, pero su Yo; 

¿qué buscaban los estoicos con su desprecio del 
mundo ? 

vivir en si, su propia vida, el ideal de su ventu- 
ra, cultivar e imponer su Yo, aislado y, andrajoso ; 

ideal de solitarios y, de ascetas ; 

el estoicismo, es la fuente de dondo nace el mo- 
naquismo ; 

el Monje, es el tipo perfecto del Egoísmo en los 
degenerados ; un egoísmo feroz, egoísmo de ven- 
cidos, de aquellos que no han tenido fuerza de vi- 
vir ni de luchar ; la pasión de los cerdos y de los 
frailes es la holganza ; su egoísmo gira en torno a 
una bellota ; pero, son felices, y logran en el har- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 15 

tazgo, la plenitud de su Yo ; un Yo bajo y despre- 
ciable, un Yo de piara, pero un Yo; 

y, Epicuro y su secta, ¿qué buscaron en la vida 
activa y placentera, en esa vida de goce, como una 
mañana estival, y que Simónides sintetizaba, en 
la Salud, la Belleza, la Kiqueza, y, la Amistad de 
amigos jóvenes? 

buscaban la Ventura, la Imposición de su Yo. 
su idea de la Vida, amable y rumorosa, como una 
barca que engalanada de flores, descendiera un 
río... 

¡oh, los amables y sabios filósofos, que a fuer- 
za de amar la Vida, la comprendieron mejor que 
ningún otro ! 

y, ¿qué fueron las renunciaciones primeras del 
Cristianismo, sino el triunfo del Hastío que los 
placeres de la sociedad pagana, habían extendido 
sobre la tierra como un perfume? el Hombre sin- 
tió la necesidad de salvajizarse, de cerdotizarse, de 
volver al estado primitivo, y, se puso desnudo, o se 
cubrió de pieles, y se refugió en una cueva del de- 
sierto ; 

¿por qué? 

porque obedecía a un estado mental suyo, a una 
idea personal, que le hacía hallar la felicidad, en 
esa vida de bestia y ese brutal retroceso a la bar- 
baria ; una afirmación de su Yo ; 

y, ¿qué fué el martirio mismo, en esos siglos 
remotos, en que existió sobre la tierra? 

la forma suprema del Egoísmo ; el sacrificio de 
una ventura perecedera, por buscar una ventura 
que se creía eterna ; el abatimiento de su Yo 
terrestre, por el engrandecimiento de su Yo en 



16 VARGAS VILA 

otras regiones, que se creían mejores ; una buena 
acción, pero un mal negocio ; 

en todas esas cosas de la Antigüedad, hubo más 
ignorancia que mala fe ; 

los antiguos, no son culpables de haber ignora- 
do al Hombre ; 

se conformaban con haber descubierto a Dios ; 

y, lo adoraban ; 

el Hombre no tenía todavía adoradores ; o, me- 
jor dicho, no se adoraba todavía ; 

el Hombre no había sido descubierto, al decir de 
Bruno Baüer ; 

felizmente, la edad de Dios ha pasado, y la edad 
del Hombre, ha venido sobre la tierra ; 

he ahí nuestra edad ; la edad que debemos com- 
prender y dominar ; 

ser el vencedor del mundo, es decir, de su mun- 
do interior, y del pequeño mundo exterior que nos 
rodea, he ahí el deber, el único deber de todo hom- 
bre, en estos tiempos de emancipaciones espiri- 
tuales, y de la quiebra fraudulenta de todas las en- 
telequias teológicas ; 

no hay sino un deísmo lógico : aquel que nos 
hace dioses ; 

y, ¿cuál el camino de la propia deificación? 

la disciplina interior ; el cultivo cuidadoso y el 
desarrollo ilimitado del Yo intimo, por medio de la 
obediencia ciega al Instinto ; 

la sabiduría de la Vida, está, no en contrariar su 
instinto, sino en seguirlo ; 

lo único sabio que hay en nosotros, es el Ins- 
tinto ; 

es por la obediencia ciega al Instinto, y por el 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 17 

cultivo asiduo de sus pasiones, o sea de sus incli- 
naciones y, aun de sus vicios — que son los que 
forman nuestra constitución psicológica, y hacen la 
grandeza y la fuerza de nuestro propio Yo — , que 
el Hombre, puede y, debe llegar al desarrollo com- 
pleto de su personalidad, porque la Vida, es decir, 
la Naturaleza, no soporta ser estrechada ni viola- 
da, o mejor dicho, no crece y no vive sino en ca- 
lidad de monstruo, al lado o dentro de las leyes, 
estrechas y antinaturales, que la Moral y la Socie- 
dad, han hecho para regirla, esto es, para defor- 
marla ; 

el Hombre, es el único animal, que se ha com- 
placido en deformar la Vida ; 

los demás, viven, según ella y para ella, y el 
Instinto, es para ellos lo que debe ser : la Supre- 
ma Ley ; 

líbreme Dios de caer en el naturismo sentimen- 
tal de aquel reumático de la Voluntad, que fué 
Juan Jacobo Eousseau : la sangre viciada de los 
sofistas, no está en mí ; 

yo, aseguro mi libertad, sobre el mundo, tratan- 
do de aprisionarlo, y para eso, no me importan los 
medios de que haya de usar : la Astucia o la Au- 
dacia, la Hipocresía, el Dolo, o la Bajeza, todos 
ellos son elementos del Triunfo, son mi Fuerza ; 
ellos no tienen color, no son negros ni blancos ; no 
son buenos ni malos, justos o injustos ; son los ele- 
mentos míos, son mi Yo, los elementos que la Vi- 
da me ha dado para vencer ; usarlos es mi deber ; 
todo lo demás es cobardía, ineptitud de vivir ; 

si eaigo vencido por no usar de ellos, ¿a quién 
culpar de mi derrota? ¿a quién? 

ETZAJÍCIO, — 3 



18 VARGAS VILA 

es para esos casos que el Hombre ha inventado 
a Dios ; para tener a quien culpar de sus inepti- 
tudes ; 

yo, no choco con los problemas insolubles de la 
Vida ; los eludo o los domino ; 

no me encaro con las tristes realidades que me 
rodean ; trato de penetrarlas y, explotarlas ; 

hay muy pocas cosas, de las cuales un Hombre 
Superior, no pueda hacerse un pedestal ; 

haciendo de los átomos dispersos de la Fatali- 
dad algo beneficioso a mí, vivo mi Vida, es decir, 
dejo mi Yo, implacable y fatal — como todo Yo 
humano — , espaciarse y crecer y desbordarse, según 
su propia naturaleza, y conquistar su parte de Ven- 
tura, inexorable y silencioso, como una jaguna 
que sale de madre, y, que devora el llano ; ¿sabe la 
laguna, al desbordarse y anegar, si ahoga la ven- 
tura de las flores que cubre con sus olas? ¿qué le 
importa? ella obedece al deber de la Vida, al cau- 
dal enorme de sus aguas ; 

la ventura ajena... ¿existe la ventura fuera de 
nosotros? 

aquellos que viven enfermos de la lepra de la 
sensibilidad, bajo la subordinación absurda del 
Principio, ese Tirano que ahoga y devora la In- 
dividualidad, ¿se preocupan en realidad de la ven- 
tura de los otros? 

ellos sufren la conquista que la ventura de los 
otros hace sobre el predio de la suya propia, y se 
resignan ; ¿por qué?... porque son los esclavos del 
Precepto ; 

mientras el hombre, no se liberte del yugo del 
Precepto, es decir de la Tiranía del Deber, no es 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 19 

un Hombre ; es un animal colectivo resignado y, 
productivo a los demás, el Hombre social, el triste 
y doloroso animal, orgulloso de su esclavitud, mar- 
chando bajo el azote del Deber, uncido a la Obe- 
diencia, hacia los abrevaderos del Dolor y el altar 
del Sacrificio ; 

el determinismo del Individuo, debe privar so- 
bre el determinismo de la especie ; y, aquél im- 
ponerse y dominar a ésta ; 

en la Vida, no hay sagrado, sino el Individuo; 
toda Ley que tienda a limitarlo o a absorberlo, es 
una Ley absurda; pero, ¿hay alguna Ley que- 
no sea absurda? ; quien dice Ley, dice Tiranía, di- 
ce absurdo ; 

el espíritu de la Ley, es deformar y esclavizar al 
Hombre ; 

toda Ley, es una mutilación y un at-entado ; 

el derecho humano no reside sino fuera de la 
Ley ; dentro de la Ley ya no hay derecho, sino 
deber ; y, todo deber es una esclavitud ; 

desde que se entra en la Ley, se sale de la Li- 
bertad ; y, desde que se sale de la Libertad, se 
sale de la Vida ; 

he ahí por qué el Hombre social, es decir, el 
Hombre Máquina, numerado y catalogado, en los 
Registros oficiales, el triste Esclavo Moderno, tan 
orgulloso de su cadena, cree haber vivido cuan- 
do ha vegetado bajo el yugo de la Ley, absor- 
bido y despotizado por el Estado, dando su es- 
fuerzo y su corazón a la vida legal, es decir, al 
triunfo de la Colectividad sobre el Individuo, a la 
absorción de ese algo sagrado, el Yo, que debe ser 
intangible, por ese Ente anónimo y brutal, que 



20 VARGAS VILA 

se llama Todos ; al crecimiento y a la ventm'a de 
la Especie, que lo explota, lo ahoga, y lo tritm-a, 
bajo su carro sangrienio, donde va coronada la In- 
solencia ; 

fuera del individualismo d outrance, yo no veo 
teoría digna de ser vivida por un ser de excepción, 
que aspire a ser un hombre libre ; 

es el único camino de Libertad, que queda so- 
bre la tierra ; 

toda escapada fuera del Yo, es una caída en la 
esclavitud : 

hombre libre, es hombre solo ; 

por eso, el fenómeno más desconcertante y más 
conmovedor que yo hallo en el corazón del mundo 
moderno, es el anarquismo, como doctrina colec- 
tiva ; 

¿quién ha podido unir, siquiera sea para des- 
virtuarlas, esas dos palabras : Anarquía y Colec- 
tividad ? 

destruir para que otros vivan, sacrificarse para 
que otros venzan, inmolar su dios Yo, al ídolo To- 
dos, ¿puede eso concebirse como un acto racional? 

el anarquismo así, es una epidemia de locura, 
como la del tifus o la de meningitis medula espi- 
nal ; no pertenece a la política sino a la patología ; 

un ser que mata por beneficiarse él ; he ahí un 
Hombre : la virtud está en él ; 

un ser que mata por beneficiar a otros; ése, es 
un bruto ; 

aquel que se sacrifica por salvar, o siquiera sea 
por mejorar ese Minotauro llamado la Sociedad, 
no es un anarquista, es un loco, uno de esos in- 
conscientes de la sensibilidad, que podrán llegar 



LA CONQUISTA DE BIZá:^CIO 21 

fácilmente a ser declarados dioses, pero que no 
tendrán nunca la alta y serena gloria, de ser un 
Hombre, un Hombre libre, en el alto y genial 
sentido de esas palabras ; 

toda pasión que actúa fuera del Egoísmo, es 
una pasión de seres inferiores ; 

fuera del anarquismo individual, no hay sino Ee- 
volución, que es pasión de esclavos, o Guerra, que 
es pasión de fieras ; 

el anarquismo individual, es el estado de perfec- 
ción completa, soñado por los místicos ; 

porque el estado natural del Hombre, es la Anar- 
quía, la tendencia a defenderse contra todos, la re- 
belión a ser absorbido, la necesidad de vivir, fren- 
te a las cosas hostiles que amenazan devorarlo ; 
el deber impone su Yo real, sobre el Yo ficticio, 
con que las sociedades deforman y mutilan a los 
hombres ; 

todo yo legal o siquiera sea legalizado, es una 
forma de esclavitud ; 

el imperativo del Hombre en la Vida, es la Li- 
bertad, pero la Libertad puramente individual ; 

ser un Hombre libre, en un país esclavo, he ahí 
la forma verdadera de la Libertad para un hom- 
bre superior, pero a condición de que ese país, sea 
esclavizado, o al menos ayudado a esclavizar por 
nosotros ; sólo a esa condición podremos ser y se- 
remos hombres superiores, es decir, hombres li- 
bres ; 

no se consigue la propia libertad, sino a condi- 
ción de matar la de los otros ; 

el "supernaturalismo, que es la doctrina de los 
desconsolados y, de los siervos, condena natural- 



22 VAKGAS VILA 

mente estas ideas de engrandecimiento y, eman- 
cipación individual ; ¿por qué? porque son el subs- 
tratum y la ley de la Naturaleza, y, ellos creen 
en lo sobrenatural, y todo lo que está sobre la Na- 
turaleza, es decir, fuera de ella, es antihumano y 
monstruoso ; 

la Etica patológica de los filósofos cristianos, so 
rebela contra esta especie de endemonismo egoís- 
ta, que niega todo lo supersensible, y hace de 
todas las ideas abstractas, inclusive la de Dios 
— que es la más absurda de todas — una proyec- 
ción irreal, creada por el pensamiento mismo del 
Hombre, para reflejarse sobre su mundo interior ; 

la sola Realidad tangible, la única Verdad exis- 
tente, es el Hombre fisiológico, con sus tendencias 
naturalmente animales, y el determinismo agudo 
de sus pasiones, que son sus únicas alas ; 

el Hombre es Todo ; Dios, es Nada. 

Dios no es adorable, sino porque es una Men- 
tira ; 

y, la mentira, es el único rayo de Divinidad que 
existe sobre la tierra ; 



^ 



Cuando León Vives, acabó de leer y corregir 
estas páginas, de sus «Notas» abandonó la pluma, 
se desperezó, con la elástica voluptuosidad de un 
gato joven, y miró sonriendo, el enorme crucifiio 
que adornaba el muro, al pie del cual estaba su 
escritorio ; 

pensó que ya era hora de ir a la Kedacción de 
El Monitor Católico, del cual era el Director y 
Propietario, para escribir el editorial del día, en su 
recia campaña contra las ideas modernas, de las 
cuales era el enemigo encarnizado ; 

tomó cariñosamente su manuscrito, y, lo guar- 
dó en una gaveta de la mesa, diciendo : 

— «Ahí te quedas, León ; ahora, el Doctor Vi- 
ves, va a defender la Moral, la Sociedad y la Ee- 
ligión» ; 

y, sonrió, con esa sonrisa fría y sin emoción, que 
era en su rostro, como un puñal cogido entre los 
dientes. 

León Vives, tenía entonces, treinta y cinco 



24 VARGAS VIL A 

años, y era alto, flaco, un poco encorvado, pero 
bello, con una belleza tal vez más intelectual que 
física, llena de una seductora e inquietante per- 
versidad ; 

la voluptuosa fascinación de la Vida, parecía re- 
correr su cuerpo todo, nervioso y vibrante, y bri- 
llar con luces de inquietud y de sensualidad, en 
sus ojos verdes y taciturnos, profundos, y cam- 
biantes, que se dirían llenos de oscilaciones mag- 
néticas ; 

volvió a desperezarse, como si sintiese la nos- 
talgia del lecho, en aquella mañana fría, cuyo des- 
apacible rigor se hacía sentir en la habitación, ele- 
gante, pero desprovista de caloríferos, como esa 
usual en ese gran pueblo andino, que tenía hono- 
res de Capital, porque en él palpitaba el inmun- 
do corazón de una Satrapía ; 

miró hacia la ventana, y pudo devorar sin tre- 
gua la emoción enorme del Silencio que había 
afuera ; 

la ciudad despertaba, bajo la fría caricia de la 
niebla, en cuyos cendales, de una blancura cruel, 
las blondeces del día naciente ponían reflejos de un 
rosa muy pálido, como una circulación de san- 
gre anémica sobre esa infinita tristeza blanca, que 
parecía sentir el estremecimiento de una caricia 
al salir de los crespones verdáceos de la Noche ; 

la escarcha, cubría el suelo de capas delezna- 
bles, las cuales se diluían en azulidades apacibles, 
descongelándose en aguas páHda?, llenas de lamen- 
tables transparencias, como de un paisaje muerto ; 

un infinito dolor, parecía extenderse bajo el cie- 
lo de una melancolía desconocida, y sobre los edi- 



LA CONQUISTA DE BIZAWClü 25 

ficios, bajos y uniformes, como cabanas de esqui- 
males, de los cuales emergían los campanarios de 
las iglesias como faros extintos, y, en ellos las cam- 
panas empezaban a sonar, con un rumor sensiti- 
vo de almas sufrientes ; se diría que el corazón 
sangriento del Infortunio, palpitaba en aquel pue- 
blo sombrío, envuelto en la niebla, como una cosa 
monstruosa, que palpitase bajo ella ; 

las claridades fluidas y captadoras del día, he- 
chas todas de indecisiones siderales, comenzaban 
a invadir el paisaje, animándolo con su encanto, 
dando a todas las cosas contornos aéreos, lleno? 
de líneas blondas, en las cuales emergían los edifi- 
cios con una forma floral ; 

el cielo, se hacía de una claridad infinita y cris- 
talina, de estrella ; 

los montes se perfilaban lejanos, con un encan- 
to espectral, con tal pureza de contornos que se 
diseñaban hasta sus últimas ondulaciones y, las 
blancas ermitas que los coronaban con una gracia 
de rosas, entre los verdes saucedales, que parecían 
como saturados de vértigo ; 

los últimos copos de escarcha, se fundían sobre 
las cimas, y rodaban por las pendientes abruptas, 
como pétalos de una flora de cristal, llevados por 
un viento de Eternidad, hacia las praderas sin 
vida de un universo inerte ; 

despojada de su sudario de nieblas, la Natura- 
leza se hacía bella sin dejar de ser triste, de una 
tristeza suave, de una dulzura vehemente, como 
la de una canción oída en la Noche ; 

líik- altura, dupÜcando el atractivo del paisaje, pa- 



26 VAEGAS VILA 

recia purificarlo, idealizándolo, en las lejanías vio- 
láceas, llenas de serenidades grandiosas ; 

el Poeta, que según él, reside en el alma de to- 
do hombre, parecía despertarse y cantar en el co- 
razón de León Vives, ante el espectáculo maravillo- 
so que se alzaba delante de sus ojos, con las apa- 
riencias vagas de un sueño ; 

y, la canción de los recuerdos cantó en él ; 

y, los contornos de su vida, las imágenes de su 
pasado, fueron alzándose en el fondo de su cere- 
bro, como emergiendo de una bruma incierta, pa- 
ra cristalizarse ; 

y, el sutil efluvio de las reminiscencias, lo en- 
volvió en una caricia maternal, llena de encantos 
pensativos, como una onda de perfumes venida de 
un remoto jardín, pleno de jazmines y de rosa- 
les, lleno de calmas monásticas, temblador y ar- 
gentado, en la luz floral y mística de un crepúscu- 
lo tirreno ; 

y, aspiró esas brisas del recuerdo, las aspiró con 
voluptuosidad, porque todo en él se disolvía, así, 
en un placer voluptuoso y carnal ; 

la llama verdosa de sus ojos, pareció volverse to- 
da hacia el fondo de su alma, del lado de su cora- 
zón, siguiendo hacia arriba el curso de su Vida, en 
un movimiento ondeante, confuso y fugitivo, ha- 
cia el pasado ; 

y, la marea del recuerdo, subió en su espíritu, 
con tal fuerza, con tan poderosa intensidad, que 
le parecía sentir la materialidad misma del contac- 
to con los paisajes y los seres que evocaba ; 

y, fueron los últimos quince años de su vida, los 
que llenaron con un fulgor empurpurado, y pobla- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 27 

ron con un clamor de mar todos los ámbitos de 
su cerebro ; 

eran quince años de lucha y de ascensión ; y, el 
recuerdo de esa lucha, exaltaba apasionadamente 
su alma, y, aguijoneaba sus nervios, porque aun vi- 
vía en ella, porque aun no había vencido definiti- 
vamente ; aun no era suya la victoria final, aque- 
lla que consagra ; 

sus labios delgados y sinuosos, se estrecharon 
como con cólera, por no haber realizado aún todo 
el Ideal de sus sueños ; porque tenia treinta y cin- 
co años y, el mundo no era suyo, es decir, el pe- 
queño mundo que lo rodeaba, y sobre el cual se 
había jurado reinar ; 

y, con reminiscencias de Julio César, en la ca- 
beza, pensó en Alejandro, que a los treinta años 
había conquistado el mundo, y no lloró como el 
romano, pero sintió un gran rencor desbordarse 
en su corazón como un río ; 

y, como una ola de lava, el sentimiento de la 
Dominación que lo torturaba, saltó engrandecien- 
te con un atrevimiento de demencia ; 

y, en medio de esa atmosfera mental, colérica 
y ambiciosa, gozó en exacerbar su rencor, con el 
recuerdo de esos años, que no carecían de triunfos ; 

y, tuvo la visión de aquella tarde en que aban- 
donó su aldea natal, entre la rechifla apasionada y, 
la ardiente animosidad de sus conterráneos ; 

y, sintió la sensación del paisaje, el silencio 
mortal sobre el cerro escueto, el aullido intermi- 
tente del viento que hacía inchnar los arbustos ra- 
quíticos de la cima, que se quejaban, y el estrépi- 
to del torrente que se despeñaba indómito y, esca- 



28 VAEGAS VILA 

paba ululante a la pradera y, hacía vibrante la 
soledad inmisericorde, plena de melancolía ; 

y, allá, abajo, el cortejo fúnebre, que llevaba al 
cementerio el cadáver de Lucio Pica, de su Maes- 
tro, de su Amigo ; y, el hormigueamiento de la 
multitud recogida y silenciosa, agrupándose por el 
sendero estrecho, lleno de la sola vivacidad de las 
flores campesinas, que abrían ante el muerto, tier- 
namente, el misterio de sus pétalos ebrios de fra- 
gancias ; 

y, en el infinito silencio del llano, que parecía 
un estuario en la noche, la casa del muerto, en cu- 
yas ventanas herméticas y llenas de mudeces*" ha- 
bía él visto otras veces, asomar la Vida, magnífi- 
ca y tentatriz, en los divinos ojos de Victoria Pica ; 

y, envuelto en la sombra, que se extendía sobre 
el llano como una fiebre nocturna, el trágico jar- 
dín, donde el Maestro había sido hallado muerto ; 
suicidado, según la carta generosa que había deja- 
do escrita, pero muerto por él, por León Vives, su 
discípulo, su hijo espiritual, aquel que había des- 
honrado por igual, la mujer y la hermana de ese 
que había sido como su padre, y, le había dado el 
tesoro inagotable de su cerebro, con el cual había 
vencido, y vencería aún... 

y, todos esos recuerdos, le daban una impresión 
bien definida de placer, de un placer que le venía 
de ver el vencimiento definitivo de esas pasiones y, 
de esos seres ; 

esas remembranzas, removiendo todos los ele- 
mentos turbados de su vida interior, no agitaban 
fuertemente su corazón, y gozaba en acrecerlos por 
ia emoción augusta del Silencio ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 29 

una especie de accalmie, muy feliz, le venia de 
esos recuerdos, como la que sigue a la escapada de 
un peligro ; 

y, se decía mentalmente, como si tuviese nece- 
sidad de afirmárselo : «Yo he vivido esa Vida» ; 

y, a veces le parecía, que no era suya, que no 
le había pertenecido jamás, tal era la indiferen- 
cia real, desprovista de emociones con que la mi- 
raba ; 

y, se preguntaba interiormente : ¿en verdad, ha 
amado yo esas cosas y, esos seres? 

¿los he amado? 

¿me he amado en ellos? 

tenía el alma demasiado fuerte, para ser un sen- 
timental ; 

no era un corazón, de esos que la Vida devora, 
hechos para sentir crecer en sí, las flores enfer- 
mizas del romanticismo ; vivía en la vida real, y 
todo otro género de vida, le era extraño ; las vege- 
taciones anormales del sentimentalismo, no se ad- 
herían a su naturaleza que no era tierna y plásti- 
ca, como la de los seres sensitivos ; 

así, esos acontecimientos ya lejanos, que en él 
habían sido sensaciones, no tenían hoy para su 
corazón, sino la vaguedad sutil de un perfume, 
que dejaba su pensamiento ajeno a toda emoción ; 
era como un juego de ideas inseparable de su pa- 
sado, pero del cual, todo sentimiento y toda sen- 
sación hubiesen desaparecido ; 

si algún sentimiento había tenido alguna vez 
por el pasado, era de odio ; odio al fantasma bru- 
tal de su abuela ; odio a su madre , odio a su aldea ; 
odio a sus años de prisión escolar, que no le die- 



30 VAEGAS VILA 

ron otros goces, que los profundos, intensos y tur- 
badores goces de la carne ; 

el Amor, no ocupaba lugar ninguno en su co- 
razón ; 

¿había sido amor ese sentimiento nacido de la 
soledad, y, que había inclinado su alma de niño 
hacia Victoria Pica, como un mirto florecido ha- 
cia el cristal de una fuente? 

¡ qué iba a ser Amor, esa miseria sentimental, 
que terminó en una noche de placer donde su lu- 
bricidad y su vanidad, tuvieron igual parte de 
festín ! 

en la egoísta absorción de sus recuerdos, nada 
decía a su corazón el de aquella hora en que el 
grito de la virgen violada, se mezcló a la visión ra- 
diosa de sus carnes, que habían sido la obsesión, 
de sus noches eclesiásticas de internado ; 

¿ que él había amado y admirado a Lucio Pica ? 
verdad ; la acumulación de su ciencia, deslumhró 
su cerebro ávido ; y, la prodigalidad cariñosa de 
8U espíritu, había conquistado su corazón de niño ; 

después de tantos años, sólo recordaba que era 
bello, y que al volver a verlo, tras larga ausencia, 
había tenido una desilusión ; así envejecido, en- 
corvado, no había dicho ya nada a su corazón ; 

tal vez se moriría sin llegar a definir, el verda- 
dero sentimiento que inspiró a su niñez, Lucio 
Pica ; o al menos, sin tener el valor de confesár- 
selo ; ¿ por pudor ? no ; por Orgullo ; 

y, la odiosa visión de su aldea, desaparecía tras 
aquel horizonte de piedras y, de aguas, como un 
paisaje interior, lleno de hosquedades sin vibra- 
ciones ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 31 

y, se sentía feliz de haber dejado para sieixu 
pre, esa aldea, la bestialidad vegetativa de los se- 
res que la poblaban, seres de humanidad inferior, 
nacidos y envejecidos con el arado al lado de los 
bueyes fraternales, bajo los rayos de un sol me- 
nesteroso, que alumbraba indiferente sus bajas pa- 
siones de brutos inconscientes y, el deseo estúpido 
e irrealizable de su felicidad ; 

con cuánta ventura recordaba aquella tarde, en 
que caballero en una muía, ebrio de ansiedades 
secretas, había dominado el llano árido donde dor- 
mía la vieja ciudad capitolina, la Capital ; Bizan- 
cio, como él mismo la había llamado, en sus artícu- 
los de prosa seminarista, para anatematizar sus 
corrupciones, ideahzada y quimerizada por sus sue- 
ños, alzar tras la muralla rosa de los reflejos so- 
lares, y el verde acuático de las perspectivas, el 
perfil de sus torres esplinéticas, en la soledad ta- 
citurna del paisaje ; 

la quietud del llano, apasionada y solemne, la 
paz infinita de la tarde, dulce como una música, 
coronaban de mayores prestigios la Ciudad, que 
para él, era la Meca de sus aspiraciones, el cauce 
por el cual desde ese día, iba a correr el río tor- 
mentoso de sus ambiciones y de su vida ; 

todos sus amores, todos sus dolores, se borra- 
ron en su corazón, como cosas fugaces o inexisten- 
tes a la sola vista de la Ciudad talismánica, que se 
destacaba en la perspectiva, en la luz difusa, que 
parecía estelar, ofreciéndose a los últimos besos 
del sol, como el rostro de una vieja monja a los 
labios de un confesor, fatigado de amarla ; 

¿qué le importaba ya las miserias, los dolores, 



32 VAEGAS VILA 

toda la tristeza del pasado, si tenía ant« sí el por- 
venir, encerrado en esa CajDital de sus sueños, co- 
mo una maravillosa simiente de Fortuna y de Glo- 
ria, depositada por la mano de su Destino, en la 
vieja tierra andina, presa en ese momento, de una 
dulzura inñnita, que le venía de los cielos perla- 
dos y lejanos, llenos de un inerte encanto? 

y, Bizancio, se alzaba confusamente, llena de 
una ilusión de prestigio, ante sus ojos campesino.^, 
que querían escrutarla tras de las nieblas del mi- 
raje, en el cual se perfilaban las torres, con un 
perfil, tan delicado y taa líuave, que se dirían azu- 
cenas silvestres, apenas entrevistas, en la mística 
serenidad de un paisaje lacustre ; 

melancolías inexpresables, venían de la Natura- 
leza toda, y del silencio mismo de las cosas, que 
parecían reclamar la voz del hombre, para llamar 
a la Vida, esos paisajes inertes, líenos de una per- 
plejidad óptica como de horizontes marinos ; 

la llanura enorme, era como ilimitada, llena de 
una armonía profunda ; 

se diría, que una emoción musical, llenaba la tie- 
rra toda, con el canto de los pájaros que saludaban 
el crepúsculo, llenando el silencio con el tema 
igual de sus gorjeos ; 

campesinos rojos y robustos, dignos de un pai- 
saje holandés, aparecían de pie, a la orilla de los 
vallados, sobre la tien-a húmeda y los surcos recién 
abiertos, que les servían de zócalos ; 

las rudas hierbas salvajes esmaltaban el suelo, 
en una invasión cantante de colores, como una ola 
policroma, que fuese a perderse en el seno áureo 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 33 

de los trigales lejanos, que se inclinaban sonoros 
y saludadores, como el coro de una melodía musi- 
cal, ante el mm-iente sol que los enfiebraba, con 
una caricia de lascivia ; 

como arterias infinitas, del seno abierto de esa 
llanura inmensa, las zanjas, pictóricas de agua, 
reverberaban, azulosas o rojas, a la sombra de los 
sauces que las cortejaban, mirándose en el espe- 
jo turbado de su estancamiento, cual si hubiese en- 
tre ellos, una misteriosa analogía de sus tristezas ; 

el dolor, el abandono, la melancolía, parecían 
los guardianes mudos de esos lugares, donde todo 
decía la misma verdad, de la desolación ; 

pero, su ambición embellecía el paisaje domi- 
nado por la aparición de la Ciudad, donde dormían 
exacerbados, todos sus sueños de futura gloria ; 

dentro de algunos minutos, su cabalgadura fa- 
tigada pisaría sus calles, y él tomaría posesión de 
ella, sería suya ; 

y un alto, un poderoso sueño de dominio se al- 
zó de su corazón, ante la Ciudad que había de ser 
su presa ; 

y, en el hondo silencio de su conciencia, ese sen- 
timiento de la Dominación, se levantó tan impe- 
tuoso, que su oleaje de mar pareció enloquecerlo, y 
espoleando con furia su cabalgadura, emprendió 
veloz carrera a la Ciudad, presa de un verdadero 
vértigo, como si fuese al asalto de una trinchera 
enemiga... 

y, corría, corría, ansioso de llegar, de tomar po- 
sesión de ella, de poderle gritar: Ya te tengo: 
Ya eres niia. 

BIZANCIO. — 4 



34 VAEGAS VILA 



Doraba aún el sol, con sus últimos resplando- 
res bermejos las calles de la Capital, cuando pe- 
netró en ella, radiante de felicidad y, de orgullo, 
cual si viese extenderse ante sí, los grandes pano- 
ramas de su porvenir, llenos de luz de triunfo, co- 
mo una selva profunda, bajo ramajes llenos de 
sol ; 

el oro pálido de las estrellas, que ya dominaban 
el horizonte, daba a los edificios vetustos, un cla- 
ror diamantino, que embellecía su arquitectura de- 
plorable, envolviéndolos en un velo radioso ; 

toda la incuria nauseabunda de una ciudad mo- 
ra, reinaba como soberana, en las calles repugnan- 
tes de suciedad, pero, a él le parecieron enormes 
y bellas comparadas con las de Santa Tecla, su 
aldea natal, que hacía tres días, había dejado en 
su soledad, sobre su promontorio estéril, que ]^a- 
recía un brazo descarnado, tendido hacia los cie- 
los ilúcidos, en gesto implorador ; 

y, él se dejó ir ingenuamente a sus sueños de 
grandeza, y miró el pueblo harapiento que circu- 
laba por las calles, como la multitud futura que 
había de aprender y de aclamar su nombre ; el 
nombre de León Vives; ¿no ei'a este nombre bre- 
ve, chasqueante como un latigazo, un nombre he- 
cho para labios de multitud y, consigna de gran- 
des luchas ciudadanas? 

él, sería el ornamento de su edad y, el orgullo 
de ella ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 35 

y, le parecía, sentir ya, latir aprisionado entre 
sus manos, el furibundo corazón del pueblo he- 
cho su esclavo ; 

y, creía oír los rumores de la lucha, y el fragor 
del combate, subiéndole al rostro, como un hálito 
quemador ; 

y, con un estremecimiento que pasaba por sus 
venas y centuplicaba sus fuerzas, le parecía oír la 
voz lejana de la multitud que lo aclamaba ; en un 
grito sin tregua. 

¡ León Vives ! . . . ¡ León Vives ! . . . 

y, el rumor interno de su corazón, le pareció 
llenar el espacio, centuplicando su nombre en un 
luido de Apoteosis ; 

los insultos de un pasante, a quien estuvo a pun- 
to de atrepellar con su cabalgadura, lo llamaron a 
la realidad de la Vida ; 

y, volvió en sí, en medio del microcosmos bu- 
llente de la ciudad, tamizada de una bruma azulo- 
sa, a través de la cual brillaban acá y allá indeci- 
sas luces, en minúsculas ventanas, o insolencias 
de luz eléctrica caían de los altos balcones de mo- 
radas señoriales, incendiando con su atrevido ber- 
mellón, la violescencia; tranquila de las aceras obs- 
curas ; 

el azul muy dulce de la tarde, se había diluido 
en un lila ceniciento, bajo los cielos de una pure- 
za tierna, que parecía pastelizada ; 

la Noche, había llegado con sus frialdades hos- 
tiles, envolviendo en ellas las arcaduras desiguales 
dejas casas, las cúpulas tristes de los templos, los 
grandes poliedros de los edificios públicos, los polí- 
gonos de la fábricas, y, la inocencia de los árbo- 



36 VAEGAS VILA 

les que dormían en las avenidas minúsculas, bajo 
el azulamiento plomizo y el encanto penetrante de 
la hora, que se diría confidencial ; 

en su belleza, recogida y grave, el cielo parpa- 
deaba claridades de oro sobre la ciudad, llena del 
atomismo hormigueante de los seres ; 

el hambre y la fatiga, vinieron a recordarle su 
miserable condición de hombre, y arrancándose a 
la hipnotización del ensueño y del paisaje, se orien- 
tó en el maremágnum de las calles, para buscar 
la casa que había de servirle de albergue, y cuya 
dirección traía cuidadosamente apuntada ; 

la halló pronto, y se detuvo ante ella, con un 
gran suspho, como de disnea ; 

¡ al fin ! ; 

se santiguó para que le viesen los pasantes an- 
te un viejo Cristo, prisionero en un nicho, sobre 
el portal, porque en aquella ciudad profesionalmen- 
te católica, la imagen de Dios estaba en todas 
partes, menos en los corazones ; 

la casa era blanca, con una blancura hospitala- 
ria y morisca, una vieja casa con aires de Abadía, 
como casi todas las de la ciudad, cuya belleza se- 
nil, desaparecía en la Noche ; 

tenía un portal enorme, sobre el cual, la raída 
orografía del Cristo, se hidratizaba por las llu- 
vias, pero lucía aún en la monotonía calcárea del 
muro, como un desafío enervante a los hombres y 
a las cosas ; 

en los grandes balcones que daban sobre la ca- 
lle, tras el barandaje verde y deteriorado, macetas 
enormes de plantas tropicales armonizaban su gri- 
tante policromía, que no lograba romper el eno- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 37 

jo, que respiraba la casa toda, porque el enojo, era 
el rey de aquella ciudad blanca y triste, que pare- 
cía suspirar por los cielos de África, huérfana de 
los gritos del Muézin ; 

un gran patio cuadrilátero, prisionero en las ba- 
laustradas simétricas, era toda la belleza y toda la 
poesía de la casa, con su pomposa vegetación de 
arbustos y la variedad infinita de sus flores ; 

el gran cuadrilátero, parecía a esa hora, un abis- 
mo oro y azul ; no había casi colores ; no había 
sino perfumes ; la sombra había ahogado todos los 
matices, en su melancóÜca serenidad ; la enervan- 
te tristeza de las flores, parecía recoger toda su 
alma, en la queja obsesionante del agua, que co- 
rría lentamente de un surtidor, en la penumbra 
húmeda, llena de espléndidas fecundidades ; el al- 
ma de la Noche, cantaba allí, su turbadora sere- 
nata glauca... 

la dueña de la casa, amable señora bonachona, 
lo recibió con sonrisas y palabras maternales, co- 
mo que estaba habituada a recibir y a hospedar, 
hijos de familia, que le venían de las provincias 
lejanas. 

León Vives, era esperado, porque el Cura de 
Santa Tecla, había escrito a un su colega de la Ca- 
pital, recomendándole al joven estudiante, como 
la más legítima esperanza de la Iglesia y del Esta- 
do, en esos tiempos en que según ellos, el Mal 
reinaba como Vencedor ; y, el Cura de la Urbe, 
había buscado para León esa casa de huéspedes, 
modesta, pero que él sabía honrada, y cuya dueña, 
era'*como todas las mujeres de la ciudad, de un fa- 
natismo dulce y bestial, que solía a veces hacerse 



38 VAKGAS VILA 

agresivo, como los enfurecimientos de una cabra ; 

doña Casilda Murillo, que tal era el nombre de 
la dueña de la hospedería, tuvo para recibir a León 
Vives, sus mejores sonrisas, y sus más materna- 
les agasajos ; 

habíale preparado la mejor habitación y lo con- 
dujo a ella, ya conmovida por la figura tan dulce 
y tan modesta del muchacho, que cohibido de respe- 
to, casi tartamudeaba al hablar, cuyos ojos extáti- 
cos, tenían la inocencia de los de un niño, y cuyo 
rostro ascético, espejo de todas las devociones, se 
coloreaba ligeramente, al solo roce de las manos de 
la señora, ayudándolo a despojarse de los arreos 
abrumadores del viaje ; 

a la hora de la comida, fué presentado a sus 
compañeros de pensionado, todos jóvenes, parlan- 
chines estrepitosos, que lo recibieron con una cor- 
dialidad sincera, no exenta de vulgaridad ; 

eran todos ellos, hijos de familias acomodadas 
de provincias, venidos a la Capital para estudiar 
una carrera, y obtener bien o mal, un diploma de 
Doctor, supremo ideal, de esos desarraigados del 
campo, que la fiebre de la urbanización en aquel 
país arrancaba a los trabajos agrícolas, despoblan- 
do las campiñas de brazos, y poblaDdo la Capital 
de vagos más o menos letrados, tanto más terri- 
bles, cuanto más m.ediocre fuera el nivel de su ap- 
titud intelectual ; peligrosos fracasados, cuya me- 
diocridad no tenía a veces igual sino en el bajo 
nivel de su ambición. 

León Vives, observó a sus compañeros, con ese 
ojo frío y perspicaz, que le hacía ver claramente 
en el fondo de los espíritus, y, los halló a todos 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 39 

ligeros, insubstanciales, pretenciosos, tan marca- 
damente inferiores a él, que toda la fuerza de su 
orgullo, agitó su corazón, como las antenas de un 
gran cetáceo, removiendo las aguas profundas de 
la mar ; 

el vicio esencial de su temperamento más que 
de su educación, era el análisis ; el mirar hondo, 
y escudriñar implacable, en el fondo de esa mistr- 
ria psicológica que es el Hombre ; y, así, pudo me- 
dir de un golpe la vaciedad enorme, la corrupción 
prematura, la decadencia precoz de aquellos jóve- 
nes espíritus, que parecían, no tener como él una 
orientación definida, una Idea Inmanente, un fin, 
un objeto, hacia el cual marchar decidida y obsti- 
nadamente, cerrados los ojos a todo lo que no fue- 
ra la fascinación imperiosa del Triunfo ; 

la máscara de ingenuidad, de simplicidad can- 
dorosa de Lfeón Vives, encantó y puede decirse 
que desarmó a sus compañeros, siempre dispues- 
tos a la burla y al sarcasmo ; 

ese aire exterior de infancia prolongada y dé- 
bil, los atrajo, y cuando supieron que venía de un 
Seminario lejano, una sonrisa de burla pasó por 
todos los labios, y las preguntas capciosas se es- 
caparon como abejas malévolas, que embotaron su 
aguijón en la candida seienidad de aquel rostro, 
que no sabía sino empurpurarse ante la alusión in- 
discreta, y el santo fulgor de aquellos ojos, que 
se bajaban como apenados y, sufrientes, ante la 
obscuridad velada de las preguntas ; 

engañados por ese candor cuasi femenil, y, la 
unción toda jesuítica de las maneras, que pare- 
cían implorar piedad, creyeron en aquella inocen- 



40 VAKGAS VILA 

cia 'desarmada, y el apodo, que había de distin- 
guirlo desde entonces, salió de los labios de uno 
de ellos, y circuló por toda la mesa ; «la Donce- 
lla» : Virgo Veneranda, dijo uno : 

— Ora pro nohis — dijeron los demás, y una car- 
cajada, saludó aquel bautizo de la inocencia ; 

la comida era estrepitosa ; 
, los muchachos, no dejaban de devorar los 
manjares, sino para decir un chiste obsceno, ha- 
blar de cosas de mujeres, referir aventuras galan- 
tes, o pellizcar los pechos o las nalgas de la joven 
sirvienta, que circulaba por entre ellos, sirviéndo- 
les los platos, y que habituada ya a esos manoseos, 
los recibía con la sonriente mansedumbre de una 
pollina lasciva ; 

como para alentar a León Vives, a estas gimnás- 
ticas atrevidas, pues que era nuevo en la casa, la 
moza le servía ella misma las viandas, acercándo- 
le al rostro, mucho más los pechos que los platos. 

León, se retiraba y enrojecía hasta la nuca ; 

ella, guiñaba el ojo, y ellos reían estrepitosa- 
mente ; 

desde aquel instante, el dogma de la virgini- 
dad de León quedó establecido, como en el cole- 
gio, y, su inocencia, tuvo esa nueva leyenda. 

León Vives, no demostró rencor ninguno, por 
aquellas bm'las ; las devoró sonriendo, esperando 
la ocasión de devorar a sus autores ; 

como todo en él era cobarde, a excepción de su 
pensamiento, tuvo miedo a disgustar con su pro- 
testa a alguno siquiera de esos jayanes, cuyos pu- 
ños le imponían un respeto igual, al desprecio 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 41 

que sentía por la intelectualidad de todos ellos, 
que le parecía tan inferior a la suya ; 

con la energía habitual de su temperamento, su- 
po callar para ocultar toda su grandeza intelectual, 
y la masa de conocimientos que lo hacía tan supe- 
rior a ellos, y así aparecer menos que mediocre, 
con la limitada instrucción que podía traerse de un 
seminario de provincia ; 

terminada la comida, se retiró a su habitación, 
lleno ya del rencor profundo que le inspiraban esos 
jóvenes, por su imaginación sin dobleces, su fran- 
queza ruidosa, sus corazones sin corazas, descu- 
biertos ante la Vida, como la corola de una flor ; 

roído por el jesuitismo natural de su alma, le pa- 
recieron deformes aquellos seres que no ocultaban 
nada, que usaban de la palabra para decir lo que 
sentían, y, vivían su vida, sin deformaciones y sin 
miserias ; 

no ocultar su naturaleza, lo creía el peor de los 
crímenes ; revelarse a los otros ; ser Sí Mismo ; no 
micntir... ¿es que podía vivirse fuera de la Men- 
tira? 

desnudada su alma, revelado su pensamiento, 
prisionero de las miradas de los otros ; rota su sole- 
dad mental ; invadida la intangibilidad de su Yo ; 
¿podía serse, un Hombre Libre? 

su alma, no comprendía, no podía comprender 
eso : vivir en la Verdad ; 

¿cómo se podría penetrar y domar la Multitud, 
si se tiene la candidez de mostrarle las garras? 

revelar sus paisajes interiores, las grandezas in- 
visibles que hay en sí, eso es igualarse, colectivisar- 
se, decía él, inventando la palabra ; 



42 VARGAS VILA 

fuera del aislamiento interior, no se realizará na- 
da grande ; 

el mundo es un Minotauro, que se alimenta de 
la Mentira ; hay que dársela, o nos devora ; 

todos los grandes decidores de la Verdad, han 
sido devorados por el monstruo ; 

la Verdad, la Verdad... y, se durmió pensando, 
qué podía ser eso, la Verdad... 

se durmió en el orgullo de su fuerza, cruzando 
sobre el pecho sus grandes brazos, que él creía fér- 
tiles en victorias, cual si aprisonase entre ellos, la 
Ciudad conquistada, que él creía vencida ; 

pero, no se había acostado, sin colgar antes en 
la cabecera de la cama, el retablo de una Virgen, 
y un Cristo de marfil, que llevaba consigo ; 

no se santiguó al entrar en el lecho ; 

¿para qué si no había quien lo viera? 

en cambio, al día siguiente, su primer cuidado 
fué averiguar por la iglesia más cercana, para oír 
la misa, y después, ir en busca del sacerdote a 
quien venía recomendado ; 

halló a éste, rodeado de amigos jóvenes, flor y 
nata de la sociedad, departiendo con ellos, en una 
intimidad de camaradería, llena de equívocos ; 

ese eclesiástico, tipo del abate cortesano, era hi- 
jo de familia adinerada, aristócrata, en esa bur- 
guesía enteca, que era un mosaico de razas ; bello, 
desenfadado, elegante, mataba sus ocios dando lec- 
ciones particulares a niños de la aristocracia, y 
siendo el director espiritual de todos ellos ; 

fundador de la Cofradía del Niño Jesús, exclusi- 
vamente para jóvenes, tenía su capilla lujosa y 
elegante, y era en ella que daba sus pláticas y, los 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 43 

convocaba a ejercicios espirituales, donde en el 
Silencio y, la penumbra, su palabra cálida y un- 
tuosa, pasaba por sobre las almas adolescentes, 
como una caricia tan blanda, cual la que sus ma- 
nos aterciopeladas, hacían con deleite en las me- 
jillas nubiles, llenas de una inquietante palidez ; 

sus fiestas religiosas, especialmente, sus comu- 
niones de regla, eran suntuosas, de una suntuosi- 
dad rayana en paganismo ; 

los grandes jardines de las casas ricas, se des- 
pojaban de todo el esplendor de sus flores, para 
adornar con ellas, el altar de la capilla penumbro- 
sa, llena de perfumes y de elegancias, eran ren- 
dez-vous del mejor tono, donde entre el humo del 
incienso, se percibían los olores capciosos de las da- 
mas, como un río de lujuria, por entre las falanges 
de flores, enervantes ellas también en el silencio 
religioso de su simplicidad ; 

la entrada de León Vives, "despertó curiosidad 
en el círculo perfumado y elegante, que el Abate, 
decidor y desenvuelto, tenía, entonces pendiente de 
sus labios, con el decir de alguna anécdota esca- 
brosa que hacía enormemente reír a sus conter- 
tulios. 

Narciso Labial, tal era el nombre del Presbíte- 
ro, vino a León Vives, con gestos llenos de cor- 
diahdad y de agasajo, le tendió primero las manos, 
y le besó luego golosamente, como solía hacerlo con 
BUS jóvenes discípulos. 

León Vives, se dejó hacer, enrojeció hasta la 
nuca, y los recuerdos del Seminario de San Ni- 
colás, vinieron a su mente, y empestaron su co- 
razón como una cloaca... 



44 VAEGAS VILA 

en las manos untuosas y calurosas que estrecha- 
ban las suyas, le pareció sentir el contacto vivo 
do aquellas manos sensitivas e inolvidables del 
Padre Plácido, su Profesor, aquellas manos apasio- 
nadas, que más que unas manos, parecían dos la- 
bios enormes que besasen. 

Narciso Labial, lo llevó hacia sus discípulos y 
lo presentó ; 

éstos, lo miraron de los pies a la cabeza, y res- 
pondieron a la presentación, con las frases rituales 
de una urbanidad fría, sin cordialidad, inclinándo- 
se con la gentileza, de pajes nobles de una corte ; 

la indumentaria de León Vives, estuvo a pun- 
to de liacerlos reír, pero aquellos ojos tan candidos, 
que pedían misericordia, los desarmaron, y se con- 
formaron con lanzarse una mirada mutua, que los 
tranquilizaba, respecto al corte irreprochable de sus 
trajes y a la elegancia toda de sus jóvenes perso- 
nas, que hacían resaltar el triste contraste, de la 
rústica vestidura del recién llegado : 

— Seréis buenos amigos — dijo Narciso Labial — ; 
éste será de los nuestros ; 

y, dijo eso con su voz ceceante, que tenía no sé 
qué de mi pertinente, (X)mo si se ensayase siempre, 
en los ejercicios espirituales de un persiflage de 
Balón ; 

era bello y vistoso, Narciso Labial, con su alta 
y señorial figura de Monseñor palatino, hecho para 
brillar en fiestas pontificias, y hacer reverencias 
cortesanas, a caza de una mitra ; 

no había cumplido aún cuarenta años ; alto, for- 
nido, pero de una carnadura suave, toda de con- 
tornos y redondeces ; comenzaba a hacerse obeso ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 45 

la coloración del rostro era fuerte ; la frente pe- 
queña ; grande boca sensual, una boca única, de 
rictus despreciativos de gran señor ; los ojos ace- 
rados, de óxido, llenos de insolencia; imponente, 
atractivo, desenfadado ; 

vestía una sotana de seda, tan rigurosamente 
modelada al cuerpo, que se diría que tenía corsé, 
tanto así estrechaba su talle, y hacía sobresalir, 
sus ancas enormes, como las de un paquidermo ; 

en uno de sus viajes a Eoma, había comprado 
uno de esos títulos pontificios, que allá están siem- 
pre en mercado ; era Camarero Secreto y Prelado 
doméstico de S. S., y por eso era llamado Mon- 
señor, y ornaba su sotana de vivos y botones ro- 
jos, y usaba medias color violeta, un primor de 
medias caladas, que a través de la seda tenue, deja- 
ban ver la piel blanquísima, de los pies enormes, 
descomunales, penosamente aprisionados por za- 
patos de charol, con grandes hebillas de oro ; 

su traje talar, largo por detrás, rozaba la al- 
fombra, con un ruido de traje de corte, o de capa 
pluvial ; tenía tórax hípico, que pedía a gritos una 
cruz pectoral ; hombros hechos para la púrpura car- 
denalicia ; había nacido para Príncipe de la 
Iglesia ; 

y, lo era a su manera, en aquella extraña y leja- 
na ciudad gótica, donde el fanatismo regurgita- 
ba y, las más bárbaras preocupaciones sociales, te- 
nían un espesor de leguas ; 

nadie, había sobre Narciso Labial ; nadie, ni el 
iVrzobispo, que le veía con miedo, porque sospe- 
cliaba en él su sucesor ; 

había renunciado la mitra de una Diócesis leja- 



46 VAEGAS VILA 

na, asustado ante la idea de dejar su vida sibarita, 
en su ciudad amada ; había rechazado deanatos y 
canonjías, y ni un simple curato, se dignaba 
ejercer ; 

predicaba de vez en cuando, en fiestas de gran 
tono ; no gustaba de hacerlo, porque se sabía uu 
orador mediocre ; aunque tenía la memoria de las 
imágenes y de las palabras, lo que se llamaría la 
imago-evocación-verbal, no poseía el don de la dic- 
ción ; 

ante esa dificultad de enunciación, aumentada al 
contacto con el auditorio por el miedo invencible 
de aquél, fracasaban todos sus conocimientos de 
Cicerón y Quintiliano ; 

se conformaba de esta derrota de su orgullo, re- 
fugiándose en la conversación, en la cual sobre- 
salía por su gran memoria anecdótica, y, una rara 
manera impertinente de contar, y un gesto, entre 
autoritario y burlón, que desconcertaba con fre- 
cuencia a sus oyentes ; 

como todos los voluptuosos y los felices, no era 
malo Narciso Labial ; 

su egoísmo natural, se mantenía en los límites 
del de todo hombre mediocre ; y, en cambio, te- 
nía bellos gestos de generosidad monetaria, que le 
ciaban un gran prestigio ; 

su generosidad, se ejercía especialmente, en pro- 
teger jóvenes desvalidos, o hacerlos asistir gratui- 
tamente a sus clases ; 

de resto, no era sino un mundano ; 

no eran aristocráticos, un matrimonio que él no 
bendijera ; un joven que él no hubiera educado ; 



LA CONQUISTA DE BIZx\NCIO 47 

una familia que él no frecuentara ; un hombre 
que no fuera su amigo ; 

profesaba cierto escepticismo político, diverso 
del criterio de los curas del lugar, todos de un fa- 
natismo hosco y bozal, y de una agresividad de 
bestdas, sólo comlparabl'e con su ignorancia que 
hacía oleaje... 

eso, predisponía los ánimos, en favor de Narci- 
so Labial, y hacía, que tirios y tróvanos, se dis- 
putasen su amistad y, el honor de que fuese el 
Maestro de sus hijos ; 

no tenía colegio, ni internado, verdaderamente 
dicho ; 

daba lecciones en su casa, y hospedaba galan- 
temente, algunos discípulos, ya para hacerse com- 
pañía, o ya por ausencia o ruego de las familias ; 

ése era , el más alto honor a que un joven de la 
buena sociedad podía aspirar ; casi podría decir- 
se, que era un premio, que todos se disputaban. 

León Vives quedó verdaderamente desconcerta- 
do, ante aquella sociedad, tan distinta de la que 
había visto la noche anterior en la casa de hués- 
pedes ; 

nada de aquel ruido populachero, aquellas risas 
vulgares, y aquella atmósfera de machos reíolgan- 
tes, que se desprendía de sus compañeros de po- 
sada ; 

allí todo, hasta la luz, era discreto y elegante ; 

la claridad, penetraba a través de los stores 
corridos, y los visillos de encajes, que la tamiza- 
ban como en una dilución ; las grandes rosas ro- 
jas de la alfombra, parecían revivir a sus caricias, 
cerca a lo sibis de un biombo de laca, que ensa- 



48 VAKGAS VILA 

yaban abrir las alas al contacto de esa luz delicio- 
sa, que se diría hecha de una evaporización de 
ámbar ; 

el púrpura, el verde, el jaspe veteado, de los 
libros que llenaban la Biblioteca de caoba, daban 
el capricho colorista de sus encuademaciones, en 
el fondo de esa luz lechosa, como en la transpa- 
rencia de un A cuarium ; 

y, esa luz de sutilidades paradójicas, bañaba las- 
siluetas delicadas de los jóvenes, que parecían ado- 
lescentes del Luini, y besaba cariñosamente los 
pies de Narciso Labial, en el oro de cuyas hebillas, 
hacía iiTadiaciones bermejas, que llenaban de pun- 
tos de oro cálido, el lila violáceo de las medias, en 
un madrigal de colores episcopales ; 

y, allá, en el fondo, tras el rojo pm^púreo de loa 
cortinajes, se alcanzaba a ver el lecho, adornado 
como un altar ; 

una atmósfera de elegancia deliciosa y capcio- 
sa, se exhalaba de todo esto, y llenaba el alma de 
León A'ives, de un bienestar extraño ; 

los jóvenes, lo miraban con una benevolencia de 
la cual, no desaparecía por completo la arrogancia, 
y lo hallaban bello, aun bajo la imperfección de sus 
vestidos sin elegancia ; la acuática verdura de sus 
ojos, la palidez de almendra de su cutis, más in- 
tensa bajo el azafrán óxido de sus cabellos, en los 
cuales ponía reflejos metálicos la enamorada luz 
del sol, hacían temblar las manos de Narciso La- 
Mal, que conservaba aún en las suyas acariciado- 
ras, las manos de León ; 

y, éste, miraba con sus impasibles ojos de hal- 
cón, las siluetas distinguidas y refinadas de esas 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 49 

grandes flores de aristocracia, que en su exquisi- 
ta cultura, le recordaban sin embargo, los perfi- 
les no menos bellos, de sus compañeros de inter- 
nado ; 

uno había sobre todo, que con su acentuada be- 
lleza de miniatura pastelizada, le recordaba enor- 
memente, la siempre obsesionante figura de Rene 
Gil, aquel divino pájaro de belleza, que había 
muerto en el calor de un beso... 

y, por una extraña asociación de ideas, evocó la 
sombra rubia y pálida, de su Profesor, el Padre 
Plácido, y miró los grandes labios carnudos de 
Narciso Labial, que en aquel momento se los re- 
frescaba con la lengua, en un gesto felina y vo- 
luptuoso, que le era habitual ; 

se habló del viaje de León y, de sus próximos 
estudios ; 

fué una sorpresa inenarrable, para aquellas ocas 
ciudadanas, saber que el joven provinciano sabía 
el latín y, hablaba el francés, y que el inglés no 
le era extraño. 

Narciso Labial, que por sus constantes viajes a 
Europa, tenía la pretensión do hablar francés, hí- 
zole algunas preguntas, en una lamentable imita- 
ción de ese idioma ; León, las contestó con pro- 
piedad, y, el asombro subió de punto, ante el co- 
nocimiento de los autores latinos, que esta vez, 
León no quiso ocultar, por el secreto placer de 
humillar sus nuevos amigos, y, deshimbrar a Nar- 
ciso Labial, de cuyo patrocinio había necesidad ; 

¿dónde había aprendido ese joven, tan bien y, 
tail múltiples cosas? 

— Yo no creía — dijo, mortificado Narciso La- 

BIZANCIO. — 5 



60 VARGAS VIL A 

bial — que en nuestros Seminarios de provincia, 
se enseñasen tan bien esos idiomas : 

— Yo, no los aprendí en el Seminario — repuso 
León. 

— ¿Entonces? 

y, contó sus estudios hechos con Lucio Pica, e 
hizo una calurosa apología de su Maestro, no omi- 
tiendo severas críticas sobre su falta de fe, y, gran- 
des lamentaciones sobre su trágico fin ; 

comprendiendo, lo útil que le sería emocionar- 
Be en esos momentos, llamó a sí el infinito arte 
de las lágrimas que poseía a maravilla, y grandes 
gotas de llanto, le llenaron los ojos, y, corrieron 
lentamente por sus mejillas... 

todos se enternecieron. 

Narciso Labial, que era todo corazón, verdade- 
ramente conmovido, le estrechó con cariño las ma- 
nos, diciéndole : 

— No llores, mi querido niño ; ya trataremos de 
ser para ti, algo de lo que fué tu Maestro ; 

y, pensó para sí, que una alma que así se con- 
movía, recordando a aquel que había sido su Ini- 
ciador en el mundo intelectual, era una bella y no- 
ble alma, digna de ser amada y, dijo alto : 

— La gratitud es la más bella de las virtudes... — 
y calló, orguUoso de haber dicho la cursi trivialidad. 

León Vives, había quedado soñador, como si el 
peso doloroso de sus recuerdos lo abrumase ; 

como para disipar esta atmósfera de pesadum- 
bre, que el noble dolor del joven había esparcido 
en las almas, se habló de fijar el día en que León 
debía tomar sus matrículas, en la Universidad Ca- 
tólica ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 51 

dos eran por entonces, las Universidades, que 
ejercían el privilegio de educar la juventud de 
aquel país : la Universidad Nacional y la Univer- 
sidad Católica ; 

eran una misma en esencia, pero, se disputa- 
ban a muerte el dominio de las almas ; 

en este pugilato de cretinización, sólo los caci- 
ques de la política, hacían su agosto ; 

y, como era a la Universidad Católica, que iban 
los fanáticos de profesión, era aquélla la natural- 
mente destinada para León Vives ; 

pero, antes había que pensar en la indumen- 
taria, porque el aspecto del joven forastero, era 
de un mal gusto deplorable y, de una más deplo- 
rable antigüedad : 

— Vosotros, que sabéis de eso — dijo Narciso La- 
bial a sus discípulos — , pensad dónde debemos lle- 
varlo. 

— Muller and son — dijo Ovidio de Kentería, el 
mayor de ellos, un pollo que ya galleaba en la voz, 
alto, delgado, con ojos de ohva y tinte mate, los 
cabellos castaños partidos en dos, sobre la frente 
estrecha, y vestido con tan suprema elegancia, que 
se diría un estudiante noble de Wéstminster, ha- 
ciendo vacaciones en Londres ; 

— ¿Muller? — dijo con cierta morgue, Julio Al- 
cázar de Cifuentes, gordo, mofletudo, con grandes 
ojos bovinos, y labios carnudos de hipopótamo — ; 
Muller, no es ya cliic, el sastre jashionahle, el ver- 
dadero sastre de la high-life, es Doran Wickly ; 

— Sastre de sportsman — murmuró la voz atipla- 
da de Eduardo Ormuz y Callejas, anémico, encor- 
vado, con un color de higo maduro y, unas ojeras 



52 VAEGAS YILA 

tan enormes, que se dirían pintadas — ; el verda- 
dero sastre, el sastre de sensación, es monsieur Bre- 
geon," que acaba de regresar de París, con los últi- 
mos géneros de la estación : una maravilla ; 

en tanto Arcadio Méndez, el niño blondo, de 
dulces facciones, y rostro varoml, que había lla- 
mado la atención de León Vives rememorándole 
la delicada silueta de Eené Gil, y sobre el cual 
lijaba tenazmente los ojos, permanecía callado, 
ajeno por completo, a esa conversación de mo- 
distos, vuelto el rostro hacia la gran luz del bal- 
cón, que lo bañaba en transparencias fluidas de 
oro opalino, como un serafín nimbado luminosa- 
mente, por un Maestro colorista de Fiesole, en el 
Siglo XV ; 

en esa luz de nácar, toda diáfana, como un cris- 
tal de Mestre, el noble grupo de jóvenes, se di- 
señaba con una indescriptible pureza de líneas y 
de matices, con una precisión armoniosa de ñores, 
lleno de una gracia fresca y atractiva ; 

la silueta de Narciso Labial, con los reflejos 
amatista de sus vestiduras, daba un tono grave, 
a aquel cuadro, que sin él habría sido alegre, co- 
mo una primavera boticellana. 

— Y, tú, ¿qué dices, Arcadio? — le preguntó el 
prelado, como para sacar al niño de su ensimisma- 
miento. 

— ¿Yo? — respondió éste, con una voz grave, 
tlemasiado grave para su edad ; una voz honda, 
como si respondiese a muchos ecos interiores de 
cosas en que pensaba, cuando fué interrogado... 
■ — Mi padre, encarga nuestros trajes a París, a 
un sastre que tiene nuestras medidas, y, de cuyo 



LA CONQUISTA DE BIZA^'CIO 53 

nombre exacto no me acuerdo. 

— Este no sabe nunca nada — dijo el abate ca- 
riñosamente. 

— Desde que está enamorado, se ha .vuelto un 
tonto — dijo Ovidio. 

Arcadio enrojeció, y, sus ojos se hicieron ma- 
los, mirando al delator. 

León Vives, escuchaba extrañamente interesado. 

— ¿Enamorado tú? — dijo Narciso Labial, con 
una voz que quería ser bromista, y que sin em- 
bargo parecía temblar. 

— Yo no, Monseñor — respondió tímidamente 
el joven con una voz llena de cóleras interiores — ; 
son cosas de Ovidio, usted lo conoce — y, lanzó 
sobre el joven hablador, una mirada severa, llena 
de reproches. 

— Sí, enamorado de Dora Folchi, la hija del Mi- 
nistro itahano, un primor de criatura, catorce años, 
¿no es verdad? — dijo Ovidio cuya impertinencia 
Qo se desarmaba fácilmente. 

— No; y, ¿por qué dices eso? 

— Pero, ¿ignoras que Magdalena mi hermana, 
está en el mismo colegio de la Inmaculada, con tu 
hermana y, lo sabe todo? las mujeres, son así — di- 
jo con aires de suficiencia, como de un viejo viveur : 

— Ya sé ahora, por qué va éste todos los do- 
mingos a misa de siete, a la Concepción — dijo Ju- 
lio Alcázar, con su voz pastosa como de rumiante. 

— 1^0 lo sabía — dijo Eduardo Ormuz — , desde 
el otro día que los vi conversar en el Parque de 
Viveros. 

— Vosotros no sabéis nada ; ¿es que yo me mez- 
clo en vuestros asuntos? ¿es, que yo te pregunto 



54 VARGAS VILA 

a ti, Ovidio Rentería, a dónde te pierdes los do- 
mingos por la tarde, cuando sales de aquí? y, a ti, 
Julio Alcázar, ¿te he preguntado algo de tus amo- 
res con tu prima, Obdulia Terán? y a ti, Eduardo 
Ormuz, te he hecho esperar alguna vez, las car- 
tas que por mi conducto te envía Paco Lorena, 
desde Londres? 

desconcertados por esta ruda acometida, que no 
esperaban, los jóvenes interpelados, vacilaron en 
responder, no sabiendo cómo defenderse, con la 
inexperiencia propia de su edad. 

Narciso Labial, cortó neto la disputa, con gesto 
imperioso, que demostraba una cólera sorda. 

— Callaos ; habláis de amores, como si fueseis 
hombres, y no sois sino unos mocosos ; 

y, todos bajaron la cabeza, bajo la cólera del 
Maestro, pesarosos de haberla ocasionado. 

— Por ahora — dijo el abate — , lo importante 
es llevar a este niño, a una sastrería, donde pue- 
da vestirse de nuevo, y luego, se escogerá el sas- 
tre, que deba hacerle ropa ; vosotros Ovidio y, Ju- 
lio, encargaos de eso — dijo mirando al primero 
con un gesto de reproche tan amargo, que éste pa- 
hdeció, aún más de lo que era habitualmente y, 
ensayó desarmar con la ternura de su mirada, la 
de Narciso Labial, que permaneció severa y llena de 
rencor ; 

el ambiente antes plácido, estaba ahora lleno de 
cosas hostiles ; las almas inquietas, se curvaban en 
el silencio, bajo la fatalidad de las palabras dichas. 

León Vives, lo comprendió todo, y, permaneció 
callado, con una serenidad de estanque, pero él 
también había sido tocado por las flechas del com- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 55 

bate ; ajeno al paraíso de la sinceridad no lo era al 
de la pasión ; 

sólo el sentimiento estaba muerto en él, pero 
lo demás, todo lo demás vivía ; 

inquieto y adolorido, por todo el fango que esas 
cosas habían removido en el corazón, se puso en 
pie para partir. 

— Estos niños te acompañarán a la sastrería — 
dijo Narciso Labial, cuya acritud no se desarmaba 
ante sus discípulos ; y, abrazó cariñosamente a 
León, y lo besó en los labios ; León palideció y sus 
grandes ojos abiertos, se llenaron de tinieblas ; 

ya, en la calle, m.archó entre sus dos compañe- 
ros-, con cuya elegancia nativa, hacía un visible 
contraste ; 

al principio guardaron silencio, como bajo la im- 
presión de aquel diálogo en el cual habían revela- 
do cosas de sus almas ; 

pero, la juventud olvida pronto, y, bajo el in- 
cendio luminoso del cielo, que un sol de mediodía, 
llenaba de reverberaciones prodigiosas, con esplen- 
dores de una alucinación, y, a las caricias del aire 
tibio, que tenía ternuras de mujer y, el encanto vo- 
luptuoso de la hora, llena de perfumes que las bri- 
sas arrancaban a los jardines cercanos, toda la pena 
de los corazones se extinguió, y hablaron de nue- 
vo, en el delicioso calor de la edad, y, el ardor de 
sus palabras, tenía vibraciones metálicas, en la 
claridad del paisaje, que guardaba con sus almas 
afinidades fraternales. 

León, los escuchaba hablar, y desde las cimas 
dé su inteligencia, gozaba en ver el volotear, de es- 
tas almas de niños, ligeras, multicolores, en el 



56 VAEGAS VILA 

fondo frágiles y, bellas, como mariposas espiri- 
tuales, voloteando en torno al lis entreabierto de 
la Vida ; 

y, las envidió, y un rencor sordo sintió contra 
ellas, de verlas así felices y cantantes, como arpas 
humanas, que el aire de la ventura, hacía sonar al 
pasar entre sus cuerdas ; 

ellos eran felices, esos niños de la alta sociedad, 
orgullosos de sus nombres, que adornaban de par- 
tículas genitivas, encantados de su origen y de su 
estii-pe ; ellos habían tenido madre, y se habían dor- 
mido con sus caricias ; tenían padres, y, se honra- 
ban de su amor ; tenían hermanos, amigos... 

¿y, él? 

pobre hongo, nacido al acaso entre las piedras de 
un presbiterio ; sin poder decir quién era su padre ; 
triste flor de vergüenza, ocultada siempre como un 
crimen ; pobre paria, sin madre, sin familia, a 
quien el Destino para privarlo de todo, lo había 
privado de tener un corazón ; 

¿qué decir a las preguntas lacerantes, que la na- 
tural cmiosidad de esos jóvenes le dirigía? 

¿su pueblo era bello? 

a ellos, su ciudad natal, les parecía espléndida ; 

¿había sufrido mucho al dejar a su madre? 

ellos temblaban a la sola idea de tener que dejar 
un día las suyas ; hablaban de ellas con tal ter- 
nura, que se les humedecían los ojos ; 

¿su padre era muy severo? 

i los de ellos eran tan buenos ! . . . 

al saber que era huérfano, redoblaron su ter- 
nura, y le ofrecieron sus almas, como en una dolo- 
rosa fraternidad ; 



LA CONQUISTA DE BIZAKCIO 57 

sus casas serían las de él, y, en el corazón do 
sus madres, hallarían el viejo surtidor de la ternu- 
ra que ya no regaba su corazón ; 

la soledad, la infinita soledad del pasado, pare- 
cía surgir en torno de él, circundándolo como una 
atmósfera, llena de las hostilidades que habían he- 
cho tan triste, tan desamparada, su adolescencia 
cercana, silente y, profunda, como un gran lago 
misterioso, en cuyo fondo, se veía la sombra alta- 
nera de su alma grande y miserable, enormemen- 
te luminosa y triste, como un crepúsculo ; 

y, de las raíces profundas de su ser se alzaba 
una aspiración honda y desmesurada hacia la Ven- 
ganza ; ¿contra quién? ¿contra qué? contra la Vi- 
da, contra el mundo, contra aquellos que ahora 
intentaban consolarlo : 

esas ternuras generosas irritaban su corazón, por- 
que le recordaban su miseria ; 

ño quería ser conocido, porque no quería ser 
compadecido ; 

la idea de inspirar lástima, lo exasperaba hasta 
las lágrimas ; 

la compasión es un ultraje, se decía él, un ul- 
traje cobarde, del cual no jX)demos defendernos ; 
¿cómo rechazar esas manos, que se extienden hacia 
la desnudez de nuestro corazón? ¿cómo defender- 
nos de ese gran gesto falso y perverso que se llama : 
la Amistad? 

de todas las sombras de Maldad y, de Traición, 
que se proyectan sobre el abismo inerte de nues- 
tro corazón, ninguna más pérfida, ninguna más 
sembradora de dolores, que ella ; el Hombre, todo 
el Hombre, con su innata perversidad, y, su abismo 



58 VARGAS VILA 

de miserias, se encierra en esa mentira, mil veces 
más infame que la mentii-a del Amor... 

¡ ay ! de aquel que rompe la armonía sublime de 
su corazón, dejando entrar en él, ese asesino en- 
mascarado que se llama : un amigo. . . 

y, León Vives, ceri'aba su corazón, lo cerraba 
ante esos nuevos seres, que llegaban a su alma, 
tendiéndole manos cariñosas ; 

y, cerraba también sus labios ; fortaleza del Si- 
lencio ; mudos a toda confidencia ; 

dejaba cbarlar a sus nuevos amigos, felices, des- 
preocupados, como pájaros que cantaran bajo la 
luna ; 

y, él se envolvía en su pasado, taciturno, me- 
nesteroso de Olvido, sintiendo la necesidad de ocul- 
tar su historia, la miserable realidad de su Vida ; 

¿cómo decirla? 

¿ cómo ? 

y, se replegaba en sí mismo, como en un cielo 
lejano ; y, sentía que el pasado, el inexorable re- 
cuerdo del pasado, remontaba en su corazón, vio- 
lento y vindicativo, tumultuoso, como un mar en- 
tre los arrecifes de la costa ; 

y, la misteriosa fuerza interior de sus rencores, 
que venía del desamparo inmenso de su alma, lo 
llevaba a insurreccionarse contra la bondad, un po- 
co altanera, de los jóvenes aristócratas, que pare- 
cían hacerle un honor, con recorrer a su lado las 
calles de la ciudad, donde sus siluetas gráciles y, 
elegantes, hacían marcado contraste con la suya, 
campesina y sin desbrozar ; 

el gran dolor de la humillación se abatía sobre 
él, como una garra ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 59 

el sentido de la Vida, que desde niño había te- 
nido en su corazón, se hacía ahora, más claro, más 
neto, más preciso, e iluminaba su horizonte mo- 
ral, con un fulgor extraño ; como un desierto, so- 
bre el cual se alzara una luna de desolación ; 

y, se hundía en la realidad dolorosa de la Vida, 
como para ver mejor en ella ; y, en las palabras 
de sus amigos, calurosas de interés, su rara pers- 
picacia, su hábito del análisis, no vieron, sino la 
curiosidad malsana, de penetrar en su corazón, de 
saber algo de él, de explorar ese tipo extraño, que 
la bondad de su Maestro les obligaba a pasear por 
las caUes, en busca de una sastrería elegante, don- 
de vestirlo a la moda ; 

se habló de Sport, y, sobre todo de carreras, que 
por aquel entonces, ocupaban seriamente la ju- 
ventud y el mundo elegante ; 

las modas y las palabras extranjeras, impera- 
ban en las costumbres y en el lenguaje de aquel 
pueblo remoto, deformadas y estropeadas, por 
aquellos mismos, que desde Europa, las trasplan- 
taban allí, más por un exotismo cuasi de advene- 
dizos, que por el placer de solazarse en sanos ejer- 
cicios corporales. 

León Vives, que ignoraba el tecnicismo de las 
pistas y de los Hipódromos, y no había visto nun- 
ca, una de esas fiestas hípicas, no podía seguir la 
conversación con sus compañeros en ese terreno, 
y, se limitaba a oírlos ; pero, quedó convenido en- 
tre ellos, que el domingo próximo irían juntos a laa' 
carreras, donde un caballo de Ovidio de Rentería, 
debía correr. 

—¿Tu padre tiene muchos caballos? 



60 VAKGAS VILA 

— En tu hacienda debe haber magníficas yegua- 
das y bellos sementales ; las llanuras del Norte, son 
espléndidas para eso. 

— ¿Hay carreras en Santa Tecla? 

— ¿Tu madre se opone, como la mía, a que tú 
mismo, montes tus caballos en la pista? 

— ¿Son ingleses los jockey, por allá? 

tal era el aluvión de extrañas preguntas que 
caían sobre él ; 

¿qué responder? 

él, no tenía padre, no tenía hacienda, no tenía 
madi-e, no tenía caballos, no tenía jockey... 

¡ qué iba a tener ! si era un pobre guiñapo social, 
un ser sin nombre, arrojado por el huracán de la 
Patalidad, sobre el pavés de la Vida ; 

pero, ¿cómo decirlo? ¿para qué confesarlo? 

el rencor sellaba sus labios ; 

un rencor amargo, hecho de humillaciones y de 
Envidia ; un fermento de Despecho y de Odio que 
le subía de las entrañas, con un amargor de cina- 
momo ; 

y, esta cicuta moral, le envenenaba el alma ; 
esa alma, que no tenía necesidad de veneno, para 
hacer estallar la inmensa desproporción de todos 
sus atavismos pasionales tan poderosamente orien- 
tados hacia el Mal ; 

y, era así, frente a la legitimidad, a la riqueza, 
a la ventura, que su ojo experto de hombre, educa- 
do por el Dolor, veía bien todo lo que el Acaso de 
la Vida, le había robado : hogar, nombre, ventu- 
ra, nada tenía él ; todo eso había sido eliminado 
de su vida, para dejarlo solo, solo ante sí mismo, 
solo ante los otros... 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 61 

y, el rápido resplandor de esas verdades, fulgu- 
raba en su corazón, con rudos esplendores, y, uno 
como viento de borrasca, llenaba de brumas mis- 
teriosas, sus horizontes internos ; 

él, no tenía padres, no tenía nombre : el Miste- 
rio era su cuna, la culpa de los otros su única he- 
rencia ; 

y, he ahí que sus nuevos amigos, eran bellos, 
aristócratas, ricos ; llevaban nombres legítimos, 
que pronunciaban alto y con orgullo ; hablaban de 
sus padres, con un respeto conmovido y casi admi- 
rativo, y, cuando nombraban a sus madres, su in- 
segura voz de adolescentes temblaba, como en una 
onda vibratoria de ternuras, y sus ojos expresaban 
tal pasión de cariño, que se diría la de un amor 
celeste ; 

esta ventura de los otros, llenaba su corazón de 
turbaciones violentas, y de temblores crueles ; 

¿qué había hecho él, para carecer de esa ven- 
tura? 

los otros lo tenían todo; ¿él?... él, no tenía si- 
no dolores y vergüenzas por todo abolengo ; ¿ có- 
mo hablar de su padre, el Cura egoísta y libidino- 
so, que había violado a su madre en una sacristía, 
y de cuya violación había nacido él? 

y, su madre... ¿cómo nombrar, cómo recordar 
con la más leve sombra de ternura sobre los labios 
o sobre el corazón, aquella loba mística, de entra- 
ñas rocallosas y, corazón de mármol, que atrofiada 
por el misticismo, no tuvo para él una sonrisa, 
una de esas flores enormes del corazón, que sólo 
florecen en los labios de la maternidad, ni lo me- 
ció en su seno, que fué inclemente, como un neva- 



62 VAKGAS VILA 

do, ni humedeció sus labios, con el néctar de sus 
pechos, ni le dio jamás la limosna misericordiosa 
di un beso? 

la imagen odiosa de aquella gran criminal mís- 
tica, marmolizada en el desamor por las manos 
de la Religión, hacía temblar su voz, pero de có- 
lera, de una cólera salvaje, contra aquella que le 
había impuesto la Vida, añadiendo a ella la Ver- 
güenza ; 

y, como traído violentamente hacia atrás, por 
la fuerza de su fatal identidad, sintió la impresión 
del desastre y del encarnizamiento de las cosas de 
la Vida contra él, y los soplos desencadenados de 
la cólera pasaron en el desierto infinito de su co- 
razón, con una furia de huracán ; ni veía, ni oía ; 
el rumor de sus tormentas interiores, lo llenaba 
con los gritos desmesurados del Abismo ; 

¿había luz en el cielo? él, no podría decirlo, tan- 
ta era la sombra de cosas malas y fatales, que nu- 
blaban su cerebro, y, lo hacían marchar como a 
tientas bajo la implacable fatalidad de su pasado ; 

y, sin embargo, el día era bello ; el cielo de un 
azul inexorable, con partículas de un oro blondo, 
irisadas de matices infinitos ; 

gérmenes de perfumes y de vida se escapaban 
de los jardines olorosos, que ornamentaban gran- 
des palmeras, pensativas en su belleza prisionera ; 
en la tibieza acre de la hora, la ciudad se mostra- 
ba bella en su vetustez, envuelta en brumas azu- 
losas, en el simétrico alineamiento de sus edificios, 
casi todos silenciosos, llenos de una vida famihar, 
protegidos por celosías, reveladoras de altas y cal- 
madas ternuras interiores ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 63 

pero, nada de eso halagaba a León Vives, insen- 
sibilizado, en el misterio de sus tinieblas interio- 
res, llenas de gritos siniestros ; 

así llegaron a la sastrería. 

Ovidio y Julio, entraron en ella como en su ca- 
sa, por entre los saludos de los empleados, que 
acudieron a rodearlos, orgullosos de su visita, 

Ovidio, con esa encantadora impertinencia que 
le era habitual, se hizo mostrar cuantas noveda- 
des últimas habían llegado en materia de telas y 
de trajes ; y, como perito en elegancias — que Pe- 
tronio y no Ovidio, debió llamarse — , discutía acer- 
ca de ellos con los empleados, que hallaban justas 
las observaciones de aquel joven, que hacía venir 
sus trajes de Londres, y, era hijo del más acauda- 
lado banquero de la Capital ; 

y, como urgía vestir inmediatamente a León, 
compraron un traje hecho, del mejor gusto y úl- 
timo modelo, last-stylc , que dijo Ovidio, o a la 
derniére, como más burguesamente opinó Julio 
Alcázar, dejando allí las medidas, para que nuevos 
trajes le fuesen hechos ; 

una visita al mejor zapatero, al camisero, ídem, 
y, al sombrero de la high-life, como se llamaba a 
sí misma, esa aristocracia rural, completaron el 
ajuar de León Vives, que ordenó llevar eso a su 
casa, y, se despidió de sus nuevos amigos, no sin 
citarse, para el día siguiente, en casa de Monseñor 
Labial ; 

y, cuando León Vives, regresó a su posada, le 
parecía que un espantoso vaho de vulgaridad, se 
escapaba de ella ; 



64 VAKGAS VILA 

la visión y el perfume de las cosas que había vis- 
to, lo seguían como una obsesión ; 

el salón de Narciso Labial, todo rojo y oro, co- 
mo un bosque en la tarde incendiado por el sol ; 
las penumbras discretas de los cortinajes, llenas 
de sugestivas complicidades ; los ibis pensativos de 
los biombos, destacados en lontananzas acuáticas, 
plegado el argento de sus alas, en un hieratismo 
triste, entre los lotos simbólicos, ajenos al miste- 
rio de las escenas que se sucedían detrás de ellos, 
ultrajantes a su serena divinidad ; 

la molicie otomana de los sofás y los sillones, 
incitativos en la docilidad de sus resortes y, el gra- 
na de sus telas historiadas con escenas pastoriles 
de un bucolismo lascivo ; 

el espesor de las alfombras, que apagaba todo 
ruido, hacía insonora la marcha, y, destacaba las 
figuras con vaguedades lagunares, cual si se mar- 
chase sobre un Tiberiades de fuego, bordado de li- 
ses de oro ; 

en el fondo de toda esa decoración, de supre- 
mas y refinadas elegancias, la figura imponente de 
Narciso Labial, con la seda crujiente de sus ves- 
tiduras ornadas de escarlata, ceñidas rigurosamen- 
te al talle como un traje de mujer, llenas de reflejos 
sedeños, sobre sus ancas movibles y volumino- 
sas ; sus manos abaciales y perfumadas, como dos 
palomas que fuesen de ámbar ; su rostro rosado y 
oval-, como el de un abate de Grossio ; su boca las- 
civa y, orgullosa, hecha para decir madrigales de 
amor, y referk los cuentos de Boccaccio, a un círcu- 
lo de adolescentes curiosos, más bellos que las da- 
mas del Decamerón ; y sus ojos, esos ojos atracti- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 65 

vos y, enigmáticos, llenos de una dulce magia ; y 
toda su figura imperiosa, y alucinante, llena de un 
abominable encanto ; 

y, el coro de discípulos, siempre en torno del 
Maestro, atentos en su inteiTogante y desconcer- 
tante actitud, bellos y perplejos ante la Vida como 
detenidos en sus umbrales y, ansiosos de penetrar 
en ella, aspirando con un placer ávido, esas rosas 
contrahechas del jardín del Engaño, feUces sin 
embargo de apurar la locura del beso, en la copa 
monstruosa que la sabia sensualidad de su JNIaes- 
tro les brindaba ; todos bellos, elegantes, refina- 
dos, conservando un extraño fondo de inocencia, 
en esa amable atmósfera de voluptuosidad, cam- 
biante y difusa como un ópalo ; 

el aspecto de esas faces, no le era extraño en el 
precoz y doloroso cansancio que expresaban ; 

ellas, le recordaban las del Seminario de San 
Nicolás ; la misma extinción de los colores sobre 
las mejillas nubiles, pálidas, con una palidez de 
lirios acuáticos ; la misma inquietud fosforescen- 
te en las pupilas, llenas de las reminiscencias de 
un sueño, como del aire de una música extraña, 
en la cual vibrara la lenta ascensión de las visio- 
nes voluptuosas ; el mismo cerco negro y profun- 
do bajo los párpados, como el negror de una nu- 
be bajo la languidez de una estrella ; los mismos 
labios exangües, como una rosa en invierno ; 

sí ; pero aquellos adolescentes rurales, no te- 
nían esa delicadeza sugestiva, esa distinción orgu- 
llosa, ese dominio de los matices y las palabras, 
que distinguía a los imperiosos y atractivos adoles- 
centes de Narciso Labial ; 

BIZANCIO. — 6 



66 VARGAS VILA 

y, el recuerdo de esa distinción, de esa elegan- 
cia, le subía al alma, como el perfume de un jar- 
dín recién abandonado ; y penetraba hasta las más 
profundas raíces de su alma, con un raro contagio 
de sensibilidad ; 

y, todo el fermento de sus lecturas psicológicas, 
C3Ü manía de analista implacable, bullía y se des- 
pertaba en él, marchando al asalto de aquellas al- 
mas, para ensayar en ellas todo el arsenal de ob- 
servaciones psicológicas de que estaba lleno su ce- 
rebro, sorprenderlas en su gesto definitivo, y, po- 
der analizarlas y revelárselas mediante el orden su- 
perior de sus observaciones ; 

y, quiso recordar hasta las menores actitudes de 
aquellos niños y, de su Maestro, y no le costó tra- 
bajo, revelárselos, porque ellos se reflejaban con 
extraña similitud sobre el espejo de su vida ante- 
rior, despertando en él, la embriaguez de lejanos 
recuerdos, y una emoción, que era como el reflejo 
de emociones interiores ya sentidas, y, de las cua- 
les le venía una como ventura silenciosa, semejan- 
te a una caricia, a la cual se abandonaba con una 
dehciosa melancolía, que era como un perfume de 
días lejanos... 

el beso apostólico de Narciso Labial, le había 
recordado, el del Padre Plácido, su antiguo Pro- 
fesor en el Seminario de San Nicolás ; 

tenían ambos sacerdotes, la misma gracia triste 
y sensual ; la misma belleza casi femenina ; el 
mismo encanto ambiguo y, fatal, sólo que, en 
Narciso Labial, todo era más refinado, más culto, 
más intenso ; 

sus discípulos, le recordaban, es verdad, a loa 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 67 

compañeros de cautividad que acababa de dejar 
en el Seminario provincial, extrañas flores claus- 
trales, de una perversión cuasi inocente, obligados 
a ahogar su. Vida en los largos silencios angustia- 
dos de su corazón ; 

el mismo gesto interior de aquellas almas pare- 
cía reflejarse en éstas, y revelarse en los ges- 
tos, en las actitudes, en las ternuras de estos ado- 
lescentes urbanos, en sus miradas llenas de un mu- 
do deseo, en la sonrisa amable y triste de sus bo- 
cas de Madona, que no habían probado el beso, el 
beso verdadero, el beso de la mujer, aquel que 
salva y que condena, que pierde y, que redime ; 
perqué el beso del Amor, es como el fuego : con- 
sume y, purifica ; 

aquel jardín de lises reales, con sus bellas acti- 
tudes elegantes y, sensuales a la par, con su gra- 
cia muy culta, y, sin embargo, encantadoramen- 
te ingenua, la dulce melancolía de sus facciones, y, 
el ensueño un poco serio de la Vida, flotando en 
sus pupilas, llenas de una tierna claridad ideal, to- 
dos envueltos en la apoteosis y, la gracia de la 
juventud, como en una atmósfera, habían desper- 
tado en su corazón, el fango dormido de sus re- 
cuerdos de colegio ; 

la inconfesable Voluptuosidad, que residía en su 
corazón, como una lepra ; 

¡la tristeza de la Voluptuosidad, la más amar- 
ga, la más insaciable de todas las que devoran el 
corazón del Hombre sobre la tierra ! ; 

la miseria de la Voluptuosidad, que se abre so- 
bre" el corazón y bajo el corazón, como un cielo 
y un abismo ; 



68 VAEGAS VILA 

la Voluptuosidad, sin la cual, la Vida, sería un 
Crimen, y por la cual, la Vida, es un Dolor ; 

la Voluptuosidad, única parte por la cual per- 
mitimos a la Vida que entre en nuestro corazón, 
con su enorme contagio de tristezas, que nos llenan 
de un duelo inconsolable... 

y, los parajes de la Voluptuosidad, resplande- 
cieron a sus ojos, y deseó ver en ellos, ver aún, y 
vio, como en un sueño lejano, las huellas incendia- 
das de los días pasados ; 

y, fué feliz a causa de ellos, a causa del esplen- 
dor trágico y malo, que arrojaban sobre su corazón ; 

y, se durmió pensando en eso ; 

y, se abrazó a su sueño ; 

y, lo besó en su noche, como si fuese un lis ; 

y, amó su pasado ; inexorable, inmóvil, como 
una Divinidad ; 

y, se dejó supliciar por él ; 

¿quién ignora esa forma del placer, que es de- 
jarse torturar por el recuerdo? 

nuestro corazón, tiene la piedad para los otros ; 
no tiene nunca piedad de nosotros mismos ; 

y, León Vives, se durmió pensando en su pasa- 
do ; feliz de haberlo vivido ; deseoso de vivirlo aún... 

y, extendía sus labios, como para besar una 
sombra ; 

del fondo de su corazón podrido, ¿a quién be- 
Baba? 

¿a qué?... 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 69 

En su cuarto desmantelado de estudiante, ca- 
rente de todo lujo y aun de toda comodidad, no 
podía menos de evocar con amargura, el recuerdo 
del confort, imperante en casa de Narciso Labial ; 

los muros y los suelos desnudos, los muebles 
desvencijados, todo el aspecto lamentable de su 
posada, parecía lanzar un grito agudo de miseria, 
un saludo burlón a su juventud ambiciosa, llena 
d^ sueños enormes de grandeza y poderío ; 

y, la imagen tentatriz del lujo, apenas entrevis- 
to, lo obsesionaba, y caía bajo la dominación de 
ella, y se sentía infeliz en su pobreza, y tenía una 
sensación semejante, a la de encontrarse desnu- 
do, bajo el azote del frío, en un sendero desierto ; 

y, codició la riqueza, la comodidad, la elegan- 
cia de los otros, y, vio cómo es bello vivir, la vida 
así, en esa atmósfera aromática, de grandes sa- 
lones y lechos perfumados, que exaltan los bellos 
sueños y las bellas acciones, y bajo cuya caricia 
sedativa, se siente mejor la inspiración de los su- 
blimes cantos y, las prosas armónicas, serenas co- 
mo un preludio, infinitamente calmado y, grave ; 

y, pensó que las obras Maestras, no pueden pro- 
ducirse en la Miseria, sin que lleven el seUo de la 
imperfección, que ponen en ellas, las manos tré- 
mulas del Hambre y del Dolor ; 

y, la obscura agitación de sus apetitos, fué co- 
mo un gesto real, hacia el sueño obsesionante, ha- 
cia la riqueza entrevista en las posibilidades del 
futuro, y hacia la cual se tendían su alma y sus 
manos, como hacia una presa tangible, esquiva y 
muy lejana... 



70 V AEG AS VIL A 

y, el exceso de su emoción lo hacía tan triste, 
que lloraba de verse pobre, tan pobre... 

y, en su tristeza colérica, sollozaba amargamen- 
te, ante los muros escuetos, los suelos desnudos, 
ios muebles desvencijados de su mísero cuarto de 
estudiante ; 

y, sentía más que nunca la garra de la Vida, 
que se posaba sobre su corazón, y se veía como 
desterrado en una inmensidad, más vasta que to- 
das las inmensidades ; la de su propia miseria ; 

pero, no tembló ; se alzó más fuerte en su tenaz 
Orgullo, en su Voluntad heroica de vencer, de mar- 
char al encuentro de la Vida y subyugarla ; 

y, BUS labios se contraían dolorosamente, como 
lanzando un desafío imperial, al Imperio de la 
Vida, que aun no era suyo;... pero que sería ; 

sei'ía ; 

y, reinaría entero en él, con todo el poder de 
su grandeza oculta ; 

así lo juró a su corazón ; 

la distinción natural de su espíritu le hacía es- 
tablecer comparaciones, y al hallarse de nuevo en 
contacto con sus compañeros de posada, le pare- 
cía que un vaho de insoportable vulgaridad se des- 
prendía de todos ellos ; 

el perfume de sus otros amigos, le seguía hasta 
allí ; sus siluetas elegantes, sus modales cultos, 
hacían un contraste desesperante, con aquellos es- 
tudiantes de pueblo, gritones y bochincheros, ves- 
tidos sin gusto, ajenos a todo refinamiento, que pa- 
recían enemigos personales de toda distinción, con 
sus gestos impulsivos y bruscos, y sus charlas tu- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 71 

multuosas llenas de palabras y dichos popula- 
cheros ; 

y, veía que las cosas y los modos exquisitos y 
refinados, son una tendencia y una necesidad de 
toda alma superior, y, que la vulgaridad, no redi- 
me, ni excusa nada, ni al Genio mismo, si algu- 
na vez se diese la antinomia de un Genio que fue- 
se vulgar, o si el Genio, pudiese florecer siquie- 
ra un día, en otra atmósfera que la de las cosas 
ctiltas y exquisitas del espíritu, porque el refina- 
miento mental, es una necesidad vital de las al- 
mas colocadas más allá del rebaño semipensante ; 

almas superiores, que tienen el privilegio, de so- 
brepasar a su tiempo, y sobrepasarse a sí mismas, 
en un gesto de insuperable energía y, de lumino- 
sidad sapiente, encerrando en el prodigio de su 
Vida, el milagro de crear para la Belleza, cosas 
de excelsitud, contra el querer ambiente de la 
Vulgaridad, amante de formas efímeras y ruines, 
hostil e incapaz de comprensión frente a las cosas 
únicas y eternas que el Genio crea, fuera del radio 
ubicual, que la Mediocridad tiraniza con su Im- 
perio ; 

almas que en esa impureza de torva vida colec- 
tiva, saben con el maravilloso instrumento de su 
Genio fecundar la soledad, poblándola de sus 
creaciones, estrellas de su Voluntad, solitarias y 
luminosas, como una armonía sidérea ; 

pero, aunque León Vives, era un inteligente y 
un refinado, no era un Artista, en el puro y alto 
sentido de la palabra ; 

' no era hecho para pastor de estrellas, sino para 
pa stor de hombres ; 



72 , VARGAS VIL A 

el lado mediocre de su talento, era su lado po- 
lítico, como en todos los grandes hombres, ¡jUe 
consienten en descender en medio de las tuibas, 
abriendo sus ojos a las estrellas, acostados de es- 
paldas entre el rebaño ; 

de ahí, que, aun siendo un aislado mental, como 
todos los espíritus superiores, no pudiese ser un 
solitario social, sino un comunicativo, sintiendo el 
instinto de mezclarse a los otros hombres, para es- 
tudiarlos, para dominarlos y, para destruirlos ; ese 
instinto violento que precipita sobre los pueblos y 
los rebaños, a los psicólogos, a los tii'anos y a las 
fieras ; 

y, de ahí, que aun comprendiendo que la sole- 
dad es la marca definitiva de la grandeza, único 
Imperio en el cual la soberanía de las cosas per- 
sonales e íntimas permanece pura, en su intangi- 
ble limpidez ideal, no quisiese ni pudiese practicar 
el culto de la Soledad y del Silencio, tan beneficio- 
so a las almas de selección, y, antes bien, busca- 
se la ocasión de mezclarse al tumulto de las otras 
almas, dado a la inquieta tarea, de ver y obser- 
var el fenómeno de las otras vidas, sintiendo la 
atracción irresistible del vértigo, frente al océano 
pavoroso y sugestivo del alma humana ; . 

y, no sufría sino gozaba, con el contraste que 
ofrecían a sus ojos los discípulos elegantes de Nar- 
ciso Labial, y los huéspedes tumultuosos de doña 
Casilda ; 

y, se mezclaba a ellos con una acre sed de absor- 
ber sus espíritus, de hacer una travesía por el ci- 
clo de esas almas, todas nuevas, pero ya represen- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 73 

tativas de la obscura fuerza social, que él se pre- 
paraba a estudiar y, a dominar ; 

esas vidas, todas laminadas en el estrecho mol- 
de social, que hace imposible cualquiera forma de 
individualismo, y nivela todas las existencias, 
aplastándolas bajo la rígida monotonía de los usos 
propios a ese industrialismo, a esa burocracia y a 
esa burguesía, que forman la sociedad automática 
y brutal, era un grande y admirable laboratorio, 
donde un espíritu tan comprensivo como el suyo, 
podía estudiar sociología analítica sobre la pasivi- 
dad atávica, y la mentalidad estereotipada, de esa 
juventud que era el porvenir de su país, en el cual 
se preparaba a actuar él, como una invencible 
fuerza ; 

oyéndoles hablar en la mesa, y fuera de ella, fué 
como tomó conocimiento de las cosas de la políti- 
ca y de las crónicas de la ciudad, y supo cuanto que 
saber había sobre los hombres públicos y las mu- 
jeres públicas, que por igual infestaban entonces, 
la atmósfera moral, con el comercio activo de sus 
vicios ; 

muchas cosas oyó del Parlamento y de los pros- 
tíbulos, de los senadores y de las rameras, de es- 
critores y generales, de aristocracia y democracia, 
y sintió los vahos de la descomposición social, su- 
bir hasta él, del fondo de ese abismo estercolarlo, 
que se llamaba la sociedad de su país ; 

aquel mirar certero de águila que le hacía abar- 
car de un solo golpe de ojo, hasta las más brumo- 
sas latitudes del alma humana ; 

el conocimiento anticipado de esa ergástula de 
lloros, que es la Vida, el eco de cuyos sollozos re- 



74 VAEGAS VILA 

corre hasta las postreras extremidades del planeta, 
aun allí donde no hay hombre, porque la tierra 
misma gime, del dolor insondable de vivir ; 

la energía desmesurada de su pensamiento, uni- 
da al extraño poder contemplativo, que le hacía 
asir y grabar con igual fuerza, las palabras y. las 
cosas en su cerebro, dándoles en el acto el con- 
torno visual de las realidades definitivas, le hicie- 
ron apercibir y comprender muy pronto, todo lo 
que de aquel murmullo de almas, subía hasta la 
suya ; 

y lo que le dijo ese eco bestial y multiforme, se 
grabó en su alma desnuda, como en una piedra sa- 
giada, y quedó en el fondo misterioso de su cora- 
zón, como los versículos definitivos de todos los 
cultos, esparcidos en torno de él, desde el de Ve- 
nus, hasta el de Manon, y, desde el de Marte 
hasta el de ese puerco con cabeza de tigre, que era 
el alma social de su país ; 

convencido de que el hombre es un animal, co- 
mo los otros, y, que lo que se llama la Sociología, 
no es más que una rama de la Historia Natural, 
veía con un secreto placer científico, los gestos ma- 
teriales y, mentales, de ese encantador bípedo que 
es el Hombre, esbozados y multiplicados por aque- 
llos retoños de la bm'guesía provincial, que se pre- 
paraban a ser los amos y los señores de su época ; 

eran documentos humanos, que mostraban bien 
el estado de espíritu de esas generaciones, que en- 
traban en la Vida, llenas de concepciones falsas o 
pequeñas sobre los problemas vitales y, sociales; 

todos ellos ignorando el realismo científico de su 
época, y, enfermos de un espirituahsmo románti- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 75 

co que los hacía soñadores, y por consiguiente, 
inhábiles para vencer en la gran lucha homicida 
que es la Vida ; 

atiborrados de ideas arcaicas o incompletas, so- 
bre este choque de átomos, que es el Universo, 

puestos a horcajadas sobre la Quimera Rehgio- 
sa, y cabalgando por consiguiente en el vacío ; ha- 
ciendo a Dios el centro de la Vida, y, no a' 
Hombre ; 

esperándolo todo de la Fatalidad y nada de sus 
propias fuerzas ; 

fatalistas cristianos, mil veces más fatales y más 
estéiiles que los fatalistas musulmanes ; faltos del 
poder para ir a lo desconocido ; no encontrando en 
sus antecesores sino un ejército derrotado, de he- 
ridos sin esfuerzo y de vencidos sin gloria ; 

enfermos por el ejemplo ; ganados por una de- 
cadencia precoz, que les venía de las fuentes pro- 
fundas de la raza ; 

esclavos por persuasión ; incapaces de creer na- 
da, de negar nada, de afirmar ni de dudar nada, 
entregados al espectáculo cambiante de su vanidad ; 

generación de insubstanciales, sentados a la ori- 
lla del camino, de espaldas al peligro, sin prever 
en su indiferencia, la espada del Conquistador, que 
hiriéndolos por la espalda, vendría un día a atra- 
vesarles el corazón ; 

y, él, los veía vivir, observándolos con una te- 
naz premeditación, dispuesto a no excluir nada, 
no perder nada, del estudio minucioso de aquellas 
almas, con esa terrible sed de Verdad, y esa vora- 
cidad de saber, que eran la base de su espíritu cien- 
tífico, inquisidor e implacable ; 



76 VAEGAS VILA 

frente a los grandes problemas del espíritu, él, 
no era una alma, era un escalpelo ; la psicología, 
era en sus manos una cirugía mental, que ejercía 
con una larga fruición, mezclada de ferocidad ; 

por una de esas rarezas, peculiares a su Destino, 
él tenía a su alcance, como cogidos en cada una 
de sus manos, los dos extremos sociales de esa ju- 
ventud, los dos eslabones finales de la cadena so- 
cial ; 

uno como calor colectivo le venía de ellos, y, esa 
corriente mental agitaba extrañamente su espíritu, 
que se impregnaba del fluido de esas almas, cual si 
estuviese dotado de una rara porosidad intelectual ; 

y, era, como todo verdadero sociólogo, un polo 
positivo de las sensaciones ambientes ; 

en los salones y en el externado de Narciso La- 
bial, él veía el retoñar elegante y, perfumado de 
las clases privilegiadas, la plutocracia, la alta ban- 
ca y, el comercio, que formaban la aristocracia ca- 
pí tolina, llena de vicios amables, y de seductoras 
hipocresías ; 

aquella juventud, era ligera, insubstancial, men- 
talmente mediocre y, moralmente deformada, im- 
ro, encantadora de exquisiteces y de elegancias, 
creciendo y floreciendo como un rosal ateniense, 
bajo los ojos plácidos y, devoradores, de ese Só- 
crates sin genio, con una alma de Alcibíades, que 
era Narciso Labial ; 

allí, la política estaba excluida de los discursos 
y, aun de los pensamientos; ¡puf!... eso era algo 
mal oliente y, tumultuoso, que no debía entrar en 
ese cenáculo elegante, en esa capilla prismatiza- 
da, llena de tantas cosas misteriosas y, amables, 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 77 

donde la voz ceceante del Pastor, contaba extra- 
ñas parábolas, a los niños catecúmenos, bajo los 
tiernos ojos de Antinoo, y, cerca a la fuente de 
Narciso ; 

el Amor, la pasión fisiológica y, carnal, tal como 
la practicaban y la charlaban a diario los comen- 
sales epicúreos de doña Casilda, la pupilera de 
León Vives, se ignoraba o se ocultaba al menos, 
en aquel como gineceo de adolescentes, que el beso 
apasionado de Monseñor Labial, preparaba al cul- 
to de extrañas iniciaciones ; 

el espíritu sin velos de León Vives, veía claro 
en el horizonte circunfuso que lo rodeaba ; 

los grandes espíritus como las aves de presa, 
tienen el don innato de las orientaciones definiti- 
vas y, el golpe de alas certero ; 

supo comprender desde un principio, todo lo que 
la intimidad de Narciso Labial, y sus debilidades, 
hábilmente explotadas, podían servir a su ambi- 
ción sin escrúpulos, pronta a todo para triunfar ; 
y, así se aproximó a él, y le pidió su protección y 
su cariño, y sus grandes ojos, imploradores de se- 
cretas alegrías, fascinaron el alma del Maestro, 
que sintió engrandecerse su neurosis, y temblar en 
el silencio de su corazón, los lagos asfálticos del 
Deseo ; 

y, llegó a ser bien pronto, el Discípulo preferido, 
aquel en quien el Maestro, puso todas sus compla- 
cencias ; 

su aire de inocencia candida, adquií'ía propor- 
ciones enormes, en la superchería creciente de su 
carácter, lleno de comicidades irritantes y prove- 
chosas ; 



78 VAEGAS VILA 

cuando por primera vez, Narciso Labial, lo había 
besado, como acostumbraba hacerlo con todos sus 
discípulos, él, ultrajado y mancillado por tantos 
besos anteriores, se había hecho rojo, de un rojo 
alarmante ; prestó sin voluntad sus labios esquivos, 
que permanecieron inermes ; sus ojos, llenos de 
perversidades se entenebrecieron de pudor, y, sus 
párpados se bajaron, casi hasta cerrarse, como una 
protesta muda de su virtud ; tembló todo su cuer- 
yo ; sus manos abandonaron las del Ma-estro, y, no 
devolvió el beso, que aquél ambicionaba ; 

hábil en el disimulo, y dispuesto a llevar su co- 
media a los últimos extremos, para dominar a 
aquel, que debía ser una gran fuerza entre sus ma- 
nos, le había suplicado ser su Padre Espiritual, 
su Confesor, y repitiendo la comedia d© su prime- 
ra confesión en el seminario de San Nicolás, le 
había contado su vida, una vida llena de candide- 
ces y, de inocencias, perdida en las perplejidades 
de una sexualidad sin mancillarse ; 

en esa nueva farsa, sus tendencias al misticis- 
mo, sus escrúpulos morales, fueron tan grandes, 
tan desesperados los temores sobre la salvación de 
FU alma, que el confesor engañado por ella tuvo 
que apaciguar su espíritu, aplacar su conciencia 
alarmada, y sus palabras sedantes tuvieron el pri- 
vilegio de calmar, a aquel gran niño que lloraba 
allí, anonadado y roto por la contrición ; 

la pradera de virginidades y, de ignorancias, que 
era esa alma de adolescente, incontaminado, en- 
cantó los ojos absortos del Prelado, y le dio una 
sed exótica de ajarlas ; 

el primer domingo, que había asistido a uno de 



LA CONQUISTA DE BIZAKCIO 79 

esos almuerzos íntimos, con que Narciso Labial, 
obsequiaba a sus discípulos, su aspecto de candi- 
dez infantil, y de inocencia sorprendida, había 
sido tan grande, que había cohibido en parte los 
arrebatos de cariño excesivo, y de equívoca frater- 
nidad, que eran habituales entre los concurrentes ; 

eran los habituados a estas fiestas, los escasos in- 
ternos, que por especial preferencia, Narciso La- 
bial consentía en tener, y cuatro o cinco de los que 
él llamaba, «los antiguos» que habiendo abandona- 
do las aulas de Monseñor, conservaban todo su 
cariño, y eran invitados por tm-no, a estos ágapes 
dominicales ; 

allí, todo era íntimo, chic, con el misterio de un 
jardín cerrado donde el perfume de rosas corrosi- 
vas, se expandiera en el aire tibio, que se diría, 
lleno de tiernas complicidades ; 

se almorzaba opíparamente, se bebía bien, y del 
fondo de las copas, donde los reflejos azurinos del 
vino, hacían extraños centelleos, parecían salir tra- 
viesos silvos lascivos, que decían a los oídos adoles- 
centes, cosas apasionadas, llenas de una impacien- 
te nerviosidad ; 

las tiernas faces rosadas o pálidas se congestio- 
naban ; bajo el nimbo áureo, o el casco broncíneo 
de los cabellos, se hacían rientes, de una encanta- 
dora perversidad ; 

relámpagos de malignidad hacían fosforescen- 
cias en las pupilas, como animadas de una frené- 
tica voluptuosidad ; las audacias del gesto y, del 
lenguaje, crecían en expresiones devoradoras, co- 
mo si un magnetismo extraño completase los pen- 
samientos ocultos ; 



80 VAEGAS VILA 

y, la crisálida de algo innombrado se abría, co- 
mo una prodigiosa flor de sueño, en las mentes 
voluntariosas de aquellos niños golosamente ham- 
brientos de vivir y de gozar ; 

la voz sedante y ceceante de Monseñor Labial, 
dominaba todas las conversaciones, con su acen- 
to sin virilidad, lleno de extrañas sugestioires ; 

era una maravillosa voz de caricia, que se diría 
más bien el gesto de una mano, o el calor de unos 
labios, que acariciasen lentamente, en exploracio- 
nes atrevidas, llenas de un magnetismo animal des- 
concertante ; 

una voz insexual de matices y de cadencias cáli- 
dos, tal la confidencia de una mujer, en la hora 
precisa del espasmo ardiente, en que la noción de 
la Vida se pierde, y, el ser todo se funde en un 
suí^piro ; 

esta voz, la conocían sus discípulos, porque co- 
mo una nube de pasión, había pasado por el azul 
de sus almas, envolviéndolas en su caricia caligi- 
nosa y voraz ; los matices feéricos de esa voz, eran 
para ellos como el Símbolo musical del placer que 
esos labios predicaban y daban, con apasiona- 
mientos igualmente febriles ; era un divino colo- 
rista de los paisajes del Vicio ; 

un charloteo insubstancial interrumpía y, aun 
ahogaba a veces, la voz del Maestro, que callaba 
para escuchar los diálogos de sus discípulos, que 
semejaban, el canto de los pájaros, ebrios de Vo- 
luptuosidad ; 

poco a poco, el misterio de las almas se aclara- 
ba, los velos del pudor se hacían leves, como una 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 81 

trasparencia, y, las almas aparecían desnudas, con 
una franca desnudez de dioses ; 

las voces medio roncas, llenas de turbaciones fe- 
lices, ensayaban ritmos obsesionantes y, acaricia- 
dores, los ojos se hacían más brillantes, alumbra- 
dos de más bruscos deseos, las caricias se hacían 
raás atrevidas, entre el humo azuloso de los ciga- 
rros, que hacía en la estancia una como noche azul, 
voluptuosa y turbadora ; 

algunos tocaban el piano, o fraseaban en sordi- 
na, canciones tiernas, de una ternm-a ardiente, co- 
mo la de sus almas, enfiebradas de amor ; 

el champagne, hacía hervir en las copas su 
blondez risueña y el centelleo de sus burbujas de 
oro que los labios apuraban, con una nostalgia loca 
de otros besos mejores. 

Monseñor Labial, recostado en la otomana ro- 
ja, seguía con su voz de violoncelo, bromeando con 
sus discípulos, recordando anécdotas picantes, o 
dulces minutos demasiado breves, cuya memoria, 
tenía el encanto obsesionante de un perfume de 
harén, mientras sus manos erráticas, acariciaban 
la piel dulce y, la cabellera abundosa, del discípulo 
preferido de aquella hora, y, sus labios se posaban 
sobre él, con una ternura sin palabras, fuerte co- 
mo el silencio ; 

poco a poco, los niños se declaraban fatigados, 
y, desaparecían por parejas hacia los dormitorios ; 

y, ese domingo, León Vives, aturdido por el vi- 
no, ensordecido por el gritar de sus pasiones bas- 
tardas, había quedado solo, al lado del Maestro, 
que íe acariciaba apasionadamente y, le besaba en 
los labios y en los ojos, mientras el fulgor de la tar- 

BT7ANCI0. — 7 



82 VAEGAS VILA 

de opulenta, llena de presentimientos estelares, in- 
vadía la estancia, con vaguedades de crepúsculo, y, 
la silueta de los árboles del jardín, se perfilaba en 
el fondo rojo de los cortinajes y las alfombras, como 
cadáveres de ahorcados, sobre un lago de sangre ; 

y, fatigado de tantas emociones, había reposa. 
do en el lecho de Narciso Labial, hasta hora tarda 
do la noche, en que regresó a su casa, rojos los 
ojos, por el llanto que había vertido haciendo tier- 
ros reproches a su Maestro, en el espanto de su 
virtud sorprendida y ultrajada ; tem'a la tristeza y 
la palidez de una rosa desflorada ; 

y, el fondo de su alma era alegre, alegre como 
en una hora de triunfo ; 

ya Narciso Labial, era suyo, por el dogal de la 
complicidad, que aprieta y estrangula; ya no lo 
soltaría ; 

y, la sangre le subía en enérgicas oleadas al ce- 
rebro, y, tendía y distendía las falanges de sus ma- 
nos fuertes, como si tuviese entre ellas la garganta 
de Monseñor Labial, dispuesto a no soltarla ya ; 

y, pensó dulcemente, tiernamente, en su gloria 
futura, y en todo lo que para la adquisición de esa 
gloria, podía valer un hombre como Narciso La- 
bial ; \ qué prodigioso instrumento sería este ser 
amable y plácido, en sus manos ávidas de Domi- 
nación ! ¡ qué caudal de Fuerza, le aportaría esta 
Debilidad !... los vicios y las anormalidades de es- 
ta sociedad decadente se cristalizaban en él, y, se lo 
ofrecían como un instrumento de su propio de- 
güello ; 

él, lo utilizaría ; 

una embriaguez divina, le subía al corazón y, a 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 83 

los labios, y lleno de una altanera esperanza, miró 
el gran cielo, infinito y alto como su orgullo, el 
cielo espléndido y mágico donde en las graves on- 
das azules, las estrellas semejaban pájaros crue- 
les, devorando el espacio en una divina calma de 
monotonía ; 

y, pensó que la Vida, era bella ; bella para los 
seres de Esfuerzo y de Voluntad ; que el derecho 
a la Vida, no se tiene, se conquista ; que la inflexi- 
ble ley de selección, elimina los débiles, los inca- 
paces ; que ser fuerte, es el primer deber, fuerte 
como la Vida ; la Vida, no tiene escrúpulos ; todo 
lo destruye para vencer ; así el Hombre, fuerte ; 

y, pensando en ello, sentía la Ambición, que S€ 
desbordaba como un gran río en el silencio de su 
alma ; de su alma altanera, pérfida y sensual, lle- 
na de sueños inconfesables. 



^ 



Y, así fué ; 

el amor y la protección apasionada de Monse- 
ñor Labial, le abrieron de par en par, las puertas 
de la sociedad aristocrática de la Capital ; 

las familias, aun las más orgullosas, lo admitie- 
ron con cariño, seducidas por esa dulzura angeli- 
cal, esa timidez atractiva, ese aire de inocencia cua- 
si infantil, esa amabilidad de novicio, obsequiosa y 
servil, que él sabía estremar a maravilla ; 

BU exagerado fervor religioso, que no admitía 
atenuaciones en las prácticas del culto ; su sed de 
proselitismo que exuberaba en su palabra, llena de 
unción y de fervor, le abrieron amplio campo, en 
aquel medio social, más imbécil que culpable, y la 
fama de su Virtud, como la de su talento, llenó 
pronto los salones y los hogares, desarmados ante 
tanta superchería, y ya vencidos por ella, y León 
Viv£s, fué como en el Seminario, el modelo ofreci- 
do a la admiración, y a la imitación de todos los 
jóvenes de su medio y, de su edad ; 



óQ VARGAS VILA 

su inscripción en las Matrículas de la Universi- 
dad Católica, a donde fué, llevado por Narciso La- 
bial en persona, y recomendado por carta espe- 
^cial del Arzobispo, que veía en él, una esperanza 
de la Iglesia y del Estado, según sus propias pa- 
labras, había sido de una amable solemnidad, no 
estilada con otros alumnos ; 

allí, se le conocía ya, jx)r sus vehementes ar- 
tículos, publicados en El Mensajero de la Virgen, 
el periodiquillo de su pueblo natal, y por su lucha 
encarnizada contra el Magisterio laico, encarna- 
do en la i^ersona de Lucio i'ica su ]Maestro, el pe- 
queño grande hombre, como lo llamaba despectiva- 
mente, fingiendo por su memoria, una ternura ale- 
vosa ; 

se le instó vivamente, para que colaborase en el 
Estandarte Religioso, periódico asalariado de la Cu- 
ria, y órgano de los estudiantes de aquella Univer- 
sidad ; 

no se hizo de rogar por ello ; y, bien pronto, sus 
artículos, de una elegancia principesca, de una 
perfidia sinuosa y, una acometividad casi mar- 
cial, lo señalaron, a la admiración de los ultramon- 
tanos, y, al odio de la juventud, liberal, que des- 
de otro periódico El Verbo Libre, órgano de la 
Universidad Republicana, fustigaba los monigotes 
del Estandarte ; 

ni amigos, ni enemigos, se engañaron ; todos 
vieron en él, al escritor de gran raza, cuyos pe- 
ríodos macizos llenos de una sabia perversidad, ple- 
tóricos de un clasicismo indigesto y ostentoso, de- 
nunciaban al gran arquero de mañana, cuya prosa 
sería terrible, cuando aligerada de tanto inútil or- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 87 

namento retórico, hecha más sutil, más elásti- 
ca por la diaria gimnasia del Espíritu, llegara a la 
plenitud de elegancia agresiva, y de certera acri- 
tud, que hace ese estilo con garras y con alas, que 
es propiedad exclusiva de los grandes libelistas ; 

la crítica se abatió sobre él, en un vuelo feroz ; 
el ridículo hizo presa del escritor novel ; y, el per- 
siflage le silbó en los oídos como la carcajada, ru- 
da y agresiva de un mozo de cordel ; 

sus contrarios, eran ricos en esta clase de argu- 
mentos ; su prosa sin refinamientos, de una bruta- 
lidad campesina, tenía la fuerza y el vigor de los 
¡üvenes leones ; 

prosa de una acometividad feroz, en cuya vulga- 
ridad despampanante, se mezclaba a torrentes, no 
la ironía, sino la burla, una burla implacable, que 
aplastaba, como el pie de un paquidermo, e irritaba, 
como la ponzoña de un áspid. 

León Vives, era más escritor ; sus adversarios, 
eran más periodistas ; 

éstos, lo bautizaron pronto, con el mismo apodo 
de la Pucelle, que sus compañeros de posada le ha- 
bían puesto, haciendo las más hirientes alusiones 
a las maneras claustrales y los aires de anfibio cle- 
rical, que caracterizaban a León ; 

éste, les contestó, con su altanería despectiva, y, 
una fría soberbia, llena de tácitos desprecios, pe- 
ro cuidando siempre de no extremar el dicterio, y 
sobre todo, de no personalizarlo, por miedo a los 
puños de sus contrarios, porque el miedo, era la 
raájg violenta pasión de su espíritu, pero un miedo 
raro, que consistía en una audacia inverosímil de 



88 VARGAS VIL A 

las ideas, y, un temor desconcertante de las res- 
ponsabilidades ; 

estas luchas, que él apellidaba desdeñosamente 
vahos del estercolero, agriaban su espíiitu, díscolo 
y puntilloso, sensible hasta el delirio a todo lo que 
hiriera su vanidad, pero no lograron apartarlo del 
comercio diario, con sus libros y con sus ideas ; 

tenía ese raro don, concedido sólo a las almas 
superiores, de poder aislarse mentalmente, en me- 
dio de la multitud de los otros espíritus ; 

cruelmente inquieto, devorado por una especie de 
fiebre interior, y un deseo frenético, de luchar y de 
vencer, se refugiaba en el estudio, como -en una 
soledad, donde fabricaba la base intelectual de su 
estabilidad mental, con un acopio de ideas, que do- 
minadas y adaptadas por su espíritu, habían de 
engrandecer enormemente su Yo, imperante, ava- 
ro de emociones espirituales, reacio a quedar iner- 
te en el torbellino de vida intelectual, que lo ro- 
deaba ; 

conocedor de almas, sabía ocultar la suya, en la 
torre inexpugnable de su egoísmo, un egoísmo 
amable, que se parecía a la timidez, y, era en el 
fondo, una asechanza ; 

se replegaba sobre su propio corazón, y, no daba 
de sí, sino la partícula que quería dar a los otros, 
más como una limosna, que como una ofrenda ; 

los grandes silencios letales de la ciudad, estan- 
cada y morbosa, silencios que hacían una como at- 
mósfera de doral, llena de peligros para la activi- 
dad mental, eran más bien un acicate para su in- 
moderado amor a las lecturas, y su infinita sed de 
perfección intelectual ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 89 

su alma sangrante de deseos, hallaba en estas 
horas de estudio, un lenitivo, y durante ellas, las 
velas de su ambición quedaban un momento iner- 
tes sobre el mástil enorme del Silencio ; pura ver- 
se vivir: 

y, era en esos momentos de ensimismamiento, 
lejos del tumulto de la vida ambiente, en plena 
posesión de su Yo, abierto como una flor, en los 
jardines de la Soledad, que él gozaba en estudiar 
y en estudiarse, en descubrirse a sí mismo, en ex- 
plorarse, con una energía extraña, y, una necesi- 
dad imperiosa de realizar el sabio precepto : 
Conócete a Ti Mismo ; 

conocerse a Sí Mismo, indagarse, valuarse, le- 
vantar la tabla comparativa de las aptitudes y de 
los valores, ver las corrientes ocultas de energías 
latentes que hay en el propio corazón, para luchai; 
contra las hostilidades crecientes de la Vida, y, 
las maquinaciones arteras, de' ese enemigo del 
Hombre, que es, el Hombre ; Homo homini lupus ; 

orientarse, dar un fundamento práctico a su ac- 
tividad mental, y un deiTotero fijo a sus energías 
morales ; no cristalizarse nunca en una acti- 
tud, sino ensayarse en todas aquellas que puedan 
convenir al plan ulterior sabiamente combina- 
do, y, pacientemente practicado, para dulcificar y 
dominar la Vida, haciendo de este erial, de cosas 
agresivas y feas, una pradera florecida, donde el 
Hombre vencedor de los Hombres, pueda expan- 
dirse en toda la fuerza de Su Felicidad, es decir, en 
la Apoteosis de su Yo ; era según él, la meta y el 
objeto de todo hombre superior ; 

vivir, es vencer, se repetía, y en sus largos soli- 



90 VAKGAS VILA 

loquios organizaba mentalmente sus batallas, que 
como una Vía Triunfal, debían llevarlo a la defini- 
tiva exaltación de su Yo ; 

y, mientras los otros dormían, él velaba, y, su 
lámpara era la última que se extinguía, cuando ya 
la luz del sol, asomaba pálidamente, tiñendo el 
azul diáfano, de un ligero resplandor bermejo, que 
se extendía como una caricia, sobre los techos ocres 
de la ciudad dormida ; 

la fecundidad de esos silencios, no hacía sino 
templarlo para la Vida, y, como sabía que el repo- 
so no es la atmósfera de los fuertes, se ensayaba 
en todos los temas de actividad, para aquilatar su 
energía, al ponerla en contacto con el inevitable 
escollo de los otros ; 

en su existencia íntima, seguía su regla de sole- 
dad inflexible ; 

pasar cerca del amor sin tocarlo; era su tona; 

de la 7niijer, el fruto, se decía, y nada más que 
el fruto ; 

la Amistad, que es acaso más fuerte que el Amor, 
porque es más pura, era desfallecimiento que no 
tocaba su corazón ; 

del amigo y de la vid, el jugo, se decía, en la 
eerie de proverbios que había hecho para su uso ; 

aquel que te sea más útil, ése es tu mejor amigo, 
y a esa máxima ajustaba el ritual de sus amistades, 
con desprendimientos altaneros, o con obsequiosi- 
dades serviles ; 

y fiel a esas máximas, eran los del círculo aris- 
tocrático de INIonseñor Labial, los amigos suyos que 
merecían sus mayores atenciones ; 

el fermento de su aima plebeya , se rebelaba con- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 9i 

tr.a ellos, y quería igualarlos, para dominarlos ; 

en poco tiempo se hizo un joven jasUionahle, 
en toda la extensión de la palabra ; 

hecho bello, de una belleza exótica y mística de 
novicio exclaustrado, llevando con una elegancia 
natural, no exenta de timidez, sus nuevos trajes 
de corte irreprochable, que la esplendidez de Nar- 
ciso Labial empezaba ya a pagar, pudo competir, 
si no en distinción, al menos en lujo, con sus nue- 
vos amigos, y, su gran talento de adaptación, lo 
hizo asmiilarse su lenguaje y actitudes, con una 
rapidez que tuvo mucho del prodigio ; 

habló el mismo argot aristocrático, esmaltado de 
galicismos y anghcismos, que era el de aquella ju- 
ventud dorada, amablemente nula : supo de jout- 
hall y de hase-haU, de coches y de caballos, apren- 
dió el lenguaje de las carreras y de las pistas, al 
igual de cualquier lacayo de cochería y, nada del 
Sport, le fué extraño ; 

como en aquel círculo de almas extraviadas, que 
la mano de la educación clerical, tenía en su puño 
de hierro, lejos de la vida sana y real, y de las 
grandes corrientes del amor, no se hablaba nunca 
de mujeres sino veladamente, y en el sentido es- 
piritual de los amores románticos, fué el confiden- 
te de muchos de aquellos corazones ya enfermos 
del mal inconsolable del Amor, del amor sentúnen- 
tal, que gangrena los espíritus e impide el desen- 
volvimiento armónico y rítmico del verdadero 
anctor, el cual no puede residir y, no reside, sino 
en el goce sagrado de la sexualidad ; 

una extraña sensación tuvo su alma, con esta 
visión del sentimentalismo, vista en las almas de 



92 VAEGAS VILA 

los otros ; y vio en ellas una selva inexplorada, pa- 
ra su corazón... 

¿cómo se podía amar así, fuera del grito ensor- 
decedor del amor, extendido sobre el lecho?... fue- 
ra de ese Amor, crucificado de deseos, y, traspa- 
sado por las flechas de los besos, ¿qué era ei 
amor?... un Deseo... un Deseo enorme, mórbido y 
delicado, como el morir de una tarde sobre los cie- 
los verdosos... 

i cómo esas almas eran diferentes del alma su- 
ya!... i extrañas y lejanas, como una estrella! 

y, he ahí que él no comprendía, a esas almas 
que le mostraban el espectáculo desgarrador de 
sus propias torturas ; 

porque aquellos niños sufrían, sufrían en su sim- 
plicidad dolorosa, que él no podía ni comprender, 
ni consolar ; 

y, en su espíritu pasaban y repasaban las for- 
mas de sus antiguos amores, las lejanas afeccio- 
nes que consolaron su adolescencia : Eosina, su 
prima, como una flor de ámbar, en la lejanía con- 
fusa, y la penunibra discreta del jardín crepus- 
cular ;... 

y, Victoria Pica, con sus cabellos en bandas la- 
minosas, cayéndole simétricamente sobre las me- 
jillas candidas, aureolando de un resplandor de ci- 
ma matinal la frente serena, y la pomposa majes- 
tad de los ojos, tenazment-e pensativos ; 

y, he ahí que él había amado a esas mujeres, 
con su temperamento excesivo de voluptuosidad, 
gozando de ellas, lo que para él, era todo su ser, el 
cuerpo ; sin preocuparse de sorprender o descifrar 



Lx\ CONQUISTA DE BIZAXCIO 93 

el secreto de sus almas, el abismo de Misterio que 
hay en lo desconocido de los seres ; 

el alma... ; bali ! ¿qué era el alma para él, para 
quien la Vida no era sino una sucesión de asimila- 
ciones y, desasimilaciones, un fenómeno de. Quí- 
mica orgánica? 

su imaginación, le representaba sin emoción nin- 
guna, la visión indecisa de los gestos de aquellos se- 
res, los besos de aquellos labios, como cosas ex- 
trañas, muy lejanas, perdidas en un pasado incal- 
culable... 

por un fenómeno que le era peculiar, se sentía 
aislado de aquellas cosas, roto con su pasado, ex- 
traño a fcu existencia anterior ; 

y, miraba esos dramas de su pasado, como co* 
sas materiales e inertes, que hubieran muerto, y, 
no le inspiraban ni la piedad siquiera de las cosas 
insepultas ; 

cuan distinta era su alma de la de esos adoles- 
centes, para quienes el amor sentimental, tenía 
el relieve y, la realidad de un hecho, y la sensación 
de una herida, que hacía sangrar sus corazones ; 

¡ cómo es miserable la vida del sentimiento ! , se 
decía, ¡ cómo es estéril ! no engendra sino cenizas 
en el abismo informe de nuestro corazón ; 

¿cómo arrodillarse ante otro ídolo, que no sea 
nuestro propio Yo, abriendo sus ojos resplande- 
cientes, en la grandeza infinita de la sombra? 

¿IxDr qué exponer nuestro corazón a la intem- 
perie que \'iene de lo desconocido de otras almas? 
¡ nijestro pobre corazón, lleno del deseo de vivir ! 
¿por qué le damos la Muerte a devorar? 

porqne eso, no más, es el Amor ; es la mentira 



94 VAEGAS VILA 

de la Vida ; es la Nada ; es la Nada que toma for- 
mas vivas para engañarnos ; 

¿por qué abrazarnos a la Muerte? amar la Muer- 
te es ya empezar a morir ; 

no hay vivo sino el Placer, ese que engendra y 
da la Vida ; el Placer, que está todo en las formas 
exteriores y tangibles del amor ; el amor que besa 
y que procrea, y que haciendo el gesto de perpetuar 
la Vida, vence a la ]Muerte, y, es superior al tiem- 
po y al espacio ; 

oyendo las confidencias de sus amigos, su vida 
interna se aceleraba en una sensación de superio- 
ridad, y sus ojos, se llenaban de la visión de su 
propio orgullo, sintiéndose extraño y, superior a 
esos seres, porque él, no sabía amar ; y, sólo el 
hombre que no ama, es el Hombre Libre sobre la 
tierra ; todo amor es una Esclavitud ; 

el sentimiento es una inferioridad, y viéndose li- 
bre de ella, sentía que un estremecimiento de mar 
le subía en ondas de soberbia al corazón y, una nu- 
be de efluvios interiores lo envolvía como en una 
atmósfera ; y, sentía crecer su corazón, su corazón 
inclemente y, duro ; duro y alto como un pico de 
roca, diseñado en el azul ; 

demasiado inteligente para hacer sentir su orgu- 
llo a los amigos que lo rodeaban, cuya amistad era 
una salvaguardia para su porvenir, era cerca de 
ellos, obsequioso, sumiso, de una amabilidad ser- 
vil, que lo hacía un camarada encantador, para 
aquellos jóvenes ligeros, insubstanciales, llenos de 
una vanidad pueril, y, de exóticos caprichos ; 

las almas se abrían bajo el encanto de su son- 



LA CONQUISTA DE BIZAXCIO 95 

risa, como cálices de flores al efluvio de un sol 
suave, en una mañana primaveral ; 

fué el consejero, y como el confesor laico de sus 
amigos, y por ellos supo los extraños secretos de 
aquellos hogares, que se entregaban abiertos y 
desarmados a su ojo inquisidor ; 

y, en un silencio recogido, agradecía a su Des- 
tino, esas cualidades interiores que había puesto 
en él, y lo hacían apto para el comando espiritual, 
para ser un jefe de almas, un Dominador, para 
cuya misión comenzaba ya a ensayarse, con su 
habitual agilidad de espíritu y la vivacidad ele- 
gante de su palabra, en el Cenáculo de Narciso 
Labial, en cuyo recinto, todos, desde el Maestro, 
hasta el último de sus discípulos, eran más que 
los cortesanos, los prisioneros de su Verbo ; 

sólo una alma había permanecido extraña a 
aquel contagio, y si no hostil, indiferente al me- 
nos, a aquella superioridad, aislada en un orgullo 
que era un desprecio, cerrada herméticamente a 
toda confidencia, ante aquella alma de buitre, lle- 
na de una voracidad brutal de los ajenos secretos ; 

esa alma, fué, la de Arcadio Méndez ; 

el extraño niño, voluntarioso y silencioso, te- 
nazmente viril, en el círculo de afeminaciones, vio- 
lentas que lo rodeaban, era un aislado, a quien 
todos, inclusive Monseñor Labial, hacían el ho- 
menaje de una escasa simpatía ; 

hijo de un prohombre liberal, de mucha nom- 
bradía, se hallaba en aquel colegio, porque su ma- 
dre,., una santa mujer, asustadiza y mediocre, hija 
de confesión de Monseñor Labial, y, muerta muy 
joven, lo había confiado a él, a la hora de la muer- 



96 VARGAS VIL A 

te, haciéndole jm-ar que lo educaría y, obteniendo 
del padre la promesa, de confiar el niño a su con- 
fesor, para librarlo así del peligro de ser entregado 
a los colegios laicos donde las doctrinas anticatóli- 
cas podrían contaminar su espíritu ; 

y, Arcadio, fué desde el primer día, una excep- 
ción, en la melosidad ambiente y acariciadora del 
colegio ; 

era como un cachorro de felino, ajeno a ciertas 
domesticaciones ; 

bastaba ver el azul obscuro de sus ojos, estria- 
dos de rayas negras, bajo el arco tupido de sus ce- 
jas espesas y unidas, en el pliegue imperioso de su 
frente, para adivinar en él, esa virtud de la Vo- 
luntad, que en el alma, del hombre verdadero, es 
más que un precepto, la forma exacta y rigurosa 
de toda su conducta ; 

prisionero en aquel medio de elegancias mórbi- 
das, y, de predilecciones equívocas, supo bien pron- 
to imponerse, por la tenacidad de sus rehusas, y 
la sequedad despectiva de sus gestos, a toda tenta- 
tiva de intimidades contaminosas, inclusive la de 
JNIonseñor Labial, por el cual ostentó siempre el 
más rigm'oso desprecio, a|>enas contenido por los 
respetos reglamentarios, de la buena educación ; 

no se dejó nunca mancillar por sus caricias ex- 
cesivas, y sin devolver el beso socrático de sus la- 
bios, no ocultó jamás la repugnancia que ese beso 
le inspiraba. 

Narciso Labial, hubiera hecho todo, por des- 
prenderse de él, pero la alta posición de su padre, 
y, el voto hecho a la madre muerta, lo detuvieron 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 97 

siempre, en vísperas de una expulsión, que hubie- 
ra deseado hacer sonora y solemne ; 

y, se resignó a guardarlo, con un temor secre- 
to por aquellos ojos que todo lo escrutaban y, aque- 
lla sonrisa irónica, que parecía mofarse de todo ; 

y, su táctica fué aislarlo, aislarlo de todos y de 
todo, porque no convenía que aquella boca, que per- 
manecía pura del beso socrático, hablara a los oídoa 
adolescentes, que habían sentido el terrible soplo 
de la pasión mortal, pasar en ellos, como un divi- 
no viento de locura ; 

y, para ello, regó las más absurdas leyendas, 
sobre su conducta, y sobre la depravación de sus 
costumbres ; y, contaba a los otros, bajo, muy ba- 
jo, cómo aquel adolescente apenas púber, frecuen- 
taba ya las casas de mujeres públicas, y, había ad- 
quirido en ellas, enfermedades que podían ser con- 
tagiosas ; y, todo eso lo decía paso, muy paso, en 
el mismo aire de Don Basilio, en El Barbero de 
Sevilla, alarmando con esto la ignorancia incauta 
de aquellos que él quería apartar del trato del re- 
belde ; 

y, con ese pretexto, temeroso de que fuese una 
centinela, demasiado alerta en los dormitorios, lo 
relegó a una pequeña habitación, al final de ellos, 
alegando que sus gestos y sus palabras eran de- 
masiado atrevidos para los ojos y los oídos, tan 
inocentes de sus compañeros ; 

éstos, lo tomaron pronto en más miedo que aver- 
sión, miedo que aumentaba la vivacidad del ca- 
rácter, y, la brutalidad agresiva de los puños de 
aquel enfant terrible, cuyo corazón era noble y 
fuerte, lleno de energías ascensionales, y, de ter- 

BIZANCIO, — 8 



98 VAKGAS VILA 

nuras secretas, que elaboraban en el secreto divi- 
nos sueños de amor, de una inmensidad difusa, 
como un cielo ; 

porque desde los doce años, Arcadio amaba, coa 
un amor absorbente y serio, como todas las cosas 
de su corazón, a Dora Folchi, la segunda hija del 
Ministro italiano en aquel país, y, en cuya intimi- 
dad había crecido, por ser contiguas las casas de 
las dos familias ; 

y, Dora lo había amado, con esa sinceridad lán- 
guida, con que el divino amor de la niñez da al 
sombrío corazón humano profundidades de cielo, 
en que el resplandor de un divino azul, hace azu- 
les las almas y las cosas ; y, es como una inmen- 
sidad, que corona otra inmensidad ; 

y, él, consolaba su orfandad, con esta limosna 
de su Destino, que si no era el Olvido de la ma- 
dre muerta, era como una divina transfiguración 
de ese infinito amor inolvidable ; 

y, aquel amor, que había balbuceado en su ni- 
ñez cosas tan tiernas, le decía en su adolescencia, 
ya avanzada, las mil palpitaciones armoniosas, que 
la pasión hace sentir, y, bajo las cuales tiembla 
dulcemente el corazón, envuelto en una como dul- 
zura blonda, dulzura de miel, suave como una ca- 
ricia de mil manos, tendidas hacia la desnudez de 
nuestro corazón ; 

y, como este amor absorbía su vida, era indife- 
rente, cuasi ciego, a la atmósfera de fría hostili- 
dad que lo envolvía en el colegio, como una vapo- 
rización de cosas bajas, que lo magnificaba a causa 
de su origen ; 

orgulloso, desdeñoso, voluntarioso, él paseaba su 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 99 

elegancia altanera, llena de cosas viriles, por el 
círculo afeminado de sus condiscípulos, no sin una 
gran piedad, por aquellas almas de niños, natural- 
mente buenas, que las debilidades maternales, en- 
tregaban a la deformación lenta de la educación 
clerical, cristalizada en las manos suaves y un- 
tuosas de Narciso Labial, en las cuales las más 
raras liviandades, se abrían con un perfume de 
flor; 

la soledad moral, es insoportable a esa edad de 
la vida, en que por ignorarla, sentimos la necesi- 
dad de otro corazón a quien decii" nuestras pala- 
bras, si es que no descubrimos ante él nuestros 
secretos, porque el silencio absoluto parece que 
anonada nuestros sueños y necesitamos hablar pa- 
ra constatar nuestra vida y revelarnos, y exteriori- 
zar nuestros gestos mentales, sin lo cual nuestra 
vida interior, nos parecería una cosa ínfima, olvi- 
dada, casi muerta ; 

la juventud ignora el misterio encantador de la 
Soledad y del Silencio, y, necesita el prestigio de 
las cosas exteriores para espandir en él el miraje 
de sus sueños, vagos e ilimitados, como el espacio ; 
la mentira de la Vida la rodea ; de la Vida, que es 
la Nada ; 

y, por eso, para huir de esa soledad Arcadio, 
tenía un amigo único : Juan Ulloa, un mozo cam- 
pesino, ya rayano en los veinte años, fornido co- 
mo un toro y tosco como una piedra, cuya figura 
y cuyos modales, desentonaban enormemente, en 
aquel círculo de elegancias melifluas y actitudes, 
refinadas que era el internado de Narciso Labial, 
y al cual, éste se había visto obligado a admitir 



100 VARGAS VILA 

y lo tenía allí, porque siendo hijo de la más anti- 
gua de las amas de llaves, y — sobrino ]3or consi- 
guiente — del Obispo de Palestro, que había sido, 
su protector, en días amargos, no podía recha- 
zarlo ; 

de una fealdad casi estorbosa y, de una rudeza 
primitiva desconcertante, Juan Ulloa, hubiera te- 
nido que sufrir mucho del espíritu cáustico y bur- 
lón de sus condiscípulos capitolinos, si sus puños 
de jayán, no los hubiera desde el principio puesto 
a raya, cuando casi desquijaró a uno, y estuvo a 
punto de saltarle un ojo a otro, en los primeros 
encuentros que tuvo que sostener para hacerse res- 
petar ; 

desde entonces se le temía como a una epide- 
mia, y, se le huía, como a tal ; pusiéronle por mote 
el Cólera, y, el miedo y el desdén, lo aislaron, co- 
mo si en realidad fuese el terrible azote. 

Arcadio Méndez, se rebeló contra este abando- 
no, y, se acercó a él, para consolarlo ; 

el corazón de un joven es ávido de afectos, ávi- 
do como la vida, encarnizada y mendiga, y, Juan 
Ulloa, se encariñó tan terriblemente a Arcadio, que 
fué algo como su sombra, perpetua y cariñosa ; 

la indeleble aristocracia de maneras, y la ele- 
gancia varonil, de Arcadio, no se creyeron man- 
cilladas, con pasear los domingos, por las calles de 
la Capital, con aquel estudiante burdo y campesi- 
no, a quien el uniforme del aristocrático Institu- 
to, contribuía a hacer aún más desairado y casi ri- 
dículo ; 

y, esos domingos, que eran los únicos días de 
salida ; esos domingos, que antes eran intermina- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 101 

bles, en la soledad y el abandono, los pasaba Juan 
ÜUoa al lado de su amigo, paseando por la ciudad, 
o refugiados en la casa de éste suntuosa y señorial, 
donde la sombra de la madre muerta, parecía ve- 
lar por el hogar abandonado, y extendía, una co- 
mo sombra de soledad, sobre las frentes pensati- 
vas de los huérfanos, especialmente de las tres ni- 
ñas, tres rosas de dolor y de belleza, sobre las cua- 
les el desamparo se extendía como un cielo, ese 
desamparo moral, vasto como el espacio, esa for- 
ma de la Muerte, que se Uama : la Orfandad ; por- 
que ser huérfano, es ya una forma triste de ser 
muerto ; 

y, en la soledad tan densa de esa casa, los dos 
jóvenes dialogaban, casi siempre en el cuarto de 
Arcadio, donde el retrato de la Madre, persistía 
en velar aún, con su mirada dolorosamente infi- 
nita, que parecía esparcir su espíritu, por todas 
partes, como un óbolo de su Misericordia, en aque- 
llos corazones sin calor, que estarían solos para 
toda la vida, solos a causa de su muerte. 

Arcadio, tenía el culto de su madre, que era para 
él, un goce íntimo, del cual aspiraba la grandeza y 
la bondad, en un infinito, que le llenaba el alma ; 

con una melancolía, superior a su edad, él, ha- 
blaba a Juan del amor de aquella muerta, que era 
todo su dolor, y del amor de la viva, que era toda 
su esperanza ; 

le hablaba de Dora ; 

y, el otro, lo escuchaba dulcemente, beatamen- 
te, con una especie de ilusión en la mirada, cual 
si por primera vez volviera sus ojos, hacia ese abis- 
mo de luz que es el corazón ; 



102 VAEGAS VILA 

y, lo oía, como en una adoración, cual si adora- 
se lo que aquél adoraba, y, el reflejo de los ídolos, 
tíñese dulcemente su alma, de una divina luz con- 
soladora ; 

mirar la ventm-a de aquellos que amamos, ea 
una suave manera de embriagarnos de esa dulce 
ventura que es la nuestra ; el abismo de nuestro 
corazón, no se colma, pero se ilumina, al ver re- 
flejarse en nuestra sombra, la aurora de otro co- 
razón ; y nuestras entrañas se estremecen ; por- 
que comprender el amor de los otros, es una íor- 
raa de sentirlo ; 

y, sentados, el uno al lado del otro, Juan oía de 
labios de su amigo, toda la historia de su amor can- 
dido y triste. Heno del fuego casto de una pasto- 
ral amorosa ; y, así supo, cómo se habían conoci- 
do niños, cómo se habían amado y se amaban aún, 
sin otra sombra, que una naciente oposición de la 
madre de ella, que por razones de familia, querría 
casar su hija, con un primo, recientemente venido 
como attaclié a la Embajada, y, al cual por mutuo 
convenio de familia, le estaba como prometida des- 
de la cuna ; 

pero, todo esto, era un humo de paja, que se di- 
sipaba ante la voluntad tenaz de la niña, que 
había declarado su intención resuelta, de no sacri- 
ficar a ese ridículo pacto familiar, su corazón ya 
decidido e irrevocablemente dado, al amor sin vio- 
lencias y sin tumultos que había llenado su niñez 
y, empezaba a llenar su adolescencia, embalsamán- 
dola con su perfume pasional, como un ramo de 
violetas, en esta blancm'a difusa de una cámara do 
virgen ; ^ 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 103 

el Embajador, apoyaba la actitud de su hija, 
ya por no violentar su corazón, ya porque hallaba 
un partido muy aceptable para ella, el de aquel jo- 
ven rico, sano, de una alta posición social, y lla- 
mado a un bello porvenir ; 

el primo, no era pues, un peligro, así lo decía 
riendo Arcadio, leyendo las últimas cartas de Dora, 
que no le llegaban sino los domingos, porque en 
el colegio le era prohibido recibirlas ; 

y, se embriagaba de la ventura de esas cartas, 
que eran como un diario de toda la semana, en el 
cual el alma exquisita y tierna de la joven, vertía 
el caudal de sus ternuras, las emociones delicadas 
de su espíritu, y, eran como una serie de estados 
de alma, una colección de paisajes psíquicos, 
desarrollados en el fondo de su ser moral, a la luz 
velada y ardiente del divino sol de su inocencia ; 

y, Arcadio, devoraba esas cartas, repitiendo los 
vocablos cariñosos, con una rara intensidad de fie- 
bre interior, agitado por ondas de sensibilidad, que 
lo hacían temblar como si tocaran todas las cuer- 
das ocultas de su organismo ; 

y, las leía a su amigo, que las oía extasiado, 
como si bañasen su alma, todos los esplendores 
de aquel amor, cuyas profundidades, veía sin com- 
prender, como veía el cielo y el espacio que lo ro- 
deaban sin revelarle la significación profunda de 
m ser ; 

y, alzaba su cabeza adoradora, en la luz patéti- 
ca y misteriosa de aquel grande amor que se mos- 
tráíba ante él, desnudo en la radiosa desnudez de 
las almas, que no tienen necesidad de ocultarse, 



104 VAKGAS VILA 

porque no han visto el Mal, alzarse del fondo de 
las profundidades, para devorar su corazón ; 

y, callaban a veces, como enfermos del mismo 
sueño, y, sus corazones latían al unísono, llenos 
de extraños estremecimientos, en una como tortu- 
ra lenta y suave, que los bacía quedar inertes, 
cual si la sangre se escapase gota a gota de sus 
corazones ; 

y miraban casi sin ver, el jardín, que se ex- 
tendía más allá de la ventana, en una calma reli- 
giosa, llena de cosas graves, dormido en su sole- 
dad odorante, en la austeridad pictural de sus sen- 
deros solitarios, sobre los cuales, parecía tender 
vuelos incidi'tos, el alma adolorida del paisaje ; 

libres de esas melancolías exquisitas, salían a las 
calles y, dábanse a vagar por ellas, como ebrios de 
luz y de libertad, orgullosos de su juventud sana y 
fuerte, pictóricos de vida, sintiendo bajo el gran 
sol radiante, el hervor de sus pasiones, recorrer su 
cuerpo todo, en una sinfonía de deseos ; 

y, eran entonces las oieadas ardientes, a las mu- 
jeres hermosas, que pasaban cerca de ellos, y, el 
chicoleo galante y, tímido, y, el irresistible im- 
pulso de la sangre joven, que los hacía deshzarse 
en ocasiones, hacia alguna casa hospitalaria, don- 
de apagaban la sed de sus pasiones, como dos toros 
jóvenes en el abrevadero plácido, a la hora del sol 
canicular ; 

a las cinco, que era la hora en que Arcadio iba 
a ver a Dora, Juan quedaba solo, de centinela en 
la esquina, esperando a su amigo, hasta que éste 
salía, y, regresaban al colegio, un poco tristes, co- 
mo apesarados de no ser libres, silenciosos, en la 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 105 

hora en que el crepúsculo empezaba a envolver la 
ciudad en uno como vapor ideal de mansedumbre ; 
y, la sombra de sus pensamientos, parecía dar a 
los cielos, como a sus almas, una mayor profun- 
didad ; 

y, entraban a esa soledad moral de los claustros 
escolares, como dos presidiarios después de una 
tentativa de fuga fracasada, apoyándose el uno en 
el otro, llenos de una invencible repugnancia por 
los seres y, las cosas que los rodeaban, y, sintién- 
dose en medio de ellos, solos, enormemente solos, 
aislados en el culto de sus pensamientos íntimos, 
en la hostilidad muda que los envolvía ; engrande- 
ciente y, agresiva como un desierto ; 

fué entonces que León Vives, llegó al colegio, 
y, quiso aproximarse a Arcadio Méndez, y entrar 
en su intimidad ; 

vano empeño de aquel pensamiento tenaz, dado 
a osarlo todo ; 

aquel niño, orgulloso y, viril, no se apercibió o 
fingió no apercibirse de aquel vuelo de cariños bas- 
tardos que querían entrar en su corazón, y, tuvo 
por ellos la indiferencia del cielo purísimo, por el 
vuelo de las alas torpes que se abren debajo de él ; 

y, cuando se apercibió, tuvo un placer brutal 
de rechazar aquella amistad advenediza que que- 
ría entrar en el santuario de sus secretos, y, sin- 
tió una aversión violenta, por aquel campesino in- 
truso y, zalamero, que buscaba el calor de su co- 
razón, con ondulaciones rastreras de reptil ; 

fué violento en su actitud, de una violencia in- 
sultante ; 

el orgullo de León Vives — un orgullo incon- 



i06 VAEGAS AaLA 

fesado, que nunca se revelaba, ni se rebelaba — , 
se empeñó más en el asalto de aquella intimidad 
rehusada ; 

y, fueron entonces las intrusiones lentas, y ama- 
bles, las obsequiosidades zalameras, las atencio- 
nes obstinadas y serviles y, todo el arsenal de me- 
dios posibles para el asalto de aquella fortaleza 
moral, cuyo hermetismo y cuya altura, lo sedu- 
cían como un imposible ; 

¡ vano intento ! 

esas afinidades electivas, que forman el fondo 
de toda amistad verdadera, no existían entre ellos ; 

el corazón, más que el cerebro de Arcadio, veía 
lo que de miserable y, de espantable había en ese 
estercolero luminoso que era el alma de León Vi- 
ves, y lo rehuía ; 

la entraña profetisa, el Mago de las voces inte- 
riores, le decía : «Guárdate de ese asalto ; no es la 
Soledad lo que espanta, es la compañía del hom- 
bre malo sobre la tierra ; huye de ella ; la soledad 
es virgen, y, ella purifica con su virginidad ; la 
amistad, la falsa amistad, es la gran prostituta, 
hecha a desflorar la candidez de los corazones ; ella 
tiene en sí el vértigo de todos los males ; la soledad 
es una cumbre y, tiene la pureza de todas las altu- 
ras ; pureza y luz ; la sociedad del Hombre, es e) 
peligro, y, la pendiente y el abismo:... guarda la 
soledad de tu corazón ; guárdalo para el Amor, que 
ya florece en él ; guarda tu huerto de ternuras ; 
huye al Tentador» ; 

y, oyendo la voz de su corazón, Arcadio, lo huía, 
no con temor, que es el gesto de las almas débi- 
les, sino con desdén, que es el estado natural de 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 107 

las almas fuertes ; y, como no s.abía vivir en la 
Mentira, lo rechazaba brutalmente, haciéndole 
sentir bien, que no existía entre ellos, esa atracción 
del ser al fondo de otro ser, que forma la amistad 
' de los corazones ; 

el hombre que lleva la Sinceridad en su cora- 
zón, €s como si hubiese robado una estrella : mori- 
rá de su tesoro ; porque la Sinceridad, es una de 
esas formas de Superioridad, que los hombres no 
perdonan ; 

la Sinceridad es una desnudez de alma, que 
deslumhra al mismo sol ; por la virtud de la Sin- 
ceridad, el corazón se cambia en astro ; y, tieno 
que sufrú- el odio de las orugas ; pero ; ¿ quién esca- 
pa a su Destino? ¿quién?... la Vida es una. intem- 
perie ; y, el único día feliz de la Vida, sería aquel 
en que no hubiéramos vivido ; 

el gesto luminoso de la Amistad, ese gesto que 
abraza y que confía, que hace a dos almas refugiar- 
se la una en la otra, apretadas y medrosas, como 
dos niños huérfanos a la sombra del mismo muro, 
viendo crecer la noche ; 

ese sentimiento tan dulce, tan silencioso, que 
hace temblar dos vidas con el mismo estremeci- 
miento, mezcladas la una a la otra en las dramáti- 
cas peripecias de una fraternidad sin nubes, y tie- 
ne la fuerza de apaciguar, y, hacer felices las ho- 
ras y los días ; 

ese gesto ascensional hacia todas las abnegacio- 
nes y, todos los sacrificios ; 

ese gran vuelo de todas las purezas tiernas y 
heroicas, no puede hacerse, en la niiserable som- 
bra de la Vida, sino entre dos almas gemelas ; he 



108 vAEGAS VILA 

ahí por qué la Amistad, es, más santa y más fuer- 
te que el Amor ; 

el Amor, es siempre un gesto de sexualidad, cual- 
quiera que sea la veste con que se le cubra ; y, la 
Amistad no tiene sexo ; es insexual, como un 
astro ; 

la pureza, es la negación del Amor ; Amor sin 
"el Deseo, no es el Amor ; 

la Amistad, es, un gran gesto de pureza, que 
tiene necesidad de afirmarse por el desinterés ; es 
la Gloria del corazón ; luminosa, como el Amor, 
pero sin la sola sombra de un Deseo ; 

el iVmor, cualquiera que sea el misterio de que 
se le revista, es el gesto de un cuerpo hacia otro 
cuerpo ; 

la Amistad, es el gesto de un alma hacia otra 
alma ; 

y, el gesto luminoso de la Amistad, necesita al- 
mas que sean iguales, para resplandecer en ellas, 
como un sueño que busca el alma de otro sueño 
para recorrer un cielo sembrado de estrellas ; he 
ahí por qué la Amistad, es más rara y, más fuerte 
que el Amor ; porque es más pura ; y, la pureza, 
forma la fuerza y la belleza del corazón, como la 
del diamante ; 

ese gesto de armonía completa de dos almas, no 
podía existir entre seres tan desemejantes, como 
Arcadio y León, dos almas antípodas, a quienes 
separaba todo el mundo moral del Sentimiento ; 

l^ero, León Vives, no se daba por vencido ante 
el desdén tenaz, de aquella alma viril y volunta- 
riosa, que se rehusaba obstinadamente, y, a veces 
con brutalidad ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 109 

y, el esfuerzo de su tenacidad, tuvo por mucho 
tierüpo los heroísmos propios del cariño ; 

y, no se fatigó, meses y meses de seguir a Ar- 
cadio, por doquiera, siempre y, a todas horas, en 
la clase, en la calle, en el recreo ; invitábalo a pa- 
seo, uníase a él en la calle, aguardábalo en balde 
los domingos ; en los almuerzos o los tes con que 
Monseñor Labial, obsequiaba a sus discípulos pre- 
feridos, no lo vio venir jamás ; y, habiéndole pre- 
guntado alguna vez a éste, el por qué, de esa au- 
sencia, le respondió con esa desconcertante since- 
ridad, que era un cinismo : 

— Ese, no es de los nuestros ; es un tonto... 

y, al oído le dijo, algo, que hizo grave al Maes- 
tro, y dejó extrañamente soñador a su discípulo ; 

su deseo de Amistad, se hizo aún más agudo, 
ante aquel joven, que al decir de su Maestro, ya 
conocía el Amor, y, lo practicaba, pese a las rigu- 
rosas prohibiciones del Cenáculo ; 

su psicólogo-manía, se hacía exasperante, ante 
el deseo de conocer aquella alma — tan exótica en 
ese medio — , el cual a pesar de sus complicidades, 
él ya empezaba a despreciar ; 

y, sentía, no ya el deseo, sino la necesidad de 
entrar en aquella alma, de hacerla suya, explorar- 
la, ix)seer sus secretos... 

así, no perdía ocasión de mezclarse a los círcu- 
los en que Arcadio conversaba, insistiendo siempre 
en tomar parte en esas conversaciones ; 

y, un día en que Ovidio de Rentería, con su 
atolondramiento habitual, hizo en un círculo de 
amigos, en que estaba Arcadio, alusión a los. amo- 



lio VAEGAS VILA 

res de éste, León Vives creyó llegada la ocasión 
para interveDir preguntándole : 

— ¿ Cómo se llama tu novia ? 

Arcadio, lo mii-ó fijamente y, con voz agresiva, 
le dijo : 

— Eso, ¿qué te importa a ti? ¿es que yo te he 
preguntado alguna vez, cómo se llamaba tu padre? 

Lfeón Vives, palideció bajo el insulto, y calló ; 

y, un rencor sordo se apoderó de su corazón : 
¡ah!, ¡conque ya sabían la obscuridad de su ori- 
gen !... y, ese rencor se tornó todo contra Arcadio 
Méndez, con una fuerza tan grande, como la de 
su pasión anterior por acercarse a él ; 

y, fué desde aquel día el ojo avizor de sus me- 
nores acciones, la voz acusadora y delatora, cerca 
de Narciso Labial, y, no se detuvo en nada para 
calumniar a aquel, que había proclamado su bas- 
tardía, en presencia de sus amigos ; 

la amargura de su alma le sugería las más atro- 
ces ideas ; y, eso duró por meses y meses ; esa 
tarea cobarde de su odio ; 

y, he ahí, que un domingo, habiendo seguido a 
Arcadio y a su amigo, los vio entrar en una casa, 
que él calculó ser una de lenocinio, y, habiendo 
averiguado que sí lo era, esperó a que saheran, 
oculto en una puerta vecina ; 

al salir, Arcadio, fué el primero en apercibh'lo, 
cuando trataba de evadirse, y, lo llamó. 

León se detuvo, páUdo de miedo, tendiendo sin 
embargo, sonriente, la mano a sus amigos : 

— Nos espiabas, ¿eh? — le dijo Arcadio — ; an- 
da a contar a Monseñor Labial, lo que has visto, 
anda, pero toma ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 111 

y, uniendo el gesto a la palabra, por dos veces le 
abofeteó la cara. 

León Vives, cayó al suelo, y, se levantó un mo- 
mento después, con el rostro ensangrentado. 

Arcadio, quiso repetir el golpe, pero Juan se lo 
impidió, llevándolo lejos ; 

aquella misma tarde, todo en lágrimas, León 
Vives, contó a Monseñor Labial, lo acontecido, 
añadiendo que no podría volver a su casa, Mien- 
tras Arcadio Méndez, estuviese en ella ; 

esto, era superior a las fuerzas del Prelado, que 
no se resignaba a esa ausencia, estando, como es- 
taba, en ese momento con respecto a León Vives, 
en uno de esos accesos de afección loca, que lo 
adherían terriblemente a sus discípulos ; 

esa noche al regreso de Arcadio, hubo una esce- 
na terrible entre los dos. 

Monseñor Labial reprochó a éste, su conducta 
en términos vehementes, y, cuando lo acusó de 
frecuentar las casas públicas, Arcadio le respondió : 

— Yo, no hago sino cambiar de lugar, porque, 
¿qué cosa es esto sino un lenocinio al revés? 

Narciso Labial, temblando de coraje, avanzó so- 
bre el joven para castigarlo ; 

éste retrocedió, y, tomando una gran regla de 
madera, que había sobre la mesa, se defendió con 
ella ; 

a las voces de Labial, acudieron sus discípulos, 
y. las gentes del servicio, que se interpusieron, evi- 
tando mayor escándalo : 

— A^ete de aquí, asesino, excomulgado, que has 
alzado la mano contra un sacerdote ; vete, yo 



112 VAEGAS VILA 

te expulso ; y, la Iglesia también te expulsa de su 
seno... — gritaba el Maestro ; 

y, diciendo esto, se echó a llorar, con un temblor 
de nervios, hasta caer en acceso histérico violento ; 

la noticia de la expulsión de x\rcadio Méndez, 
fué un gran escándalo, para aquel cú'culo de fa- 
milias adineradas y religiosas, donde Narciso La- 
bial, era como una especie de Papa, y su Interna- 
do, un lugar de exquisita distinción ; 

el padre de Arcadio, hombre serio y de intelecto, 
no tuvo ningún reproche para su hijo, y, antes bien, 
vio con gran placer, aquel acontecimiento que lo 
libertaba de seguir cumpliendo, el voto de una 
muerta, y, cuando escuchó la relación de lo que pa- 
saba en el internado, la rabia y, el desprecio se 
disputaron el imperio de su ánimo, y, laivo piedad, 
una gran piedad, por esa sociedad y ese país, don- 
de la educación clerical, envenenaba y agotaba la 
raza, en las más puras fuentes de la Vida ; 

pero, no pensó así la madre de Dora, que apro- 
vechando esta ocasión buena para sus planes, pro- 
hibió terminantemente a su hija, toda relación 
con aquel joven, cuyos vicios lo habían hecho ex- 
pulsar del mejor colegio de la Capital, y, que ha- 
bía osado alzar su mano sobre un sacerdote, y, 
estaba así bajo la doble excomunión de la socie- 
dad y de la Iglesia ; 

por mucho que fuese el pudor de la virgen, su 
instinto adivinó las causas de la expulsión, y, se 
sintió herida en su amor propio de mujer ; y, co- 
mo su religiosidad era aún mayor que su pudor, 
llegó a concebir un verdadero horror, por aquel 



LA CONQUISTA DE BIZAXCIO 1V^ 

cuya mano sacrilega, se había alzado contra un 
Ministro del Seiior. 

Monseñor Labial, temiendo las delaciones dei 
joven, que ya empezaban a trascender en público, 
trató de limar asperezas, negando haber sido agre- 
dido por su discípulo, pero, era tarde ; ya la ex- 
comunión social estaba dictada ; todos los padres 
de familia prohibieron a sus hijos, andar con aquel 
que era a sus ojos como un leproso moral, y, el 
saludo le fué negado aun por aquellos de sus con- 
discípulos que le eran más cercanos ; 

su padre, pensó en mandarlo a Europa, pero él, 
sin valor para separarse de aquella que era todo 
su amor, pidió una tregua, creyendo desarmar a 
aquella alma candida, a quien el fanatismo había 
ya inficionado con su virus de odio intransigente. 

Dora., fué inflexible, y el matrimonio, con su 
primo el attaché de la Embajada, fué pronto una 
cosa resuelta ; 

ante este naufragio absoluto de los más nobles 
sueños de su vida, Arcadio quedó como anonadado ; 

los ojos maternales, que lo miraban clementes 
desde el fondo del retrato, lo vieron largas noches 
insomne, sollozar amargamente ; 

y, en una tristeza sin acritud, escribió largas 
cartas a su Amada ; 

todas le fueron devueltas sin ser leídas ; 

y, entonces, sintiendo así marchitas todas las 
flores de sus sueños, desencantado en la precoci- 
dad de su corazón repleto de ternuras, lleno de lo- 
ca sílaxitudes y de un mudo horror a la Vida, pensó 
en la Muerte y, en su serena paz ; 

y, el mismo día, de los esponsales de Dora, al 

BIZANCIO. — 9 



114 VAEGAS VILA 

pie del retrato de su madre, se quitó la vida, en un 
esfuerzo heroico hacia el Olvido y, hacia la Nada ; 

la sociedad fué inflexible con el suicida ; 

pero, Narciso Labial fué generoso ; él, llevó a 
sus discípulos hasta el cementerio acompañando 
el cadáver ; y, allí en la última morada, León Vi- 
ves, fué encargado de decir el último adiós, a aquel 
que había sido el amigo y el compañeros de todos ; 

su emoción fué tan grande, que los suspiros y, 
las lágrimas ahogaban su voz ; y, mientras su co- 
razón cantaba un himno de alegría por la desapa- 
rición de aquel que lo había ultrajado, su voz tem- 
blaba, al decir a¡ adiós ! hermano mío»; y, sus 
ojos eran un río de llantos ; 

ese muerto era suyo ; él , lo había matado ; ¿ no 
era esa muerte una victoria suya? 



^ 



La delicada mano prelaticia de Monseñor La- 
bial, abriendo las puertas doradas de los grandes 
salones aristocráticos de la Capital, a León Vives, 
le había abierto por consiguiente, la primera de 
todas, la de la opulenta familia de los Kentería y, 
lo había introducido en el seno de ella, donde ha- 
bía conocido a la exquisita y triste INIagdalena 
de Eentería, la virgen epiléptica, que era como la 
flor enferma del agotamiento de una raza ; 

rubia y pálida, como una evocación osiánida ; 
con ojos azules, en cuya infinita transparencia, pa- 
recía divisarse ya el alba naciente de la Idiotia ; 
tarda en su desarrollo y en su palabra ; cuasi nula 
en su mentalidad, sobre la cual el terrible mal, ex- 
tendía ya sus sombras lejanas e intangibles, que 
el tiempo haría inexorablemente negras como la 
Noche ; y, sin embargo, dehciosa aún, en su deh- 
cadeza de arco-ii'is, en la nieve impoluta de sus 
quince años, en su suave florecer de lirio, como 
una flor fantasma, alzando su cáhz de nácar, so- 
bre una agua azul en soledad ; 



IIG V AEG AS VIL A 

el hombre práctico que había en él, se había 
despertado súbito ante aquella aparición, con el 
instinto del carnicero ante la presa ; 

aquella niña enferma, abúlica, cuyos ataques de 
epilepsia, la sumían horas enteras en convulsio- 
nes y, en letargos, destinada a un fin prematuro, 
adorada de su familia, nacida en alta alcurnia y 
heredera de millones, ¿no sería la mejor presa que 
el Destino, podía poner entre sus manos?... 

sí ; era su Destino, quien alzaba a la vera de su 
senda, aquella encantadora flor de neurosis, tan 
joven y tan pálida, inconsistente y fugitiva, como 
una visión de luna ; 

y, lentamente, cautamente se dio a cultivar su 
sueño, sembrando su imagen en el fondo de aque- 
lla í^ma enferma ; 

y, vio con placer, cómo a sus palabras, el Amor 
crecía como un pámpano cristalino, en la viña 
de aquella alma virgen, que temblaba en el estu- 
por inmenso de la Vida, ante la acre noche que 
la esperaba ; 

y, procedió arteramente, sigilosamente, celando 
a todos, aquella aventura de amor en la cual finca- 
ba todo su porvenir y su fortuna ; 

e impuso su voluntad y el silencio, a aquella ni- 
ña, débil como todo neurasténico, y que ya sufría 
su terrible influencia, con la mansedumbre de una 
hipnosis, y la resignación de un niño enfermo, que 
se duerme en las rodillas de la Muerte ; 

y mientras tanto, frecuentando esa sociedad, ad- 
mitido como familiar, en los grandes salones de 
la aristocracia, se ocupaba en estudiar de cerca el 
jardín de los privilegiados, el mundo de los arrivis- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO IIV 

tas, hechos amos por el poder del tiempo y el del 
oro ; 

y, veía allí, el ám-eo fulgor de los grandes ban- 
queros, los grandes plutócratas, los amos de las 
finanzas y del país, exuberantes en la ociosidad, 
felices en su grandeza de larvas financieras en 
aquella larva de República, raza agotada por el 
lujo y los placeres, que se expandía y se perpetua- 
ba penosamente, en una generación de amables 
cretinoides, con todos los estigmas de la degene- 
ración, pronta a desaparecer ante el advenimien- 
to y el empuje de razas más fuertes, surgidas del 
fondo del pueblo, o venidas de más allá del Sep- 
tentrión, empujadas por el huracán de la Con- 
quista ; 

y, los observaba con tenacidad, encariñándose e 
interesándose en el estudio de esas figuras, que ve- 
nían a enriquecer su Museo mental, y su caudal 
de observaciones, en relación a esa sociedad, re- 
presentante de un pasado obscuro, que él se em- 
peñaba en reconstruir, sobre esos especímenes so- 
brevivientes, de su vieja osatura ancestral ; y, te 
daba con placer, a ese cuvierismo sociológico, muy 
querido a la disciplina espiritual, en la cual se pre- 
paraba, para el sueño interior de su Dominación ; 

la ascensión armoniosa de su espíritu en tor- 
no de ese Enigma vivo, de ese algo indescifrable 
que es el Hombre, no se detenía allí sino que se 
ocupaba en verlo evolucionar, en ese otro medio 
social, en que sus reducidos recursos pecuniarios, 
lo obligaban a vivir : la posada de doña Casilda, 
que a cada mes y, a cada año, se poblaba de nue- 
vos moradores ; 



118 VAEGAS VILA 

allí continuaba en ver a sus anchas, producirse 
y, gesticular, el proletariado intelectual y políti- 
co, que subía rumorosamente como una marea, a 
veces taciturna, a veces tumultuosa, si un soplo 
de huracán pasaba sobre ella ; 

aquellos peregrinos de las provincias, llegados a 
la Capital con el deseo de conquistarla, tenían to- 
da la veriedad y, el multicromismo de las razas, 
que poblaban aquella Eepública versicolor y pin- 
toresca ; 

había negros enormes, venidos del litoral, her- 
cúleos e indolentes, con ademanes simiescos, y, 
gritos estrepitosos, labios desmesurados, y ojos 
tristes, llenos de una nostalgia de búfalos prisio- 
neros ; eran inteligentes, rumorosos, dispuestos a 
la elocuencia populachera, y a la versificación fá- 
cil y, quejumbrosa de las razas primitivas ; 

los había, indios, amarillos y taimados, con co- 
lor de \aejos ídolos de hueso, cabellos lacios, y, ojos 
casi oblicuos, de pura raza mongólica ; éstos, eran 
silenciosos, socarrones, dados a pocas palabras, co- 
mo si hablasen aún los dialectos monosilábicos de 
sus antecesores ; tenían gesto lento de raza escla- 
va, y bajo una aparente mansedumbre de rebaño, 
ocultaban el desmesurado orgullo, y la terrible du- 
plicidad, que son como los caracteres específicos 
de la raza ; 

los había mestizos, de español y, de indio, de la 
neta raza criolla, que poblaba casi todo el jmís, be- 
llos especímenes de moros, que se dirían aiTanca- 
düs a un lienzo de Doumier, con largas cabelle- 
ras onduladas y, feroces ojos de llamas, que pare- 
cían soñar aún, en el estupor de los mirajes orien- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 119 

tales ; figuras de guerreros mogravitas, o pajes jó- 
venes de la corte de un Sultán ; 

en algunos de ellos, en los cuales, el caudal de 
la raza conquistadora era más pura, había pei*files 
dignos del Greco, y, tipos nobles, que habrían es- 
tado bien en la Corte de un Felipe ; de ellos, unos 
y, otros, tenían gestos acentuados pero sin ímpetu, 
actitudes calmadas, y una cómica gravedad, raya- 
na en lo ridículo ; 

a sus ademanes pedjagógicos, unían una voz 
lenta de cátedra, con la cual querían imponer la 
autoridad de sus ideas, cual si el viejo ritmo de la 
sangre inquisidora, se agitase y subiese por sus ve- 
nas jóvenes, en un sordo tumulto de dominio : 

las discusiones en la mesa, que versaban todas 
sobre poKtica y filosofía, asumían a veces carac- 
teres amenazantes, y llegaban a un grado de tu- 
multo enloquecedor ; 

si en el círculo de Monseñor Labial, León Vi- 
ves, era escuchado con respeto, por su posesión del 
francés, del inglés y del latín, y su conocimiento 
de cosas eclesiásticas, en aquel otro círculo, era 
oído con interés, porque se le sabía paradójico y, 
mordaz, indagador y atrevido, lleno de un caudal 
de erudición no despreciable ; 

se le zahería rudamente, por su clericalismo mi- 
litante, se le burlaba siempre, se le apostrofaba de 
continuo, más que todo con el fin de hacerlo ha- 
blar, porque gozaban en escuchar sus paradojas, co- 
rrosivas como un ácido, sus apotegmas cortantes 
como una espada, su dogmatismo orgulloso, sus 
veredictos implacables sobre los hombres y, las 
cosas, dichos con esa voz opaca y rechinante al 



120 VAEGAS VILA 

propio tiempo, que producía la impresión de una 
lima rompiendo un metal precioso ; 

se le oía con placer, se le contradecía con vehe- 
mencia, y se le hacía enmudecer siempre bajo la 
mofa y, el sarcasmo ; 

las bm'las más crueles, le estaban siempre reser- 
vadas ; y, completamente engañados sobre el fon- 
do de aquella alma, inviolable y, taciturna, creían 
mortificar su espíritu religioso, diciendo delante de 
él, las más horribles blasfemias, y creían ajar su 
castidad, contando en su presencia, las más nau- 
seabundas escenas de la crápula ; 

y, él los oía, ora al parecer displicente, ora fin- 
giéndose enojado, pero gozando en el fondo, y des- 
preciando altanero, esas mentalidades que él veía 
tan inferiores a la suya, llenas de hábitos menta- 
les caídos en desuetud, fieles a modos y estilos filo- 
sóficos, poco menos que abolidos, y, creyéndole 
sin embargo innovadoras, trascendentales, y, lla- 
madas a hacer una Revolución, con hombres, con 
métodos, y, con ideas, ya entradas en decrepitud ; 

¿qué podían ser, qué podían significar, ante sus 
ojos de águila, hechos a dominar los horizontes de 
la Historia, y, remontar la corriente obscura del 
río vertiginoso de los tiempos, esos núcleos de 
hombres, que aspiraban a regenerar una sociedad, 
y, seguían creyendo en Dios, en la Familia, en el 
Estado, en todas las formas de la Esclavitud, que 
hacía tanto tiempo él había abolido ya de su ce- 
rebro ?. . . 

y, gozaba en anotar la multiplicidad de esos fe- 
nómenos, y, en constatar la autenticidad de esos 
datos, sobre el enorme documento humano, que asi 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 121 

se exhibía a sus ojos, en sus constantes saltos de 
simio, empeñado en creerse dios ; 

y, quedaba a veces inmóvil, pensativo, ante ese 
obscuro miraje del corazón humano, tan voluble, 
tan frágil, y, tan ruin ; 

y callaba, y, parecía no tener ya palabras, co- 
mo si sintiese la inanidad de las cosas dichas, como 
la inanidad de esa cosa inconsistente, enloquecida 
de Esperanza y de Imposible, que es la Vida ; 

y, al verlo silencioso, sus contrincantes, lo creían 
vencido, y reían de él. 

—Habla, Juana de Arco, habla — le gritaban. 

—Habla... 

— Virgo fidelis... 

— Virgo veneranda... 

— Predica... — le decían. 

—Virgo prcedicandfl, Virgo ftcEdicanda — le 
gritaban en coro ; 

y, él reía, reía sin cólera, en un sincero gesto de 
desdén ; era una risa que desbordaba, como la baba 
que se escapa de la boca de una víbora ; 

pero ¡ ay ! la leyenda de esa virginidad se había 
roto estrepitosamente, en un tumulto de jocundia, 
una mañana luminosa, en que uno de los estudian- 
tes teniendo necesidad de un libro, entró a la ha- 
bitación de León, para pedírselo ; 

contra su costumbre, porque era un madruga- 
dor, León, dormía a pierna suelta, y a su lado, 
medio desnuda, la más joven sirvienta de la ca- 
sa dormía también ; 

lái luz del alba, caía sobre sus cuerpos ágiles y 
robustos, cuasi desnudos, en la actitud de un ven- 
cimiento glorioso, envolviéndolos en la túnica trans- 



122 VARGAS VILA 

párente de sus rayos, que n:iás servía a denunciar- 
los que a cubrirlos ; 

el estudiante, salió sigiloso, en puntas de pies, 
y, fué a avisar a sus compañeros ; 

bien pronto, éstos estuvieron levantados y, acu- 
dieron gozosos, ansiosos del espectáculo (^ue les 
esperaba ; 

entraron todos, sin ser sentidos, y, rodearon el 
lecho ; 

uno de ellos, dando una recia palmada, en las 
asentaderas, descubiertas de la criada, le gritó : 

— ¡ Álzate, Narcisa ! 

— i Levántate, Monseñora! 

y, mientras, con grandes risotadas, todos ha- 
cían coro a la sangrienta alusión, otro haciendo 
igual caricia, en idéntica parte, a León Vives, le 
decían : 

— Juana de Arco, empuña tu estandarte. 

— Álzate, ex Virgo Lifidelis ; 

y, arrojaban sobre el lecho, todos los azahares, 
de que habían despojado en un minuto, los árbo- 
les del jardín ; 

los dos dormidores, abrieron los ojos asustados ; 

la sirvienta ocultó el rostro entre las manos y 
se puso a llorar. 

León Vives, se tiró del lecho, y, recibió impa- 
sible, el baño de agua fría, que sus amigos le pro- 
pinaban, gritándole : 

— ¡ Purifícate, purifícate ! 

- — ; Virgo PrcEdicanda ! 

—¡Virgo Ve7ieranda !... 

— Ora Pro Nohis... 

—Ya no hay cielo — decía otro falsificando el 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 123 

texto, mientras la maritornes escapaba, ante la 
ducha fría, y otra de algo menos puro que se le 
echaba encima ; 

había en esa manifestación, mucho de gozo y 
muclio de despecho ; de gozo, porque la caída de 
León Vives, los satisfacía enormemente ; de des- 
pecho, porque todos ellos, habían, en vano reque- 
rido de amores, a esa niña campesina, de poco 
llegada a la casa, que había permanecido hasta 
entonces, sorda a todo requerimiento de Amor ; 

¿cómo León Vives, que no la hablaba nunca, y, 
parecía no verla siquiera, había logrado tan com- 
pleto triunfo? 

ignoraban que mientras ellos, íbanse de noche 
a picos pardos, en aventuras equívocas, León, per- 
manecía en casa para rezar el rosario con la Se- 
ñora, jugar una partida de cartas, y andarse al 
lecho temprano, según era su hacer habitual ; 

y, en este rezar de los rosarios, y decir de las 
letanías, entre un misterio gozoso y otro doloroso, 
8US manos no andaban quietas, y apurruñaban por 
aquí y, pellizcaban por allá, no dejando la camán- 
dula de la una mano, sino para hacer con la otra, 
esas silenciosas manifestaciones de su piedad ; 

doña Casilda, que aun no era vieja, jamona bien 
conservada y apetitosa, más que rica de carnes, 
exuberante de ellas, coloridas las mejillas y opu- 
lentos los cabellos, era con sus cuarenta años ya 
sonados, aún tentadora y apetito&a, sobre todo 
para el gusto joven, que ama estas frutas ya ma- 
du^s, fáciles de devorar, y jugosas de habilida- 
des j, pericias, y había sentido la mirada untuo- 
sa de León, implorarla entre prez y prez, con un 



124 VAKGAS VILA 

aei'áíico arrobo, y alguna vez eu sus rotundidades, 
la mano tentadora, sin protesta ; 

estos rezos y estos tocamientos se hicieron ha- 
bituales, y, entre novena y novena, baraja y ba- 
raja, pedaleos bajo la mesa, y, una que otra copi- 
11a antes del sueño, la intimidad se había esta- 
blecido, la jamona se había incendiado, y León, 
huyendo hoy, aproximándose mañana, entre teme- 
roso y audaz, se liabía dejado seducir, y una no- 
che había caído en el lecho y, en los brazos de su 
patrona, no sin llorar al despertarse, por aquel 
pecado que le arrebataba con su flor natural, to- 
das las probabilidades de gozar el Paraíso ; 

la Señora, lo consoló lo mejor posible, me- 
joró en mucho sus alimentos, le hizo cocina espe- 
cial, y, fué .una querida maternal llena de pre- 
venciones y cuidados. 

León, se hacía de rogar, siempre por motivos 
de conciencia, para satisfacer los ardores, ahora 
más despiertos de la viuda, pero, accedía al fin, no 
sin hacerle serias consideraciones sobre los ho- 
rrores del pecado y, las necesidades de la en- 
mienda ; 

y, ya iban muchos meses transcurridos de esta 
ligazón, cuando estalló el escándalo de la criada, 
aquella mañana fría, en que los dos amantes fue- 
ron bañados y burlados tan estrepitosamente. 

León resistió impávido, el chaparrón de aguas 
y de burlas, y, habiendo logrado medio vestirse, 
decía a sus compañeros... 

— Siempre me habéis inspirado mucho despre- 
cio, y, ahora venís a confirmarlo; ¿qué me criti- 
cáis haber hecho lo que vosotros no sois capaces 



LA CONQUISTA DE BIZAXCIO 1-25 

de hacer;... vosotros, sois los teóricos del Amor; 
tenéis el sexo, en la boca. 

— ¿Es una alusión a Narciso Labial? — inte- 
rrumpió uno. 

— Envidioso — dijo León Vives, desdeñosamen- 
te, y sus labios se distendieron en el más ultrajan- 
te gesto, que quiso ser una sonrisa. 

— ¡ Viva Hermafrodita 1 — gritó uno. 

— ¿Vitoreas tu raza? — le dijo León — ; se ve 
que tienes antecesores en la Mitología, pero, todo 
degenera hasta el atavismo ; hoy, tus parientes no 
se llaman así... 

gravemente, solemnemente, como para anona- 
darlo, un estudiante de Medicina, ya casi Médi- 
co, que ocultaba su nulidad, bajo unas barbas ca- 
puchinas, y, unos lentes impenetrables, mugió : 

— Estamos convencidos, que tú no respetas 
sexo... 

— Tú lo dices — le respondió León Vives, fría- 
mente, pero no con la mansedumbre, con que el 
Cristo dijo esas palabras, y añadió luego, con un 
cinismo glacial, que quiso hacer gozoso. 

— ¿Es una delación? ¡ qué indiscreto ! ; hubieras 
debido guardar mejor nuestro secreto ; yo me de- 
claro culpable de un delito contra la Estética, pe- 
ro, viéndote esas barbas, yo pido que se me de- 
clare Héroe — ; y, rompió en una carcajada es- 
tridente ; 

ante el ultraje sangriento y calumnioso, tan fir- 
mejy, desvergonzadamente hecho, el hosco cacho- 
rro de Galeno, se puso fuera de sí, erizándosele bar- 
ba, y melena, gruñó un insulto feroz, y, aferrando 
un largo bastón, se abalanzó sobre León ; 



126 VAEGAS VILA 

los amigos, a quienes comenzaba ya a divertir 
aquel pugilato de palabras, hq interpusieron, y, 
se armó con ese motivo, un verdadero Cafarnaum, 
cuyo vocerío se escuchaba hasta en la calle ; 

doña Casilda, que estaba en misa, regresaba en 
aquel instante, y, asustada ante los grupos de gen- 
te, parados en el portón y al pie de las ventanas, 
temiendo alguna desgracia, entró precipitada, has- 
ta el aposento donde los estudiantes pugnaban por 
arrancar a León, de manos del jMédico, que al 
fin había logrado asirlo por el cuello, y, amagaba 
estrangularlo ; 

la Señora se interpuso entre ellos, y, logró li- 
bertar a León, y calmar un tanto los excitados 
ánimos ; 

cuando quedaron solos, la Señora, miró fijamen- 
te al culpable ; 

de aquél se desprendía, tal aire de abatimiento, 
que daba pena verlo ; 

cruzaba las manos sobre el pecho, y los ojos, te- 
nazmente fijos en el suelo, húmedos de lágrimas, 
que hacían aún más triste, el gris autumnal de 
sus pupilas, así como un cielo del cual hubiese llo- 
vido mucho ; 

su actitud lamentable, era como para desarmar 
cualquier corazón, que no fuese el de una mujer 
celosa ; 

doña Casilda, se había dejado caer sobre el so- 
fá, y permanecía inmóvil, cual si hubiese perdido 
la noción de todo movimiento, pero, en el colori- 
do vivo de su rostro, en el resplandor de sus ojos 
fosforescentes, y en el temblor vibrante de sus la- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 127 

bios, que se rebelaban al silencio, se veía bien la 
tormenta de su vida interior, pronta a estallar ; 

ella, también lloraba, pero sus lágrimas atesti- 
guaban toda la energía expresiva de su rencor ; 

en los amores, desprovistos de todo valor espi- 
ritual, no es la tristeza, sino la cólera, la que do- 
mina, en la hora de las grandes crisis ; es el ser in- 
ferior, el que se revela, airado sobre las ruinas de 
la sexualidad ; 

ese ser fatal de pasión y de Muerte, que es la 
mujer, esa rica fuente de lujurias y, de dolores, 
que es su cuerpo, se veía en toda su miserable des- 
nudez moral, en aquella querida ya madura, ávi- 
da de caricias, ahora celosa y, entristecida ante, 
aquel ser joven e imberbe que había devorado con 
sus besos : 

— Mírame, mírame, si te atreves — dijo al fin 
ella, con una voz que estrangulaban los sollozos. 

— ¿Por qué no? — murmuró él, levantando sus 
ojos candidos para mirarla fijamente, con la tris- 
teza miedosa, de un niño castigado, que tiende los 
brazos al cuello de la madre ; 

aquella mirada, precipitó el río de los reproches, 
en la boca de doña Casilda, y se escaparon en vi- 
braciones violentas, en las crispaciones móviles de 
la cólera desbordante. 

León, seguía todos esos actos, todas esas pala- 
bras, en la actitud desolada de un reo, que ve ges- 
ticular a un Juez ; 

doña Casilda furiosa le gritaba: 

— Explícate, defiéndete... 

^¿ De qué ? 



128 VARGAS VIL A 

— De lo que has hecho ; de lo que acaho de 
saber... 

— ¡ Ah ! ¿tú también me calumnias? ¿tú tam- 
bién crees...? ¿quién entonces, me protegerá con- 
tra mis enemigos? ¡ estoy, solo ! ¡ estoy solo ! i Dios 
mío! — gimió León en tal acento de desolación 
que ultrapasaba el eco de todos los dolores... 

y, como si hubiese sido tomado de un terror ins- 
tintivo ante sus enemigos, hechos visibles, conti- 
nuaba en gemir : 

—¿Tú también? ¿tú también?; — y, lo decía 
con una vivacidad nerviosa, que se esforzaba en 
hacer patética ; 

la viuda, lo miró en el rostro, como desconcer- 
tada ante aquella actitud, con ese mirar inquieto 
y, tierno a la vez, de los seres que no piden sino 
ser convencidos, y con esa voz, infantil y ceceante, 
que las mujeres maduras, usan con sus amantes 
jóvenes, y que las hace tan lamentablemente ri- 
diculas, continuaba en gemir, muy paso : 

— ¡ Ingrato ! ¡ Ingrato ! 

y, a través de sus lágrimas, fingiendo no verlo, 
devoraba al joven, con una de esas miradas vora- 
ces, que son coino una larga caricia, furiosa y cen- 
tuplicada ; 

él, previéndola vencida, se inclinó hacia ella, do- 
bló una rodilla en tierra, tomó una de sus manos 
que aun eran bellas, y yacían inertes como dos 
rosas tristes, abandonadas sobre la negrura del tra- 
je, y la besó suavemente, lentamente, en un lar- 
go beso ultrasensible, paseando sus labios, llenos 
de fluido carnal, a lo largo de los brazos desnudos, 
hasta el codo, apoyando la boca dulcemente, te- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 129 

naz mente, cual si lamiese la forma esbelta de las 
venas azulosas, mientras con su otra mano inquie- 
ta y nerviosa, acariciaba los senos protuberantes, 
hasta hacerlos saltar fuera, rotos los ag rafes del 
corsé ; y, se prendió a uno de ellos, como un ma- 
mantón hambriento... 

doña Casilda había cerrado los ojos, temblaba 
bajo las caricias, ahogada en los estremecimientos 
de una ^voluptuosidad insaciable. 

León, que como todo casuista y teólogo, conocía 
bien el animal Hembra, y sabía del solo poder que 
lo doma, ascendió en la vagancia de sus labios ha- 
cia el cuello fuerte y carnoso que martirizó suave- 
mente, y pasó su lengua felina por los lóbulos ro- 
jos de las orejas, y por la nuca, hasta perderse en 
las profundidades selváticas de los cabellos perfu- 
iTiados... 

y, después, con la precipitación y, el encarni- 
zamiento de una ave carnicera, se abalanzó sobre 
los labios, y, se los besó vorazmente, furiosamen- 
te, mordiéndoselos con furia... 

y, la poseyó, con una violencia animal, en una 
crisis de lujuria exasperada, que venía de lo más 
profundo de su ser... 

la viuda no se defendía, y ella también, loca de 
caricias, besaba la cabeza pálida, que la emoción, 
hacía aún más bella, y, los candidos ojos menti- 
rosos, que aun en aquel instante tenían una vaga 
expresión de castidad ; y, sollozaba delirante, ebria 
de aquel amor, que la hacía tan felizmente vil ; 

la/magia del placer, que doma todas las muje- 
res, domó a doña Casilda, que vuelta en sí. ya no 
hizo ningún reproche ; 

BIZAXCIÜ. — 10 



130 VARGAS VILA 

entonces, él, le contó cómo había sido víctima de 
una conjura de los estudiantes, que habían sobor- 
nado a la criada, para que se pasase desnuda, des- 
de el lecho de uno de ellos, en donde había pasado 
la noche, al lecho de él, que estaba dormido, y, 
que había dejado su puerta sin cerrar, inocente de 
lo que se maquinaba contra su reputación ; y, era 
asi como habían entrado luego, y hecho aquel es- 
cándalo sólo para deshom'arlo, para perderlo, para 
aiTuinarlo moralmente... 

ahora, ya no podía quedar en esa casa, en po- 
der de sus enemigos, expuesto a sus ultrajes ; con 
la muerte en el alma, él se iría de allí, buscaría otra 
casa más seria... 

a la sola idea de la separación, dona Casilda tem- 
bló ; ¿irse él? ¿abandonarla? ¿a dónde iría el 
querido niño, en esa ciudad llena de tentaciones? 
¿a dónde? ah, no; eso no ; primero pondría en la 
calle, esa ralea de estudiantes ; primero se arrui- 
naría ; 

y, lo abrazaba, diciéndole cosas apasionadas, 
temblando todavía, bajo la impresión de las cari- 
cias recibidas. 

León, la agradecía, con una pálida sonrisa so- 
bre la boca fatigada, pero callaba, sin retirar su 
amenaza de partir ; 

ese silencio, exaltaba a la viuda, que en su fan- 
tasía se veía ya abandonada, sin aquél acre e in- 
tenso placer animal, de devorar a un joven, que es 
el miás bello sueño de las mujeres, en el tramonto 
de la edad ; 

y, abrazándolo con violencia, besándolo con ter- 
nura, como para aiTancarle dulcemente de los la- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 131 

bios la raíz de la promesa, le imploraba para que 
no partiera. 

LeÓDj se dejó convencer al fin, y, convino en 
quedarse, pero a condición, que inmediatamente se 
despidiera la criada cómplice, se pusiera en la 
puerta al Médico barbudo que quería matarlo,, 
se le cambiase la habitación, por otra más reserva- 
da, y se le sirviesen aparte sus comidas ; él, no 
quería nada con los estudiantes ; 

doña Casilda, no se lo hizo decir dos veces ; 

antes del anochecer, la sirvienta había sido des- 
pedida, al Médico, puesto a la puerta de la calle 
por doña Casilda misma, que tomó en esa ocasión, 
actitudes de fiera ; León, que guardaba cama, por 
miedo al Médico, fué trasladado a una habitación 
cerca de la Señora, y, que hasta entonces había 
sido salón, y se resolvió que tomaría sus alimen- 
tos, con la patrona misma, para evitar escenas en 
la mesa ; 

el concubinato, se hizo así, aun más estrecho, 
pero siempre oculto tenazmente por la insupera- 
ble habilidad de León, que por nada abdicaba la 
aureola seductriz de su Virtud, pues fué inflexible 
en asegurar ante todos, que el asunto de la sir- 
vienta, había sido organizado por sus enemigos pa- 
ra perderlo ; y, en cuanto a sus relaciones con la 
patrona de casa, las negaba ostensiblemente : 

— ^Yo soy católico' — decía él, a los que lo bromea- 
ban acerca del cariño extremado con que lo distin- 
guíanla señora — ; soy católico de cerebro y de cora- 
zón ,•" mi catolicismo, no es, como en muchos, un 
gesto externo, que tiene más de hábito que de 
creencia ; no, en mí, es una convicción interior, 



132 VARGAS VILA 

honda y profunda, la Eeligión, es en mí un sen- 
timiento y, un pensamiento a la vez : ocupa todo 
mi Yo ; soy, un ser religioso por temperamento, de 
ahí mi castidad que vosotros insultáis como un vi- 
cio ; en mí, todo es religioso, hasta el sexo, nada 
hay más racional que mi continencia ; y, nada me- 
nos violento ; mi sexo razona, como el de San Je- 
rónimo, como el de San Agustín, como el de todos 
los grandes convertidos de la Historia, pero, más 
feliz que ellos, yo, he razonado antes de pecar, 
como San Luis Gonzaga, como San Alfonso de Li- 
gorio, como San Francisco de x\sís ; la Castidad, 
es, el verdadero estado natural ; por eso se nace, 
Virgen ; el Vicio, es una Violencia ; la Iglesia al 
ordenar el Matrimonio, no hizo sino someterse a 
la Ley Humana, organizando ese gran Dolor, 
que es el Amor ; permanecer casto, no es sólo un 
Deber, es un Placer ; el Orgullo de haber venci- 
do lo más miserable que tenemos : eso es la Cas- 
tidad... ¿cómo creéis que con esas ideas, iría yo a 
cometer el pecado que me inventáis? ¿cómo creéis 
que yo, que preservo mis labios, del contacto de los 
de otras mujeres jóvenes y bellas, iría a darlos al 
amor de esta buena y, respetable Señora, que me 
ama como una madre? sí, porque ella suple en este 
mundo, a mi noble y, santa madre, que Dios ten- 
ga en su gloria ; 

y, una lágrima perlaba casi siempre sus ojos al 
final de este discurso ; 

además, decía con cierta unción, en la voz y, en 
los modales, que hacía aparecer en él, ese aspecto 
sacerdotal, que no le abandonó nunca : 

— ¿No veis cómo yo, me acerco al Santo Tiibu- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 133 

nal de la Penitencia, y, a la Sagrada Mesa Euca- 
rística, todos los domingos? ¿cómo podría hacerlo, 
si viviera en el estado de pecado en que vosotros 
me creéis? Dios, no me lo perdonaría... 

— Ni Monseñor Labial, tampoco — dijo alguno 
en una ocasión : 

— Cállate, cállate, desgraciado, no profanéis ese 
nombre, es el de un Santo... el Demonio mueve 
la lengua de la Calumnia, pero Dios la corta... 

y alzaba la mano y los ojos hacia el cielo, en la 
actitud inspirada y, resuelta, de un joven Misio- 
nero, pronto a ser devorado por los salvajes ; 

estos discursos, no convencían a nadie, y, en 
cuanto a los estudiantes, éstos continuaban en sus 
chacotas estrepitosas, firmes en la creencia de que 
León, mezclaba amablemente el amor divino y, el 
amor humano, devorando por igual, las hostias y, 
la manzana del Paraíso, entregándose por las no- 
ches a otros brazos que no eran los del Ángel de su 
Guarda, a otros éxtasis, que no eran del todo mís- 
ticos, y, a otras beatitudes y aun actitudes, que 
no tenían nada de metafísicas ; 

y, bromeaban de lo lindo a Fray Casildo y, la 
monseñora, como llamaban ahora a la feliz pareja. 

León Vives, vivía temblando, de que esas calum- 
nias, como las llamaba él, llegasen un día a oídos 
de Narciso Labial, y despertando sus celos, perju- 
dicasen, el otro extraño lado de su doble idilio ; 

y, así, no dejaba de amenazar a doña Casilda, 
habitándole de la necesidad de cambiarse a otra 
casa' más seria, donde no hubiese estudiantes, o 
entrar como interno a un Seminario, o a casa de 
Monseñor Labial ; 



134 VAEGAS VILA 

doña Casilda, aterrada -poT estas insinuaciones, 
resohdó cortar por lo sano, y, fué despidiendo, uno 
a uno, los traviesos estudiantes, substituyéndolos 
por sacerdotes residentes en la Ciudad, o de paso 
por ella, curas que venían a hacer oposiciones, y, 
algunos seminaristas externos, aspirantes a la ton- 
sura ; 

bien pronto, todo se transformó en la fonda an- 
tes alegre y rumorosa, ahora hecha quieta y man- 
sa, llena de calmas lagunares ; 

al antiguo ruido estudiantil, sucedió el silencio 
claustral ; por aquellos corredores, antes llenos de 
risas y, de bromas, ahora silentes, plenos de gra- 
vedad, ya no se veían las figuras pintorescas y ju- 
veniles, repitiendo alto sus lecciones, sino forman 
negras y austeras, musitando los rezos del Bre- 
viario ; 

los muros del comedor, antes desnudos, o sólo 
adornados de cromos llamativos y amables, y, aho- 
ra recién blanqueados, y llenos de estampas reli- 
giosas, presididas por un retrato del Papa, no es- 
cucharon ya las acres y rumorosas polémicas, que 
enantes, llenaban los espacios con sus voces asor- 
dadoras, sino que sólo oyeron el cauto parlotear de 
los presbíteros, en torno siempre a temas religio- 
sos, o a los recientes hechos políticos ; 

érase uno como Seminario, de cuyo refectorio, 
lleno de forzados o aparentes mutismos escolares, 
no estaba ausente el diario hablar de la política, y, 
el violento encariñarse a ella ; sólo que, de aque- 
llos labios, como quemados por una fiebre oculta, 
apretados, como para evitar la explosión de sor- 
das cóleras, las palabras salían cautas y, como en- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 135 

cadenadas, llenas de una intensa pasión misterio- 
sa, que se diría subterránea — lava voraz, en las 
obscuras venazones de aquellas almas vesúbicas — , 
pero no por insonoros, carecían de acritud el pen- 
isa miento, y, de vehemencia la frase, que antea 
bien teníanla como triplicada, en la agudeza en- 
venenada del concepto, y la pérfida insinuación, 
llena de cosas ocultas, tenebrosas se dirían, tene- 
brosas como el Mal ; 

y, en aquel círculo, todo eclesiástico, todo pia- 
doso, lleno de pasiones recónditas, y odios de una 
violencia inconfesable, León Vives, era como un 
oi'áculo, cuya superioridad inaccesible, y cuyos de- 
cires pitagóricos, eran aceptados sin vacilaciones 
y, sin distingos, por aquella turba de almas, lle- 
nas de ese instinto gregario, que hace por igual, loa 
rebaños y los pueblos, los creyentes y los esclavos ; 

y, cual si fuese la inñuencia de un planeta, su- 
frían ellos, la de aquel, que sabía entenebrecer sus 
frases lo bastante para darles un remoto sabor me- 
tafísico, querido a su alma nocturna, y que era co- 
mo la floración tenebrosa de un jardín envenena- 
do, y sabía esparcirla sobre la sombra de sus pro- 
pias almas, con una gracia maléfica, que tenía el 
raro poder de un encantamiento ; 

sugestivo y vehemente, rico de la enorme aglo- 
meración de CMDsas superiores de que había pobla- 
do su espíritu, sabiendo dar a sus frases la exac- 
titud y, el relieve de las cosas vivas y palpables, 
sin quitarles por eso, aquella vii'tud del Misterio, 
qué envuelve los hombres y las cosas superiores, 
como una atmósfera aislatriz y engrandeciente que 



136 VAKGAS VILA 

los prolonga cual en un espejo infinito, con tocias 
las seducciones del sueño y del miraje ; 

pleno de aquella combustión interior, siempre 
latente en los que han pensado mucho ; sabiendo 
de la ciencia exquisita, de convertir en imágenes 
sonoras, las visiones interiores de su espíritu, dán- 
doles el sello de su estilo personal, cual si grabase 
en monedas su propio Genio, imponiéndoles su efi- 
gie, porque tenía esas dos virtudes mentales inhe- 
rentes a los espíritus superiores ; era imaginífico y, 
personal ; dotes sin las cuales, no se podrá nunca 
ser un Poeta sobre la Tierra , ni tener la vasta altu- 
ra, y, la grandiosidad clamorosa del Genio ; 

no que León Vives, fuese elocuente, en el sen- 
tido estrictamente oratorio, de la palabra ; no ; le 
faltaban la armonía de la voz y, la amplitud pano- 
rámica del gesto ; sus medios de expresión ,, eran 
sensiblemente inferiores, al poder colosal de su 
concepción ; 

sus gestos interiores, no encontraban la mane- 
ra adecuada de traducirse, de revelarse, en un ges- 
to exterior de Belleza, unísono a la vasta fulgura- 
ción de su espíritu, que a pesar de su exaltación 
luminosa había de quedar a veces incomprendido, 
por deficiencia de aquel órgano admirable de trans- 
figuración, que es la Palabra ; 

pero, si no era hecho para la conquista del Triun- 
fo impertérrito de las multitudes ; si como toda na- 
turaleza superior, como todo espíritu seleccionado, 
en quien el pensamiento sobrepasa la sensibilidad 
hasta hacerla inexistente, se había orientado direc- 
tamente hacia la soledad mental, como único te- 
rreno apropiado para hacer evolucionar y, engran- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 137 

decerse, las fuerzas desproporcionadas de su In- 
telecto, subiendo diariamente de nivel, y tenía co- 
mo todos los solitarios mentales, el horror a las 
multitudes y, el desdén intuitivo de domarlas, por 
la palabra dicha, sino por el acre y soberano poder 
de la palabra escrita, no carecía por eso de las for- 
mas adecuadas de persuasión y, aun de seducción 
de los espíritus, sino que las tenía, pero para las 
almas apasionadas y meditativas, en el atractivo 
opaco, de una alocución fácil, sin sonoridades, en 
la acritud elegante de sus metáforas refinadas, que 
tenían como el perfume de una exquisitez princi- 
pesca, en sus sentencias paradójicas, llenas siem- 
pre de una enorme cantidad de pensamiento, que 
las hacía un tanto obscuras, pero ricas de esa te- 
nebrosa belleza, que se difunde en el pensamiento 
del Hombre, cuando toca con sus alas, las cimas 
irreveladas del INIisterio ; 

pero, el prestigio peculiar, insuperable, de su 
frase hablada, como de su frase escrita, estaba en 
la mordacidad corrosiva de ella, en el ácido letal 
que destilaba, por entre la escultura sin pompa de 
su estilo ; todas ellas se dirían grabadas al agua 
fuerte ; otras se dirían vaporizaciones de vitriolo, 
sobre las carnes desnudas ; otras, arabescos dibu- 
jados al hierro rojo, en los bordes de una herida ; 
cauterizaciones artísticas de un refinamiento lleno 
de lentitudes asesinas ; otras, como enormes rosas 
fúlgidas, dibujadas por un pirósofo paciente, so 
bre yn campo de azur, en un milagro de sabia pi- 
rografía ; 

latinista consumado, sabio en la ciencia del epi- 
grama antiguo, laboraba con primor exquisito es- 



138 VAEGAS VILA 

tos terribles dardos del espíritu, llenos los suyos, 
de una sutil ironía, refinada y cruel, que los ha- 
cía desesperantes ; 

era JMaestro en sentencias, no carentes de es- 
plendor, y llenas de vitalidad en su forma lapida- 
ria, esa forma tan querida a los pensadores fuer- 
tes, que desdeñan en sus obras, los brocados opu- 
lentos de la Ketórica Oratoria ; 

su persiflage, o mejor dicho, su dicacidad, fría a 
implacable, que se podría decir profesional, por- 
que era un gesto invariable de su espíritu, siempre 
tenso en la más acre ironía, perjudicaba las otras 
dotes más altas y bellas de su espíritu, pero lo ha- 
cía insuperable como polemista y, como dialécti- 
co, lleno de lucidez calculadora y, de una fría agre- 
sividad de esgrimidor ; 

era un dicaz elegante, lejos de toda vulgaridad 
y. sus caricaturas verbales, daban la impresión, de 
dibujos al diágrafo, llenos de una implacable pre- 
cisión : 

todas esas condiciones que lo habían hecho el co- 
laborador insuperable de los mejores diarios cató- 
licos del país, y, comenzaban a crearle una real 
nombradía, entre la clientela piadosa de aquellos 
periódicos, y, el público clerical de la Eepúbhca, 
eran más que suficientes, para hacerlo, el oráculo 
mental indiscutido, en la obscura coterie de los 
tonsurados de doña Casilda ; 

y, León, que veía bien, entre esos levitas semi- 
beocios, los futuros graneros de su gloria, y, los 
factores de su popularidad, en los días no muy re- 
motos, en que se lanzara a la política y, fuera ¡Dor 
los campos electorales, en cosecha de votos, ponía 



LA CONQUISTA DE BTZANCIO 139 

gran cuidado en cultivar esa admiración naciente, 
con aquella su decisión fría y calculadora, llena de 
buen sentido, que ponía en todas sus cosas ; 

y, como comenzaba ya a madurar el plan de la 
creación de un periódico suyo, exclusivamente su- 
yo, que fuese la palanca del clericalismo del país, 
a cuyo esfuerzo había de engrandecerse, se esme- 
raba en la diaria exposición de sus fórmulas po- 
líticas, del más intolerante ultramontanismo ; 

y, era de ver la atención enternecida, cuasi ex- 
tática, de aquellas almas opacas, sin otra luz que 
el sol absurdo de la Fe, ante esas metáforas vehe- 
mentes contra el espíritu del siglo, despectivamen- 
te tratado de semisabio ; 

las sonoras tiradas contra la ignorancia preten- 
ciosa y, la perversidad oculta de las doctrinas ra- 
cionaUstas y, los escasos hombres que las susten- 
taban ; 

la necesidad de imponer y, revivir el muerto es- 
plendor de la Fe, olvidada y profanada por el es- 
fuerzo de los Enemigos de Dios, refugiados en las 
sentinas inundadas de la Filosofía materialista, la 
Literatura realista y, la Política anarquista ; 

la necesidad imperativa de volver la vista y, en- 
derezar el rumbo hacia el Pasado, después del fra- 
caso estrepitoso de la falsa Libertad, la falsa Cien- 
cia, el mentido Progreso, que habían hecho todos, 
quiebra fraudulenta, arrastrando los pueblos en su 
ruina, por el satánico deseo de buscar la Libertad, 
la ,í!iencia y la Ventura, fuera de la fuente inicial 
de todas ellas, que está en la Iglesia Católica... 
¿cuándo se convencería la petulancia de los hom- 
bres, de que en este Mar de la Incertidumbre que 



140 VAEGAS A^ILA 

es la Vida, fuera de la barca de San Pedro, no se 
halla sino el naufragio? no hay más estrella que 
la estrella de Belén, y, ésa está en el Pasado ; hay 
que remar hacia Occidente, es allí que está la luz, 
la verdadera luz, que nunca muere... 

esta balumba desatentada de anatemas y, de la- 
mentaciones, era como un Evangelio nuevo, fres- 
co y florecido, para los intonsos corifeos, que lo 
escuchaban, los cuales, disponiendo a su vez de 
un rebaño de almas semejantes sembrarían en ellas, 
con amor, un día, el virus de esas ideas, que ha- 
bían de envenenar un pueblo todo, el cual, idioti- 
zado por la Fe, no sabría hallar nunca el camino 
de la Libertad, y castigado por la Tiranía, no sa- 
bría huir de ella, sino para caer entontecido, en 
brazos de la Conquista ; 

si bien era cierto que, con las prédicas de León 
Vives, y, la transformación conventual de la po- 
sada, la clientela había cambiado, también fué 
cierto, que esa clientela requería mayores gastos, 
y, una suma mayor de comodidades ; 

y, de ahí, los afanes económicos de doña Ca- 
silda, que hubo de agotar en esta mutación, sus 
muy escasos ahorros, y comprometer su viudedad 
de Capitana, que era magra ; 

pero, no bastaron esos sacrificios, y León Vives, 
que a ellos la empujaba, vino entonces, arteramen- 
te en su ayuda, pidiendo para ello dinero a Mon- 
señor Labial ; 

una y dos veces la sirvió, y a la tercera, fingien- 
do grandes inconvenientes para el exiguo emprés- 
tito, hízose hi])ot€car los muebles nuevos y, los en- 
seres todos de la casa, bajo el pretexto de salva- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 141 

guardarlos del prestamista que lo había servido ; 

y, para vigilar la administración e inversión de 
los fondos, en cuya consecución estaba empeñada 
su firma, al decir de él, llevó por sí mismo la Con- 
tabilidad, que antes no la había, hizo y recibió los 
pagos, y asumió la administración de la casa, en la 
cual, la pobre señora, que hasta entonces había si- 
do dueña, no aparecía ahora sino cual una encar- 
gada, para librarla, decía León Vives, de la cre- 
ciente ola de los acreedores ; 

la venda del Amor que cegaba a doña Casilda no 
le dejaba ver el precipicio ; 

el Amor posee el don divino de engañarnos, por- 
que el Amor es una ceguedad ; 

y, esa ceguedad tiene dentro de sí, tal riqueza 
de paisajes interiores, que es superior a toda con- 
templación ; 

mejor, diríase, que es un deslumbramiento, y el 
alma, herida de atonía parcial, no tiene ojos, sino 
para la Adoración ; 

las almas que ven de cerca el Amor, como las 
pupilas que ven de cerca el sol, quedan momentá- 
neamente ciegas... 

así, ella no veía nada, no podía ver nada, en ese 
deseo de las caricias, que era su vida toda, sino 
la figura blanca y dulce de León Vives, como el 
astro de su Destino, brillando en algo más profun- 
do que la Noche : sa propio Corazón. 



♦ 



Como todo tipo de Hombre Superior, de Hom- 
bre Fuerte, colocado por la sola razón de serlo, 
fuera de los límites convencionales de la Ética, en 
esa zona sin fronteras, donde el Bien y el Mal, no 
son ya sino deliminaciones imaginarias de un es- 
pacio libre, León Vives, sobrecargado de su sola 
fuerza, no viendo en todo sino una refracción, cons- 
ciente de ella, iba derecho hacia su Destino, a la 
perfección de su estado material y mental , a la con- 
quista de su triunfo personal, con esa audacia fría, 
que es en los grandes criminales, algo como la em-, 
briaguez de su propia fuerza ; eso que han llama- 
do los hombres Genio, cuando ha estado en ma- 
nos de la Victoria, como en Napoleón ; o Crimen, 
cuando ha sido vencido, como en Catilina ; 

todos los caminos y, todos los medios, eran bue- 
nos,;>para su alma sin impedimentos, que había ya 
vadeado y dejado atrás el río estorboso del Es- 
crúpulo ; 

la vía amplia, y el ataio, la puente, como el 



144 VAEGAS VILA 

meandro, todos eran caminos abiertos al andar 
desbocado de su Ambición, que como suya, era una 
pasión tenaz, que no reconocía otro obstáculo que 
la jMuerte ; 

y, esa ambición, se condensó pronto en una so- 
la, que las subordinaba todas : la de un matrimo- 
nio de conveniencia, que dándole riqueza perso- 
nal, le diese su independencia, redimiéndolo del 
proletariado intelectual, que es el castigo del Or- 
gullo y la ergástula del Genio ; su fórmula, era la 
de Swift : Kiqueza, es Libertad ; 

y, para ser rico, él había puesto ya sus ojos, en 
Magdalena de Kentería ; 

sus asiduidades de lacayo, desarmaban toda sos- 
pecha, en la familia candida y, acaudalada, que le 
había abierto las puertas de su hogar y, lo sentaba 
con frecuencia a su mesa ; 

doña Beatriz de Rentería, vieja señora marisa- 
bidilla y bachillera, llena de una lectura deplorable, 
toda hecha de Eucologios y Hagiografías, con una 
mezcla irreverente de novelas sentimentales, era ei 
tipo perfecto de lo que llamaban dama cultivada, 
en aquel lugar del mundo, de cuyo nombre, como 
de aquel otro de la Mancha, mejor es no acor- 
darse ; 

novenas, sí que sabía, y, las Visitas del Santí- 
simo, decíalas de memoria sin trascuerdo ; del Co- 
razón de Jesús, cuanto se ha escrito ; íbase por el 
Almanaque, biografía en mano, relatando sin de- 
tenerse, todo el Año Cristiano ; de la Perfecta Ca- 
sada, hablaba con dilección ; Fabiola le era muy 
querida ; y descendía mansamente por el río de s;; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 145 

ignorancia, hasta Pérez Escrich y, doña Liaría del 
Pilar Sinués de Marco... 

con este bagaje literario, que no habría fatigado 
los lomos de una liebre, se creía en mucho supe- 
rior a su marido, y, se empinaba quince codos so- 
bre el nivel mental de aquellos que la rodeaban ; 

de ahí que en aquella Bcocia, deliciosa y leja- 
na, conversar con doña Beatriz, era un privilegio 
muy disputado y, por ende concedido a muy raroa 
mortales. 

León Vives, clavó su ojo frío de anatomista, so- 
bre aquel zancarrón macilento, lleno de desplan- 
tes y figuras exóticas, capaces de hacer reír a un 
avaro que acabase de ser robado ; 

sabiendo que adular la debilidad de las criatu- 
ras, es la manera mejor de dominarlas, hízose el 
cortesano del talento, de doña Beatriz y, su pro- 
pagandista entusiasmado ; 

fingíase extático cuando peroraba la vieja, con 
voz de títere, sobre la última prédica del Padre 
Ben'inches, o el último milagro del Bienaventu- 
rado San Casiano ; hacíale corro y reclutábale ad- 
miradores ; 

traíale Eevistas piadosas, y, toda clase de pe- 
riodiquillos y aun de anuncios que se rozasen por 
cualquier modo, con cosas de clerecía ; poníala la 
primera, cuando de citar había, las damas de socie- 
dad, en alguna crónica del Estandarte ; 

impulsábala a hacer versos deplorables, que lue- 
go é\, corregía, hasta dejarlos como nuevos, y, no 
sólo aceptables, sino estimables, y, como éstos eran 
siempre disparados contra un Cristo inofensivo, o 
una cualquiera Virgen milagrosa, colgábase de la 

BIZANCIO. — 11 



146 VARGAS VILA 

ocasión el zarandilla, para compararla con Santa 
Teresa de Jesús, y, decirla superior a Sor Juana 
de la Cruz, en achaques de inspiración y misti- 
cismo ; 

regodeábase la vieja en aquellos decires lauda- 
torios, y, momentos hubo, en que regurgitando de 
gratitud, hubiese querido abrazar, y, aun ir a ma- 
yores, en cariños, con aquel mozalbete pegajoso, 
que así cosquilleaba su vanidad ; 

pero, deteníanla, la seria continencia, y el seráfi- 
co aspecto de León Vives, con su aire misticón, 
de novicio ; 

y, decíase para sí, como repetían todas las ma- 
dres y aun las niñas, de aquel grupo social : es un 
Santo; 

de tal manera preocupábase del albor de esa vir- 
tud, que cuando los domingos, en la hora del co- 
mer, al cual León, era casi siempre un invitado, 
el Señor de Rentería, viejo corrompido y am.able, 
dado a echar por igual, regüeldos y chascarrillos, 
se extralimitaba en alguno, subiéndolo de color, 
doña Beatriz, no se inquietaba por los castos oídos 
de Magdalena, que alelada y, semitonta apenas si 
comprendía, y, menos por los de Ovidio, de cuya 
castidad asendereada, ella ya tenía noticias, por 
las quejas de algunas sirvientas lesionadas, pero 
cuidábase de León, que sabía había comulgado 
aquella mañana, y, preocupábase, de las alarma? 
que sufrir pudiera aquella alma tan pura, orienta- 
da tenazmente hacia la Castidad, como hacia una 
estrella ; 

y, hacía entonces señas a su marido, y le mos- 
traba a León, que inmóvil, en su palidez cuasi 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 14') 

cristalina, alzaba los grandes ojos vagos, hacia el 
techo, permaneciendo absorto en contemplar lar. 
luces del gas, cual si escrutase los misterios de la 
lampadomancia ; 

todos reían, sólo él permanecía serio, serio y 
triste, como si huyendo todo contacto con el am- 
biente espiritual, que lo rodeaba, se refugiase den- 
tro de sí mismo, como para escuchar las músicas 
interiores de su pensamiento, solo en el refugio 
de su propia alma ; 

se diría que sufría la tortura, tal era la expre- 
sión desolada de su rostro, los labios pálidos con- 
traídos y, las manos exangües, cruzadas sobre el 
pecho ; 

el Señor de Kentería, urgido por las miradas ful- 
gurantes de su mujer, concluía bien o mal, el chis- 
te, y mortificado por aquella insinuación, decía : 

— Ahora, que hable el Señor Vives. 

— ¿Qué quiere usted que yo diga? — murmura- 
ba éste, humildemente, como si volviese de un 
sueño, los ojos y, la frente bañados de un mismo 
resplandor de limpidez. 

— Cuéntenos la Vida de un Santo, uno de esos 
cuentos, que hacen llorar a mi mujer. 

— Las Vidas de los Santos, no son cuentos, son 
Historias — decía con voz recia doña Beatriz, que 
empezaba súbito a tornarse en basilisco. 

— Lo mismo da, que nos cuente una de esas his- 
torias, para convertirnos ; 

palidecido aún más, bajo la sátira, los ojos tris- 
tísimos, cual si todas las partículas de su alma 
llorasen en ellos, con la mirada a la vez suplican- 
te y, tímida, y los brazos cruzados sobre el pecho, 



148 VAEGAS VILA 

como si fuesen dos pobres alas, sin fuerza, León 
decía, con esa voz sin entonaciones de alguien que 
quiere ser perdonado : 

— Hoy no, otro día ; 

y, la conversación seguía su curso, atropellada 
y difusa, como si todos tuviesen igual empeño 
en apartar del joven teólogo, ese cáliz de acíbar, 
que el escepticismo del dueño de la casa ofrecía a 
sus labios apostólicos ; 

las niñas mismas, las jóvenes casaderas, guar- 
daban en su conversación, cuando estaban cerca 
de él, especialmente si del iVmor se trataba, cier- 
ta reserva, como si hablasen delante de un sacer- 
dote, porque para ellas, eso era León Vives, un 
joven monje, iluminado y, casto, de cuya boca do 
Arcángel, caería mañana la Verdad sobre el 
mundo ; 

todas lo creían destinado al sacerdocio, y, segu- 
ras estaban de que tarde o temprano vestiría los 
hábitos talares. 

■ — Parecerá un San Luis Gonzaga. 

— O, un San x\lfonso. 

— Yo quisiera que se hiciese dominico, así se pa- 
recería a San Vicente Ferrer... 

— ¡ Y, qué predicador ! 

— Un i>ico de oro. 

— Como confesor... ¡ hum ! dejará mucho que 
desear. 

—¿Por qué? 

— Porque no conoce el mundo. 

— Habría ciertos pecados... que lo harían en- 
rojecer. 

— ¿Cómo decírselos? 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 149 

— De cualquiera manera, porque no los com- 
prendería. 

■ — Es verdad. 

— Es un Santo. 

— Un Santo... 

y, quedaban silenciosas, pensativas en aquella 
virginidad, que conmovía tan profundamente la 
suya... 

y, toda la vibración de la Naturaleza, parecía 
converger bacia aquellos cuerpos nubiles, donde el 
torrente del deseo palpitaba con todas sus fuerzas 
salvajes, con la violencia de las cosas naturales, 
que saben ser eternas... 

y, los labios se hacían resecos, por la sagrada 
fiebre, y, los ojos soñadores se hacían enormes, 
dentro los cercos violáceos ; 

y, los erectos senos se estremecían como las 
aguas enfiebradas de un pantano, sobre el cual pa- 
sa un viento mortal ; 

nuestra vida, nuestra pobre vida, no es sino eso : 
la eterna mendicidad de una caricia... 



Mas, cuando se sentían libres de la presencia 
de León, entonces comenzaba el charlotear en- 
cantador, en aquella pajarera humana ; 

del flirt, se hablaba, del flirt y sus consecuencias, 
auri las más graves, y, como pájaros, felices de ten- 
der sus alas al sol, ellas tendían las alas de la ma- 
ledicencia, en todas direcciones, libres ya de la 
presencia obsesionante de la Pucelle, como llama- 



LoO VAEGAS VILA 

ban a hurtadillas a León, dando curso en sociedad, 
a aquel mote, puéstole por sus adversarios en los 
debates de la prensa ; 

algunas, las más serias, protestaban contra el 
sarcástico epíteto, y otras con un mohín gracio- 
so, reían, pero todas decían en coro : 

— Pobrecito ; es un Santo ; 

y, lo decían sinceramente, esos bellos retoños 
parlantes, de aquella sociedad tradicionalista y bár- 
bara, enamorada de la Fuerza y de la Hipocresía, 
y, hecha en virtud de sus atavismos de tribu, a 
adorar al Caudillo y al Sacerdote, con igual servi- 
lidad, viendo en todo loco impulsivo un Héroe, y, 
en cada loco pasivo, un Santo. 

León, ignoraba o fingía ignorar, el calificativo 
que se le daba, en esa sociedad de héroes y de san- 
tos, y, apenas tenía tiempo para desembrollarse de 
sus múltiples quehaceres ; 

además de sus estudios, que aunque ya para 
concluir, algún tiempo le demandaban, se había en 
esos años empeñado en tantas cosas, que era de 
verlo como una hormiga enloquecida, ir de allá 
para acá, siempre cargado de papeles, y, en un 
constante trajín, bastante a rendir otro ánimo que 
el suyo ; 

ora, la clase suya, o la que daba en un colegio 
cualquiera ; ora el periódico ; ora la Sociedad de 
San Vicente de Paúl, de la cual era el Secretario ; 
ora, la Escuela de Cristo, uno de cuyos vocales era ; 
aquí exámenes de una escuela de monjas ; allá la 
premiación en un colegio de curas ; cuarenta ho- 
ras en un templo, y, Velación en otro ; la prédica 
de un Presbítero amigo que quería una gacetilla ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO L51 

la crónica sobre la Sociedad de «Hijas de María», 
y, más que todo la Secretaria gratis et amore de 
doña Beatriz, que era la Presidenta, o Tesorera, 
de cuanta Cofradía, o Archicof radía, se fundaba 
en aquella Meca feliz de la Imbecilidad ; 

y, era do ver a León, andarse por entre las fal- 
das más o menos perfumadas de las viejas damas, 
obsequioso y discreto, leyendo informes y redac- 
tando Memorias, croniqueando sobre cosas de Igle- 
t^ia,, y labrándose su panal para lo porvenir-, con la 
seducción espiritual de aquellas viejas embriona- 
rias o degeneradas, todas con lenguas de víperas y 
una mentalidad de ocas ; 

y, cuando cumplida su misión, leídos sus Infor- 
mes, dejaba el poco envidiable lugar, saturado de 
aromas animales, propio a esas viejas vacas de la 
Iglesia, y el delicado perfil de su rostro pensativo, 
se perdía tras el pesado cortinaje de la última puer- 
ta del Salón, no se oía sino una sola frase, salir de 
los labios descolorados de aquellos vestigios bu- 
manos : 

— Es un Santo ; 

pero, todas estas agitaciones, todas estas cosas, 
eran secundarias para León Vives ; 

él, no vivía sino en un solo pensamiento ; el de 
su matrimonio con Magdalena de Rentería ; 

bastante conocedor del corazón humano y del 
medio social en que se agitaba, sabía bien todo lo 
iniposible de su proyecto, al intentarlo por los me- 
dí^ normales o convencionales, establecidos como 
leyes en el rebaño social ; 

ya había tenido tiempo de apercibirse del cam- 
bio súbito de actitudes, en una ocasión, en que 



152 VAEGAS VILA 

su demasiada obsequiosidad hacia la joven epi- 
léptica había sido notada ; 

en poco estuvo que perdiera para siempre ia en- 
trada a la casa ; 

felizmente, su astucia penetrante, logró parar 
el golpe ; 

se alejó discretamente, se fingió ofendido, y, se 
eclipsó, en uno como suave crepúsculo de Manse- 
dumbre, que valió a hacerlo más interesante ; 

por necesitarlo urgentemente para asuntos de su 
secretaría ; porque sin él, no podía hallarse el círcu- 
lo de viejas damas, organizadoras de fiestas y ba- 
zares de Caridad ; jx)rque sin su consejo, nada po- 
día hacerse y, sin su palabra, todo periclitaba, lla- 
mólo doña Beatriz, con maternal ternura ; 

excusóse por enfermo, primero y, por muy o. Ji- 
pado, luego ; mas súpose que había ido a la Uni- 
versidad, y se le requería, otra vez ; 

concurrió entonces ; 

se le festejó cariñosamente ; como cotorras ebrias 
de sopas de vino, las viejas señoras lo agasajaron, 
y, alguna hubo que lo besó, con sus labios sexa- 
genarios de un repugnante olor ; 

la paz quedó hecha, pero, León quedó convenci- 
do de la absoluta imposibilidad de ser admitido co- 
mo pretendiente a ia mano de Magdalena de Ren- 
tería ; 

no sería él, esa selección rara del tipo humano, 
hecho de audacia fría y, desprovisto de escrúpulos, 
el amoralista nato, el hombre libre de todo reato y, 
todo bagaje de ideas colectivas, cuya energía au- 
menta con la contradicción, y, lo hace mostrarse 
hombre superior, por la elección de los grandes 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 153 

medios, si hubiese retrocedido, ante el Imposible 
Social, que se alzaba ante él, y, que como todas 
las leyes sociales, no era sino una ficción, un con- 
vencionalismo, más bien ridículo que serio, ante 
la Voluntad, hecha pasión, en un hombre dispues- 
to a todo para vencer ; 

él, se sabía, amado de Magdalena, amado, has- 
ta la locura ; 

el fluido misterioso de su espíritu, que sabía do- 
mar tantas almas ;• todas las vitalidades de su ser, 
trasfundidas en un magnetismo constante, por 
las pupilas y por las manos, en el temperamento 
más adaptable para la sugestión, como era el de 
aquel ente incompleto y degenerado, absolutamen- 
te abúlico, y falto de conciencia y de iniciativa, ha- 
bían hecho de la joven, un instrumento pasivo, en 
manos de aquel terrible domador ; 

cuanto León le hubiese exigido, lo habría hecho ; 
bajo su influencia, completamente hipnótica, ha- 
bría ido con los ojos cerrados hasta al Crimen ; era 
como un médium, como una somnámbula, bajo el 
influjo del sugestionador. 

León, pensó primero, en raptarla ; 

pero, y ¿el Escándalo? 

quedaría moralmente arruinado... 

i él, León Vives el Santo ! 

¡ imposible ! 

ése era recurso de hombre mediocre ; 

con frialdad pasmosa, concibió su plan, y, es- 
cribió a Magdalena, una tarjeta, que él mismo le 
entregó, dándole una cita para el próximo domin- 
go, a las seis de la tarde, en su propia casa ; 



154 VAKGAS VILA 

él sabía, que aquel día, a aquella hora, la joven 
estaría sola ; 

era el día, en que salía a paseo la servidumbre ; 
el Señor de Eentería y Ovidio, andaban a caza, o 
se entretenían, el uno en casa de alguna querida, 
el otro, en los tes de Monseñor Labial ; doña Bea- 
triz era fijamente en la Iglesia de los Jesuítas, don- 
de había sermón... 

y, así fué ; 

pretextando una indisposición, tan frecuentes en 
ella, la joven no acompañó a su madre a la igle- 
sia, y quedó en casa, esperando a León. 



^ 



Tramontaba el sol ; 

con la ausencia de éste, el cielo se hacía opa- 
co ; semejaba un lago, bajo la palidez del novi- 
lunio ; 

la gran casa alzada en la obscuridad, estaba co- 
mo llena del infinito de la Tristeza y del Silencio ; 
todo parecía dormir en ella, bajo el doble domi- 
nio impenetrable del IMisterio y de la Sombra ; 

Jos laudes de la Soledad, cantaban su cántico de 
Desierto, en los corredores vacíos, donde miña- 
das de átomos vesperales, parecían alzar de los ta- 
pices florales, inesperadas visiones, y pasaban co- 
mo una caricia inopinada, sobre el jardín glacial, 
que la tristeza de la hora, empezaba a teñir de 
un vago tinte nocturno ; 

se diría, que un gran dolor unánime respiraba en 
tantas cosas que morían, devoradas por la sombra ; 

í&s cipreses inmóviles, daban como un delirio 
de tristezas, sobre el verde más tierno de los ar- 
bustos cercanos, que parecían ampararse, unos a 
otros, en un gran gesto de desolación ; 



166 VAEGAS VILA 

las rosas, daban la plenitud de su alma, en el 
vago perfume con que embalsamaban el jardín, 
somnambulizado, y como petrificado, en la visión 
solar, desvanecida ; 

las mil cosas inertes parecían todas tener una 
alma, una alma muda y sin embargo anhelante de 
un vago deseo de respiración, y, como llenas de 
una ansiedad misteriosa por huir, por escapar a la 
mano fatídica de la Noche, que ya venía sobre 
ellas ; 

una blondez estelar, muy tenue, se extendía, co- 
mo una caricia aérea sobre el enjambre de péta- 
los, que el viento hacía caer uno a uno como alas 
cortadas, de pájaros invisibles ; 

el chorro de agua límpido, cayendo de la boca 
de piedra de un grifo deforme sobre la basca ver- 
de y limosa, murmuraba su ritornelo obsesionan- 
te, en esa calma que se diría hostil, en torno a los 
juncos bárbaros de las blancas parásitas, que da- 
ban la gracia frágil de sus flores pálidas, al agua 
profunda del estanque, lleno de una calma estupe- 
facta, de bestialidad ; 

esa embriaguez de inquieta tristeza, que en el 
jardín hacía palidecer las llamas rojas de los cla- 
veles, y, tomaba en espectral, la tenue palidez de 
los narcisos y, la encantadora gracilidad de los ja- 
cintos, se extendía y, se difundía, como una at- 
mósfera por los corredores y, los aposentos soli- 
tarios, hechos como violáceos por los primeros ra- 
yos estelares, que difundiéndose en la sombra, les 
daba el aspecto de estanques de ámbar líquidos, 
donde durmiese una alba solar ; 

todo era j)enumhroso y desolado, en esa hora 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 157 

de la noche ascendente, como llena de un vértigo 
de cosas pensativas, y, sobre la cual la luna alzaba 
su disco en creciente, como un broche de mala- 
quita sobre la cima de los cerros lejanos, coronados 
de largas y lentas nubes, que los Uenaban de un 
vértigo de misteriosa belleza. 

León, atravesó los corredores desiertos, llenos 
de mudas imploraciones, y, entró en el salón, cu- 
ya penumbra verdácea pajeteaba como un borda- 
do, el oro de la Noche, y, lo atravesó audaz, indi- 
ferente, lleno de ese dominio de sí mismo, que lo 
hacía aislarse en su propio ensueño, como en una 
celda. 

Magdalena, lo esperaba, en una cámara de re- 
cibo, adyacente al salón, la cual estaba paramen- 
tada do retratos y de hihelots, amueblada con un 
lujo sin elegancia, propia de su prole advenediza ; 

vestía de blanco, y, sobre los tonos extintos de 
la tapicería, su suave y misteriosa belleza, apenas 
visible en la penumbra, emergía como un lirio ex- 
quisito y, turbador, en cuyo cáliz de ópalo se hu- 
biese posado un tenue rayo lunar ; 

su deslumbrante cabellera rubia que se diría una 
lluvia de oro del sol, sobre una estatua desnuda, 
le caía sobre los hombros, porque sus constantes 
neuralgias, le impedían recogerla sobre la cabeza, 
y, le formaba uno como manto áureo, que más se- 
mejaba el resplandor de dos alas enormes, plega- 
das sobre los hombros, de un arcángel del Bottice- 
llij/'en éxtasis de adoración ; 

un ramo de claveles encarnados adornaba su 
busto, y, emergía de las blancuras, como un cora- 
zón sangriento, que se hubiese escapado del pecho ; 



158 VAEGAS VILA 

al sentir pasos en la estancia vecina, se puso en 
pie, y, fué al encuentro del Amado, porque sabía 
que era él ; 

y, apareció en el cuadrilátero de la puerta, como 
una rosa blanca, en un paralelogramo de tinieblas ; 

y, le tendió sus dos manos, pálidas, de una pali- 
dez exangüe, en las cuales corría escasa la sangre 
con gérmenes de muerte y, sin embargo, bellas, 
como dos urnas votivas que contuviesen cenizas 
mortales. 

León, las estrechó presuroso, después, atrayen- 
do la joven hacia sí, la tomó por el talle, y, la besó 
dulcemente en los labios ; 

era la primera vez ; 

ella, lo dejó hacer, en una languidez apasionada, 
feliz en sentir el rostro del Amado tan cerca al ros- 
tro suyo, y el contacto de sus labios abrasarla en 
la vehemencia del fuego ; 

y, después, se sentaron sobre el sofá ; 

quien no ha entrado en el Amor, no ha entra- 
do en la Vida, y aquella pobre alma de enferma, 
que parecía destinada a pasar por la gran puerta del 
Paraíso, sin entrar en él, se precipitaba enloque- 
cida, en el jardín sonoro de los besos, que las ma- 
nos generosas del Amado, le abrían, triunfal- 
mente... 

¿qué cosa se dijeron? 

¿qué cosa se hablaron, bajo el resplandor del 
cielo nocturno, que entraba por la ventana, con el 
esplendor ígneo de las constelaciones, y, el olor 
penetrante de los jazmines del Cabo, que se con- 
sumían en un búcaro cercano, llenando la están- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 159 

cia de perfumes de Voluptuosidad, que eran como 
una exasperación sensual? 

un beso y, otro beso, y otro más, era la orques- 
tación misteriosa que se oía, en esa hora musical 
de dos almas, felices en el sueño de la Noche ; 

la virgen, consciente tal vez, del Destino lacri- 
moso que la esperaba más allá de su juventud, don- 
de la acechaban el abismo de la Muerte, o el Abis- 
mo aún mayor, de la Locura, se amparaba como 
en un refugio, en aquella hora feliz, en los brazos 
adorados, sin huir a las manos tembladoras y ten- 
tadoras, que la acariciaban ya por todo su cuerpo, 
sumiéndola en un vértigo de voluptuosidad sin fin ; 

carne degenerada y enferma, más pronto que 
ninguna otra a la caída, no defendió, el cáliz des- 
nudo de BU cuerpo, ya pronto a la oblación ; 

y, se dejó poseer, en la rabia mordaz de los be- 
sos, bajo el azul y el oro de la Noche ; porque la 
demencia, que estaba en todo su ser y, era vieja 
como su raza, se revelaba en esa hora, en esa fie- 
bre extenuatriz del Deseo, voraz e inacabable ; 

y, él se dio a poseerla sabiamente, consciente- 
mente, como quien cumple una obra de reflexión, 
sin frenesí sádico ninguno, porque tenía la rara 
virtud de la disciphna en todo, hasta en sus vi- 
cios ; y, se puso a cumplir la obra de la fecunda- 
ción, en la carne que él no deseaba, pero que ne- 
cesitaba ; no fué su Lujuria, fué su Ambición, 
quien la violó ; 

sí,* la violó para enriquecerse, con la misma 
frialdad con que la habría matado para robarla, si 
hubiese tenido necesidad de ello ; 

la virgen, que en el momento ae dejar de serlo, 



160 VARGAS VILA 

no había gritado, al sentirse ya mujer, por la obra 
de la Naturaleza, no resistió a la intensidad del 
placer, nuevo en su Vida, y, que sacudía sus ner- 
vios todos, sus pobres nervios trabajados por la 
epilepsia, y, oon grandes gritos agudos, entró en 
una de esas terribles crisis que eran el tormento 
y la amenaza de su existencia ; los ojos desorbita- 
dos, el rostro contorsionado, la boca contraída, se 
agitaba en convulsiones violentas ; era un espec- 
táculo repugnante y, conmovedor a la vez. 

León, le tapó la boca con las manos primero, y, 
luego, el rostro todo con uno de los cojines del sofá, 
para ahogar sus débiles gritos, que degeneraron 
luego, en un balbuceo ininteligible de idiota ; 

tuvo la clara idea de estrangularla para que 
callase, y, evitar el ser descubierto, pero se dijo 
¿cómo estrangular, mi herencia? 

terminada su faena, se sentó al extremo del so- 
fá, contemplando a Magdalena ; 

la crisis había sido corta, y, pasada su violen- 
cia, la joven había quedado inmóvil, como si dur- 
miese, pero las facciones de su rostro, conservaban 
la horrible huella del mal, la siniestra mueca de 
la locura ; los ojos continuaban como hundidos en 
las órbitas, la boca torcida en un rictus espanto- 
so ; y, una baba asquerosa, le salía de ella, ensu- 
ciando el cuerpo y los vestidos, era lamentable y, 
sucio de ver. 

León continuaba en contemplarla, con una mi- 
rada fría de asesino, y, temiendo que lo incomple- 
to de su primer abrazo, no fuese bastante a la pa- 
ternidad, y, todos sus planes fracasaran por eso, 
resolvió poseerla por segunda vez, más paciente- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 161 

mente, más detenidamente, ahora que la joven pri- 
vada de todo conocimiento, no perturbaría su obra, 
ni siquiera con los estremecimientos del placer ; 

y, así lo liizo, con una serenidad calculada y, fría, 
a la cual obedecía maravillosamente su sexo, que 
no era en él, sino un pensamiento más ; 

después, hizo descender los vestidos de Magda- 
lena, sobre el cuerpo, desnudo de la cintura abajo, 
y, sin preocuparse de borrar huella alguna de su 
crimen, se alejó de allí, más como un vencedor, 
que como un culpable, orgulloso de su obra, que 
era un trayecto enorme, recorrido en el camino de 
su triunfo ; 

y, tuvo gratitud por su sexo, que aun traicionán- 
dolo, le era tan maravillosamente útil, y, pensan- 
do en esto último, pensó en Narciso Labial, y, en 
la cara que haría al descubrir esta aventura ;... 

y, tuvo un deseo loco de reír, y rió, lleno de una 
alegría mala, que le venía del orgullo de su trai- 
ción ; 

y, las gentes pudieron ver a León Vives, atra- 
vesar las calles, sonriente y plácido, con su rostro 
arcangélico, lleno de una dulce expresión ; 

unos, lo saludaban respetuosos ; 

otros, decían por lo bajo, el consabido estribillo : 

— Es im Santo ; 

y, las miradas lo seguían respetuosas o enter- 
necidas, hasta ver perderse su silueta negra y co- 
mo sacerdotal, en las callejuelas estrechas, bajo el 
páhdo rayo de la luna, que en su disco creciente, 
semejaba, un buque náufrago, encallado entre un 
archipiélago de nubes... 



-12 



^ 



Magdalena de Rentería, guardó el secreto de su 
falta, demasiado consciente de ella, y, demasiado 
feliz ; el estrago de sus carnes profanadas, más que 
un dolor, era un placer agudo, que ella gozaba en 
exasperar, con la rememoración constante del he- 
cho, y, le parecía sentir aún el mismo estremeci- 
miento, la misma inenarrable emoción, de aquel 
momento, en que se habían abrazado sin palabras, 
y, se habían besado, con besos llenos de demencia ; 

no tuvo el dolor de su falta, sino un deseo loco 
de vivir para ella ; y, en la bruma de su cerebro 
enfermo, veía constantemente, como por una hen- 
didura llena de luz, el bello rostro del Amado, 
embriagado de voluptuosidad, acercándose al ros- 
tro suyo, en la hora Iniciatriz, para inocularle el 
, contagio irresistible del inacabable Deseo... y, le 
parecía sentir siempre el contacto de las manos 
violadoras sobre sus carnes nubiles, y, el calor de 
los labios en los labios y, el latir de las arterias agi- 
tadg^s, cerca a sus sienes, sudorosas de emoción ; 

guardó su secreto, hasta el día en que ya, no fué 
posible ocultarlo, porque la Naturaleza hablaba por 
ella, con sus inevitables manifestaciones; 

entonces, escribió a León Vives ; 



164 VAKGAS VILA 

éste, que había vivido en espera de esa noticia, 
se sintió feliz de ella, y, escribió a la joven, no 
para consolarla, o para alentarla en su infortu- 
nio, sino para reprochárselo, como una falta... 

«Hemos pecado — le decía — , y, debemos su- 
frir el peso de nuestra culpa... el castigo de nues- 
tra falta, es la Vergüenza ; suframos nuestro cas- 
tigo, y, bendigamos a Dios, que nos permite ex- 
piar en este mundo, el horror de nuestro pecado... 

»yo, he creído morir del dolor de mi falta, pero, 
la he confesado, en el Tribunal Sagrado de la 
Penitencia, y, aquel que ata y desata las cosas de 
la tieiTa y perdona los pecados del mundo, ha per- 
donado el mío ; mis lágrimas desarmarán su divi- 
na Justicia ; 

«¡ah! ¿por qué fuimos tan débiles? ¿cómo pu- 
dimos caer tan bajo en el abismo del Pecado? es- 
taba escrito que la Mujer tentaría al Hombre... 
y, lo tent<S... 

»¡ y, tu carne fué el escollo de mi Virtud ! 

»¡oh, tú, mi naufragio! ¿ix)r qué te alzaste en 
mi camino? ] Dios tenga piedad de ti, de tu alma 
tentadora ! Dios, tenga piedad de mí, débil creatu- 
ra, que no supe resistir la Tentación... 

«¿por qué has tardado tanto en purificarte en el 
raudal sagrado de la Penitencia? él, es inagota- 
ble de Misericordia, y él, te habría ya limpiado de 
toda culpa... cometer el Pecado, es el principio de 
la condenación, vivir en él, es ya, la condenación 
definitiva ; 

))las puertas de la Confesión y, las del Arrepen- 
timiento, te están abiertas ; entra por ellas ; Dioá 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 165 

te perdonará ; yo, te he perdonado ya ; confiesa a 
tus padres todo, no les ocultes nada ; ése será el 
principio de tu expiación ; 

»la mentira no redime del Pecado, antes lo au- 
menta ; no aumentes tu pecado con la IMentii^a ; 
di a tus padres, hoy mismo la Verdad, toda la 
Verdad... ellos, sabrán perdonarte; en cuanto a 
mí, aquel que podía hacerlo, ya lo ha hecho ; 

»yo, le ofreceré mi vida en sacrificio, huiré del 
Mundo, y en el retiro de un Claustro, no olvidaré 
mi pecado, pero lloraré tenazmente sobre él... 

»y, así será mi alma penitente, hasta el terri- 
ble día, en que Dios la llame a cuentas... enton- 
ces ¡ desgraciado de mí ! ; si no llevo a su divina 
presencia, el lirio inmarcesible de la Virginidad, 
podré poner a sus plantas la rosa blanca de la Cas- 
tidad, cultivada en largos años de una vida de lá- 
grimas sinceras... 

» i olvídame, y olvida nuestra falta!... si así lo 
haces, yo, te bendeciré desde mi soledad, como 
Dios, perdonándote, ha de bendecirte desde el 
cielo» . . . 

y, enviada esa carta, seguro de su efecto, fué a 
refugiarse, a una Casa de Ejercicios Espirituales, 
para hombres, que los Jesuítas tenían en los alre- 
dedores de la Ciudad, y, donde hacían Eetiros, en 
los cuales durante un mes, se vivía completamente 
aiáp-do, preparándose con rezos y, sermones, a una 
gran Comunión Púbhca, que era una verdadera 
fiesta ; 

aquél, era un asilo seguro, donde podría esca- 
par de las cóleras del padre y, del hermano de su 



166 VAKGAS VILA 

víctima, que sin duda, en los primeros momentos 
lo buscarían para castigarlo ; 

sumergido mansamente en aquel retiro, nadie 
podría hallarlo ; y, si lo hallaban, ¿quién sería osa- 
do a violar ese recinto del x\rrepentimiento, para 
castigarlo, así, de rodillas al pie de los altares? 

y, si su falta se trasparentaba, ¿no sería bas- 
tante a atenuarla y, aun a borrarla, ese gesto de 
humillación y de dolor, que le hacía buscar el agua 
lustral de la Penitencia, para purificarse en ella? 

no dijo a nadie su designio, de largo tiempo me- 
ditado ; fingió un viaje al campo, y aquella misma 
noche, entró a la Casa de Ejercicios Espirituales. 

Magdalena, obedeciendo a aquel que la había 
perdido, y, obligada por las circunstancias, confe- 
só todo a sus padres ; 

el Señor de Eentería, montó en cólera olímpica 
contra el Santo ; Ovidio, fué en busca de él, con 
la intención de matarlo, pero León, se había ya 
evaporado y, se hizo inencontrable ; 

la que pareció verdaderamente inexorable, fué 
doña Beatriz, que en el fondo, había deseado esa 
virginidad, que su hija había gozado ; y, la 
Hembra, gritaba en ella más alto que la Madre... 

— Miren, la tonta — decía, abofeteando a la po- 
bre idiota, que no osaba defenderse. 

— ¿No querían Ustedes, al Santo?, pues ya nos 
hizo el Milagro — decía el padre, con su burla 
cruel, y en esa hora llena de amargura. 

— Es un canalla — gritaba el hermano, cerran- 
do los puños en el vacío, con gesto exterminador ; 

pero, dominados los primeros ímpetus, serena- 
dos un tanto los ánimos, a fuer de gente educada 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 1G7 

y, viva, comprendieron que el primer deber era 
ahogai- el escándalo, que nadie se apercibiera de 
lo acaecido, y, más que todo la servidumbre, ese 
teléfono trashumante por el cual sabría pronto la 
vecindad y tras de ella la Ciudad toda, el bochor- 
noso suceso ; 

callar ante todo, y, por sobre todo... ahogar el 
'Escándalo... lo demás ya se vería... 

hacer abortar a la joven... 

para ello, se necesitaban cómplices, un médico, 
una comadrona ; ¿quién los aseguraba de su si- 
lencio, en esa ciudad chismosa y, rezandera? 

además, visto el estado de salud de Magdale- 
na, eso era como matarla ; 

los padres no tuvieron valor para ello. 

Monseñor Labial, a quien su enfermedad car- 
díaca, que empezaba a hacerse muy grave, lo rete- 
nía casi siempre en casa, fué el único confidente de 
la familia, que sin decírselo, lo culpaba de su cala- 
midad, puesto que era él, quien había presentado 
en su casa a León Vives, que así pagaba su gene- 
rosa hospitalidad ; 

el pobre prelado, quedó anonadado, abatido, co- 
mo un hombre que hubiese recibido una cuchilla- 
da, que le atravesase por igual, el corazón y, el 
sexo ; 

y, en su alma débil y buena, las salmodias del 
recuerdo, cantaron tan tristemente, que se enter- 
neció hasta las lágrimas, y una gran piedad inago- 
tabíe, la piedad del Amor, le subía de las profun- 
didades mismas de su instinto, y sollozaba suave- 
mente en su corazón, su enfermo corazón, que lo 
mataba ; 



168 VAEGAS VILA 

¿por qué no viene el querido niño? se pregun- 
taba a sí mismo y, sentía una gran necesidad de 
verlo, de oírlo, de tomarlo entre sus brazos, para 
consolarlo si sufría y, beber sus lágrimas si las 
vertían esos divinos ojos octubrales, tan cargados 
de recuerdos, como el cielo de una noche, lleno de 
prodigios ; 

y, su alma generosa, se rebelaba contra la Cruel- 
dad, que mancilla las grandes pasiones, y, como 
una esencia espiritual, como una luz interior, la 
Bondad se alzaba en su corazón, la Bondad, que 
somete y que seduce, y que siente un solo or- 
gullo secreto : el Orgullo de perdonar ; 

hubiera querido que León, viniese a él, que le 
confesase su falta, qu3 le pidiese perdón ; 

enloquecía del dolor de perdonarlo ; 

¿cómo había podido caer aquel ser hecho todo 
de purezas y, beatitudes? 

a veces dudaba ; ¿ sería cierto ?. . . ¿no sería una 
calumnia ? 

él, que había sido tanto tiempo su confesor, y, 
para el cual, no había tenido velos su cuerpo ni 
su alma ; él, que sabía la repugnancia física, que 
el contacto de la mujer había inspirado siempre a 
León, según sus propias confidencias, y la impo- 
sibilidad material, que sentía de aproximarse a 
ella, no acertaba a explicarse aquella hora de vér- 
tigo ; y dudaba... 

así, cuando la familia, enfurecida, la acometía 
contra el seductor, Narciso Labial, callaba ; y, si 
el insulto, redoblaba de violencia, intervenía, para 
defenderlo, y su voz armoniosa, como un clavicor- 
dio de sensualidades, hallaba sus tonos más cali- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 169 

dos, sus más vibrantes registros, para proteger al 
ausente, aun sabiendo que aquella defensa, le ba- 
cía moralmente, mal ante sus auditores, y física- 
mente lo extenuaba, por el esfuerzo, que lo aho- 
gaba, acelerando las palpitaciones de su corazón, 
subiéndole en ondas de agonía, al bello rostro lí- 
vido, que se empurpuraba con un golpe de sangre, 
que era como una bella flor de Muerte ; 

entonces callaba, inclinando la frente, ya pro- 
metida a las aureolas de ultratumba, la bella fren- 
te a]X)línea, t^ersa., como toda frente, que no ha 
sentido el pensamiento batir furioso tras de ella en 
sus tormentas indomadas, y pasaba los dedos de 
la mano, por entre su cabellera, fina y. larga, que 
ya empezaba a platear, como si tenues luces de 
argento, le hiciesen una corona, y, quedaba soña- 
dor, como si su alma penetrase en lo profundo de 
las cosas idas, en la visión, de ese oculto río de 
Voluptuosidad, que había sido su Vida... 

y, el perfil exquisito y, extrañamente ambiguo 
de su fisonomía, le daba el raro encanto de una 
de aquellas estatuas desenterradas en las cerca- 
nías de los templos romanos, y que los anticuarios 
no saben definir si es la de una sacerdotisa del 
templo, o, la de uno de esos adolescentes, consa- 
grados desde la infancia al servicio de los dioses ; 

era un perfil imperial, que recordaba, vagamen- 
te a Nerón, y, un poco a Domiciano ; más bien, se 
dirí% un Antinoo, que hubiese sentido la decaden- 
cia de los años, ajar el perfil adolescente de su 
inexpresable Belleza ; 

y, todos respetaban la tristeza del Maestro, esa 
tristeza que hacían aún más augusta, las olas len- 



170 VAEGAS VILA 

tas de la Muerte, que todos veían subir hacia él ; 

pero, el discípulo aniado no llegaba ; ¿qué era 
de él? 

una carta, venida del retiro austero del culpa- 
ble, revelaba al Maestro, el lugar donde se ocul- 
taba ; alugar de penitencia», decía, «última costa 
del mundo», donde «s€ preparaba a emprender el 
vuelo, lejos de él, a las soledades inabarcables del 
claustro» : Dios lo llamaba a sí ; y, su espíritu «un 
momento turbado por la embriaguez de la carne 
y, ahora purificado por el Dolor y, el Arrepenti- 
miento, tendía otra vez su vuelo hacia Dios, en la 
ansiedad voluptuosa de abandonarse a su infinita 
Misericordia» ; 

terminados los ejercicios, iría directamente, al 
Desierto, punto agreste y remoto, donde en la cum- 
bre de un cerro, había un Monasterio de Mínimos, 
en el cual anhelaba profesar... su vida «sería cor- 
ta, para lavar con sus lágrimas el pecado cometi- 
do» ; pero él, lo lavaría... 

y terminaba suplicándole ocultar a todos, el lu- 
gar de su retiro. 

Narciso Labial, leyó y releyó la extraña carta, 
y, quedó conmovido, ante el incontenible río de 
pesar y de arrepentimiento, que brotaba de aquel 
corazón místico, a quien la belleza de la contri- 
ción, le era concedida, en esas dosis extrahu- 
Pi lanas. . . 

y, la visión de León Vives, con el sayal fran- 
ciscano, los pies semidesnudos, magro por el cilicio 
y los ayunos, lo sumió en soñaciones, y, una gran 
crisis de lujuria lo asaltó, con el deseo vehemen- 
te de abrazar aquel bello monje meditativo, que pa- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 171 

recería una flor más, en el jardín místico de aque- 
llas flores claustrales ; 

él, había tenido siempre el desdén de los írai- 
les, porque los había creído, algo sucio o repugnan- 
te de tocar con sus manos dehcadas y, señoria- 
les, como una mano de Emperatriz, recién ungida 
de perfumes ; 

£ era sacerdote, como tantos otros, porque no ha- 
bía podido ser otra cosa, y porque en él, había ra- 
zones fisiológicas, que lo hacían más apto que nin- 
guno, para vestir la túnica talar, pero, completa- 
mente ajeno, a las grandes crisis de alma, o las 
supremas inepcias, que llevan a la vida monás- 
tica, no las había comprendido nunca, y la sola 
idea, de que León Vives se encerrara en un claus- 
tro, estrangulando su juventud en flor, le parecía 
monstruosa, y lo llenaba de una inquieta y, vaga 
tristeza... 

i la vida era tan bella, fuera de los grandes ges- 
tos líricos, y de las actitudes teatrales, saturadas 
de violencia ! 

¡ la vida era amable, en la simplicidad luminosa 
de sus horas plácidas, fuera de las meditaciones 
apasionadas de los grandes dolores ! 

¿por qué ensombrecerla? 

¿por qué hacerla triste, con tan extrañas com- 
plicaciones ? 

y, como todo en la vida, es un reflejo de nuestro 
promo ser, él hallaba bella la Vida, con la belleza 
sin tristezas, de un jardín donde la Voluptuosidad 
se diera en un intenso y poderoso florecer, de rosas 
del Amor, de un extraño amor sin oleajes, como el 
Mar Muerto, con el silencio y la profundidad de 
una selva en la Noche ; 



172 VARGAS VILA 

pero, sentía más que todo la separación, ese es- 
pacio engrandeciente, y, a cada liora más inquie- 
tante, de la ausencia ; y, veía con angustia, ese 
obstáculo, que podía alzarse entre él, y, la figuru 
blanca y dulce del ausente, borrando entre ellos, 
todo lo que es ^wsible borinr entre dos corazones... 

¡ la ausencia es un sudario ; ella envuelve len- 
tamente en la Muerte, nuestros sueños aun los más 
caros, y aun el recuerdo de ellos ;... el recuerdo de 
aquello único, que no debía morir ! . . . 

¡oh! ¡cómo el tiempo y, el espacio nos expul- 
san fuera de los corazones amados!... ¡oh, cómo 
es miserable una vida, en que existen esas dos co- 
sas tan tristes y, tan iiondas : la Ausencia y, el 
Olvido ! 

Narciso Labial, se erguía desesperadamente, en 
frente de ese Destino, con un gran grito de rebe- 
lión, ante el sereno cielo, sobre el cual moría la tar- 
de, en una agonía resignada y dulce ; 

se rebeló contra esa fuerza oculta del s^icrificio, 
que así le arrebataba su propio corazón, arreba- 
tándole su discípulo amado... 

su pobre corazón enfermo, ¿no era más grande 
que todo? más grande que el sacrificio, que el arre- 
pentimiento y que la Muerte... 

i oh la A^ida ! ¡ el gesto eterno de una mano 
siempre tendida hacia la Ventura... eso, y nada 
más... 

Narciso Labial, como todo hombre que no ha 
sufrido, era pronto a las lágrimas, y en esa oca- 
sión lloraba desolado, extendiendo sus manos, co- 
mo queriend/^ detener con ellas, al discípulo que 
huía... 



Ea tanto, Ijeón Vives, edificaba por su piedad, 
a todas aquellas almas que lo rodeaban ; 

en esa casa de la Penitencia, él, era el gran pe- 
nitente ; en esa mendicidad del alma, que es la 
Oración, ninguno tendía las manos con más deses- 
perado gesto de implorar ; en ninguno, el prodigio 
de la Fe, se hacía más visible ; sobre ninguno otro 
cáliz, la sangre del Salvador, había caído con más 
fuerza, como sobre este cáliz de alabastro, que 
parecía pronto a romperse bajo su peso... 

en las horas de la meditación, se le veía absor- 
to, la figura lívida hecha espectral en la penum- 
bra, los ojos extáticos, como turbados de un vér- 
tigo divino ; las manos cruzadas sobre el pecho, 
como dos alas prontas a abrirse para volar ; los la- 
bios entreabiertos, en un gesto de arrobo, cual si 
un Mntico interior saliese de su corazón ; un eflu- 
vio de santidad lo rodeaba, que se diría un halo ; 
su figura magra y visionaria parecía crecer en el 
prolongamiento prodigiosOj de un lejano infinito... 



174 VARGAS VILA 

los presentes al éxtasis, estaban siempre en espe- 
ra del Milagro, que lo le\antase del suelo, como a 
los santos arrobados de las leyendas piadosas ; y, 
ya se rumoreaba, que alguien había visto eso, en 
la penumbra zafirina de la capilla, cuando el rostro 
exangüe desaparecía en un nimbo de sombras ; 

y, ante esta llama inextinguible de Piedad, que 
parecía consumir aquella vida, en las llamas sim- 
bólicas del Amor Divino, aquellos que no podían 
entrar en el círculo prodigioso de su sueño, excla- 
maban conmovidos : 

— Es un Santo... 

otras veces, lo hallaban en la Capilla, exánime, 
tendido cuan largo era sobre las baldosas frías, be- 
sando apasionadamente un crucifijo, que yacía en 
tieiTa también, y que sus manos nerviosas acerca- 
ban en gestos apasionados a su corazón, o levan- 
taban en un largo y lento gesto somnambúlico ha- 
cia el cielo... 

ninguno osaba acercarse a él, como si un pres- 
tigio invisible lo protegiese, y cerca a su divina 
exaltación, se alzase la presencia misma de Dios, 
del cual, aquella alma, no era sino la más radiosa 
alegoría ; 

en su celda, se oían ruidos extraños, como si al- 
guien se azotase en la noche, y, se decía, que los 
sirvientes, habían hallado en el lecho, y en el 
suelo, manchas rojas, que debían ser gotas de san- 
gre de las maceraciones... 

aquella leyenda de santidad, le valió un ho- 
nor, que nadie antes que él, había tenido ; el de 
hablar desde la Cátedra Sagrada, sin ser sacerdote ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 175 

los penitentes, querían oírle, y, el Director de 
los Ejercicios se lo suplicó... 

— Mi deber es obedecer — dijo él, y habló ; 

en la penumbra grisácea, que la luz de los cirios 
hacía trágica, la figura espectral, se hacía efímera, 
con su cabeza pálida, como un cirio de cera alza- 
do hacia las constelaciones ; 

y, habló de la pureza, de la dulce servidumbre de 
la castidad, que era la más grande hora de alegría 
que había en el hombre ; la victoria sobre la car- 
ne miserable... 

y, evocó el espíritu de los grandes castos, como 
para llenar con su presencia invisible, aquel recin- 
to, donde tantas almas temblaron en la intempe- 
rie del Pecado ; 

en el juego de luces y de sombras, que los ci- 
rios elaboraban en la tiniebla, los movimientos de 
su cabeza espléndida, moviéndose como una flor 
versátil, bajo un viento de inspiración divina, se 
hacía resplandeciente, y, era por sí sola, como un 
grito de Elocuencia, rompiendo la penumbra... 

sus manos, finas, espectrales, se extendían co- 
mo dos pulpos de marfil, tendidos hacia las almas ; 
se diría, que dibujaban en el espacio, la red de sus 
propios sueños ; 

su voz sin sonoridades, una voz, como vencida 
y, meditativa, hecha para esas horas de recogi- 
miento y penitencia, era como un efluvio penetran- 
te, egca.pado de un jardín del paraíso, de un huerto 
invisible, donde se abriesen las más extrañas rosas 
teológicas, llenas de un divino encanto ; 

el prestigio de ese verbo rítmico, invadía los co- 
razones y, los poseía, estremeciéndolos como loa 



■^70 VAKGAS VILA 

calofríos de esa fiebre del amor divino, que toca 
las almas solitarias en la hora pueril de la con- 
trición... 

y, los espíritus se sentían atraídos y conver- 
gentes, hacia el círculo luminoso de aquel gran pen- 
samiento, que así les hablaba del mal de pecar, y, 
del dulce y voluptuoso placer de ser perdonados... 

y, todos ellos que habían pecado, bajo el agui- 
jón de su carne victoriosa, se sentían vergonzosos 
y anonadados, ante los anatemas contra el vicio, 
que brotíiban de aquellos labios vírgenes, que no 
habían besado, y, el gesto de aquellas largas ma- 
nos penitentes, que no habían tocado cuerpo de 
mujer según todos decían ; 

y, cuando el Doctor Angélico calló, y, su figura 
sensitiva y, triste descendió de la tribuna, esas 
almas, llenas aún del soplo de su palabra, vinie- 
ron a él, para besarle las manos transfigurantes, 
que habían gesticulado en la sombra, como dos 
blancos gonfalones de Pureza, alzados en una to- 
vre de mai-fil : Turris Ebúrnea ; 

ancianos sacerdotes, jóvenes catecúmenos, le- 
trados y, campesinos, se incHnaron ante él, con los 
ojos húmedos de lágrimas, mminurando : 

— Es un Santo ; 

el exceso de los placeres sohtarios, a que se en- 
tregó expresa y voluntariamente esos días, con un 
furor de mono, pai'a obtener la figura de extenua- 
ción y de maceración que necesitaba, le habían da- 
do en efecto un aspecto cadavérico, que enternecía ; 

era así, como él quería presentarse a Monseñor 
Labial, para conmoverlo y a sus enemigos para 
desalmar su cólera ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 177 

del frasquito de carmín, que había llevado, para 
i'egar algunas gotas, en las sábanas y, en el suelo, 
y, empapar las disciplinas y el cilicio, que escon- 
día bajo los colchones, seguro de que serían halla- 
dos por el sirviente, vertía algunas gotas, mezcla- 
das con agua, a su pañuelo, para hacer CTeer que 
esputaba sangre ; 

eso, lo hacía más interesante, y, todos pregun- 
taban diariamente, por la salud de aquella carne 
virgen, donde no se ocultaba el pecado, y que era 
la del héroe combatiente de la Iglesia, que maña- 
na sería su campeón más formidable... 

él, reía interiormente, lleno de una diabólica ale- 
gría, ante la humana estupidez, viendo ese rebaño, 
que él cultivaba, para ser sus lectores, y, sus sus- 
criptores y, sus electores de mañana ; 

si su risa se hubiese extemado, esa carcajada ha- 
bría hecho temblar el edificio con su cínica sonori- 
dad, a esas horas en que él se recogía en el lecho, 
para pensar en el aprisco de cretinos que lo rodea- 
ba, antes de entregarse, a las maniobras de la más 
inmunda lascivia, con esa facultad de esperto que 
tenía, para prolongar indefinidamente sus goces... 
mientras afuera, los guardianes de noche, los sa- 
cerdotes, que pasaban antes del alba, para decir 
la Misa, los penitentes y los comulgantes, que 
iban a la capilla, se detenían ante su puerta, y, 
miraban, henos de una conmovida piedad, aquel 
lugar predestinado, donde dormía un Santo. 



BIZAXCIO. — 13 



Durante esos días de penitencia, el IMilagro, que 
el Santo, había hecho en el vientre de Magdale- 
na de Rentería, engrandecía enormemente ; 

las huellas de la santidad, se hacían visibles ; 

la familia desesperada, estaba, no ya pronta a 
capitular, sino a implorar el matrimonio, ante la 
deshonra inminente que la amenazaba ; 

ella, recluyó a Magdalena en el lecho, y, ocurrió 
a INIonseñor Labial, como a su último salvador ; 

éste, prometió hacer todo lo que estuviera de su 
parte, inmediatamente que su discípulo saliera 
de los Ejercicios Espirituales, en que el espanto 
de BU falta, lo había hecho refugiarse ; 

la idea de que León, persistiese en su designio 
de retirarse a un convento, quitaba el sueño y la 
vida al pobre Monseñor, al cual, toda emoción 
fuerte le estaba prohibida por los médicos... 

era necesario, de toda necesidad, evitar ese sui- 
cidio, porque no otra cosa, era a sus ojos, la en- 
trada de León, al convento de los Mínimos; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 179 

preferible era el matrimonio ; sí, porque esto se- 
ría menos doloroso ; al menos, así estaría en ei 
mundo; podría verlo, hablarle, tenerlo a su lado, 
sentir entre las suyas, aquellas manos blancas, que 
lo llenaban de un calor vivificante, sentir aque- 
llos labios sensitivos, que tenían la bondad eficaz 
de consolarlo, y, mirarse en la amplia zona sere- 
na, de aquellos ojos meditativos, que parecían un 
río pacífico y, musical, bajo la secreta inmensidad 
de una noche de estrellas. . . 

y, esperaba al ausente, lo esperaba, llenando con 
su invisible presencia, su bella alma sometida... 



y, era ya tarde aquella noche, cuando León en- 
tró a casa de Narciso Labial ; 

se presentó de improviso, en el dintel de la puer- 
ta, como si fuese un fantasma evocado del tiem- 
po infinito, y, aparecido allí, en el ritmo lento del 
silencio, bajo la escasa luz de la lámpara que ilu- 
minaba sus cabellos blondos, como ornándolo de 
una diadema de gemas coronarias ; 

los ojos bajos y, entrecerrados, como llenos de un 
deslumbramiento interior vasto y profundo ; los 
labios pálidos, cerrados violentamente, como en 
una concentración de silencios ; en el rostro todo 
un &re de abatimiento, espantado y dulce a la vez, 
como lleno del dolor de la existencia, y pronto a 
darle un adiós definitivo ; los brazos flaccidos, caí- 
dos a lo largo del cuerpo, en un gran gesto de la- 



180 VARGAS VILA 

situd, como privado de toda voluntad, y, pronto a 
desfallecer. 

Monseñor Labial, somnoleaba, en una dorrnive- 
la, no exenta de fatiga, respirando penosamente. 
en la atmósfera del aposento, viciada por el olor de 
los medicamentos, inmóvil, sobre el gran sillón, en 
el cual se hundía su cuerpo todo, envuelto en uija 
veste de cámara lila, recamada de oro, con moti- 
vos japoneses como un kimono suntuoso ; 

la luz de la lámpara, palidecida por una panta- 
lla de seda gris claro, caía sobre él en reflejos sua- 
vemente versicolores, que le hacían uno como nim- 
bo argentado, en la visión móvil de una atmósfe- 
ra acuática, hecha de cosas inmateriales y filu- 
das, en la cual sus pensamientos amables, tendían 
vuelos invisibles, como palomas crepitantes de 
oro, en la calma de un lago neptuniano ; 

sus manos, yacían inmóviles, como si fuesen dos 
flores más, bordadas como las otras sobre la veste 
liliácea ; 

su bella faz, no era tranquila, como si la som- 
bra de la inquietud, subiendo de su propio abismo 
interior, nublase la serenidad de su alma, tal el 
vuelo de un cárabo fúnebre, sobre la placidez de 
una agua nocturna ; 

más que el leve ruido hecho al entrar, fué su 
propio corazón quien advntió a -Narciso Labial, 
la presencia de León Vives, cerca de él ; 

y, abrió sus ojos, al advenimiento de aquel oiro 
corazón, que era el suyo, como a la aparición de 
una alba desnuda : 

y, como no podía moverse, sin grandes dolores. 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 181 

le tendió ios brazos, cual un abismo, que atrae otro 
abismo y lo devora... 

y, León, se precipitó sobre ese pecho piadoso, 
como lleno de la magnificencia de sufrir y, de 
callar... 

y, un silencio se hizo entre ellos, un gran silen- 
cio, que parecía bon-arlo todo en un invencible 
desamparo, en esa terrible dulzura que devora los 
corazones, que no son en realidad, sino monstruos 
de Infinito, insaciables de deseos;... 

el silencio, como un confidente vivo, se hacía 
enorme, y, se extendía en una calma, dulcemen- 
te monástica, hasta el jardín cercano, lleno de cla- 
ridades estelares, que descendían de los cielos cris- 
talinos y, profundos, sobre las rosas flavescentes, 
como somnambulizadas en el Misterio, y, sobre 
la candidez floral de los jazmines, el alma virgi- 
nal de los geranios, y, el ámbar amarillo de los 
claveles, que embalsamaban el aire de dulzuras 
tiernas y soñadoras, y, penetraba en ondas emo- 
cionales, hasta el salón silencioso, en el cual los 
grandes espejos parecían lagos ficticios de oro, ba- 
jo el poniente moaré de una tarde escandinava, y, 
se esparcían en la estancia, donde entre tantas cla- 
ridades adorables, temblaban aquellas dos aln:as 
implorantes, llenas de tan distintas emociones ; 

y, en el silencio impalpable, esas dos sombras, 
inmóviles y abrazadas, parecían un puñado de pol- 
vo, ;^in puñado de cenizas, arrojado en medio de 
tantas magnificencias... 

pero, como el silencio, es un mentís a la Sobe- 
ranía Inviolable de las almas, una derrota a lo qiio 
hay de adorable en nuestros corazones, ellos se ha- 



183 VAEGAS VILA 

blaron al fin, confusamente, casi con balbuceos, 
que los suspiros hacían aún más ininteligibles, co- 
mo si temiesen abrir sus almas, ante esta noche 
voraz de la Verdad, llena sin embargo de tan su- 
blimes simplicidades ; 

y, hablaban en voz baja, confidencial, como de 
seres que tienen el hábito de la penitencia ; 

y, en efecto, León, que insensiblemente había 
caído de rodillas, se confesaba ante su Maestro, 
cuya figura, ahora calmada y, muda, tenía la se- 
rena gravedad, de quien escaicha el grito desbor- 
dante y, sobrehumano, de un gran dolor sonar en 
su corazón, en las fibras de su propia carne, llena 
de la miseria de amar y, de vivir ; 

estremecido y sollozante, León, contaba cómo 
había llegado aquella tarde a casa de la familia de 
Eentería, en busca de Ovidio, y, había hallado a 
Magdalena, que estaba sola ; 

él había querido huir, cual si oyese la voz leja- 
na y, profunda del peligro sonar en su corazón, y, 
la sombra querida del Maestro, había venido a su 
mente, como para salvarlo, pero, ella, Magdalena, 
lo había detenido, con pretexto de que su herma- 
no iba a volver, y, tomándolo de la mano, lo ha- 
bía llevado por el salón obscuro, hacia el gabinete 
cercano, y, allí... 

no pudo decir más... porque los sollozos le aho- 
gaban la voz, y, un temblor febril agitaba todo su 
cuerpo, y, hacía de sus palabras, un sonido gutu- 
ral, que era un lamento... 

había sido violado ; sí, había sido violado, eso 
era lo que se desprendía, de aquella confesión inco- 
herente, hecha con la violencia confusa, de quien 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 183 

siente aún el horror de una escena, y, aparta de 
ella los ojos, como temeroso de que lo obliguen a 
contemplarla, en una profanación de todas las co- 
sas bellas, florecidas después de la catástrofe, en 
los senos profundos del Olvido... 

— ¡ Soy, muy desgraciado ! i soy, muy desgracia- 
do ! — clamaba — . Tened Misericordia de mí ; 
[XDrque he pecado contra Dios, y contra vos ¡ oh ! 
mi Maestro... 

y, como si la hostil invasión de tantos recuerdos, 
viniese a anonadarlo de nuevo, callaba abrazándo- 
se a las rodillas del Maestro, temblando como ba- 
jo un soplo de un huracán glacial. 

Narciso Labial, lo consolaba con grandes pala- 
bras de Indulgencia, de Paz y, de Perdón. 

— 1 Pecar ! ¿ quién no había pecado sobre la tie- 
iTa"? ¿qué sería de la Misericordia de Dios, si no 
tuviese a quién perdonar?; el pecado del hombre 
es limitado, la Misericordia divina es infinita... el 
arrepentimiento es el fuego que nos purifica ; él, 
León Vives, estaba ya perdonado ; ahora, no le 
quedaba sino remediar su falta, casándose con 
}^Iagdalena de Eentería para evitar el escándalo, 
[X)rque es el escándalo, lo que Dios castiga aún 
más que el pecado... 

y sobre la boca, florecida de quimeras de aquel 
gran decidor de cosas bellas, continuaban en bro- 
tar dulces palabras de consolación, que el discípu- 
lo ya no quería oír, desde que se había hablado de 
matrimonio... 

— ¿ Casarse ? ¿ dejar a Dios y a su ^Maestro ? ¿ re- 
nunciar a su vocación sacerdotal, a esa gran co- 
rriente de purificación y, de ascetismo que ahora 



184 VAEGAS VIL A 

soplaba sobre su alma y, la llevaba violentamente, 
hacia los grandes parajes de la soledad, donde ño- 
rece el lino del amor contemplativo y místico V 

no ; eso, no lo haría él ; la voz de Dios sonaba 
en su corazón, llamándolo a otros destinos, los solos 
que pueden librar el alma humana del eterno nau- 
fragio de la Vida ; el súbito esplendor de la Fe, lo 
llamaba al claustro, lejos de las teorías triunfales, 
que hasta hoy habían devorado su vida ; su cami- 
no de Damasco estaba hallado, y el rayo revelador, 
había ya estallado sobre su cabeza ; Dios, se había 
servido del Pecado, para llamarlo hacia sí, y él 
obedecía la voz de Dios... 

un sueño más alto, sm"gía en su alma, y, sentía 
aún en su cuerpo mancillado, el horror de la mu- 
jer ; la repugnancia física... él, sentía que no po- 
día acercarse de nuevo a aquel ser de perdición y 
de pecado... además, su corazón no era libre; 
un gran amor lo poseía... el Amor de Juan, aquel 
que en la hora de la cena, inclinó la cabeza sobre 
el hombro del Maestro... 

y, al decir esto, alzaba sus grandes ojos laguna- 
res, infinitamente humildes y, apasionados, hacia 
Monseñor Labial, y, su voz era entonces, como un 
soplo que moría sobre sus labios, sus labios que pa- 
recían tenderse como una flor de llamas al encuen- 
tro de una desconocida aurora. 

Monseñor Labial, ensayaba de nuevo consolar- 
lo, alentarlo, con esa dulce efusión de su palabra, 
que la fatiga hacía opaca, pero siempre férvida, 
cual si fuese una substancia viva llena de calórico 
y, de perfume ; 

pero I^eón, parecía no oírlo, y, abrazado a sus 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 185 

rodillas, con una voz que era más una imploración 
salida de la profundidad de sus entrañas ; le gri- 
taba... 

— ¡ Huyamos"; ¡ huyamos, Alaestro mío ! \ oh ! 
¡ tú mi Protector ! ¡ no me abandones ! huyamos 
hacia el Desierto, hacia aquel gran claustro blanco 
que ilumina la Soledad como una estrella ; guar- 
daremos allí nuestras vidas, contra las intemperies 
del Mundo, como dos flores, en un mismo vaso, 
en aquel altar perpetuo del perpetuo amor ; 

algo de libre y de inmaculado se alza ante nos- 
otros, que hemos sufrido tanto en este extraño sn- 
pücio de seres incomprendidos, salgamos de esta 
tiniebla sin límites que es el Mundo y, vamos ha- 
cia esa aurora estrellada, de divinas claridades 
que es el Claustro ; 

allí la paz será con nosotros, la gran paz del nl- 
ma-, llena de los castos albores de un cielo matinal ; 
la ola enorme de la luz divina, calentará nuestros 
corazones, en esa inmolación sin sangre de los de- 
seos inútiles de la vida, y, viviremos bajo el en- 
canto de las palabras bellas y profundas, que el 
Verbo de Dios, dirá a nuestros corazones, desde 
la cátedra del Espíritu Santo, de donde la paloma 
mística bajará, batiendo sus alas sobre nosotros, 
sus alas, que serán como dos astros, hechos opa- 
cos, a fuerza de ver sufrir las almas... 

Narciso Labial, sibarita elegante, que no par- 
ticipaba del ardor místico de su discípulo, y en to- 
do pensaba, menos en abandonar la vida regalada 
de la Capital, para ir a vegetar entre frailes sucios 
y, logreros, lejos de los salones espirituales y de 
los banquetes opíparos a que estaba habituado, en 



186 VAEGAS VILA 

ia bella indolencia de su alma epicúrea, y, que no 
había pensado nunca en puriñcarse, ni creía que 
le hiciera falta, oía sonriente la apasionada pero- 
ración, tratando por palabras suaves y, comunica- 
tivas, de convencer a León de la necesidad impe- 
riosa de mirar la Vida como era ; no se podía ha- 
cer el mal impunemente, sumir una familia en 
la deshonra y en la desolación y sembrar el escán- 
dalo en las almas ; ¡ ali, no ! eso no lo haría su dis- 
cípulo amado ; su deber imperioso, era casarse ; 
era el único deber grato a los ojos de Dios... 

León, lo escuchaba inmóvil, en silencio, como 
una substancia inerte en la noche, con la aparien- 
cia apenas de una forma corporal, echada a los 
pies del Maestro ; 

éste, pasaba su mano débil, sobre el oro de los 
cabellos, acariciaba las mejillas húmedas de llan- 
to, como una flor en la Noche, inclinaba hacia él; 
su frente llena de claridades, como para mirar los 
ojos líricos, tan bellos en esa acitud de sumisión y, 
con un gesto penoso, que su ternura ennoblecía, 
como una esencia espiritual que desbordase de su 
alma, lo levantó con grandes esfuerzos, para abra- 
zarlo, para traerlo sobre su corazón, su pobre co- 
razón, en el cual dormía ya la jNIuerte, bajo el vue- 
lo encantado y lento, de toda una sucesión de di- 
vinas esperanzas... 

León, continuaba en gemir, y, pedía una tregua, 
para decidirse, una tregua de unos días, los cua- 
les pasaría al lado del Maestro, porque no tenía el 
valor de lanzarse de nuevo al mundo, a ese mundo 
del cual sentía el |3eso en su corazón atormentado, 
que llevaba la huella de su falta, como una corza 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 187 

escapada por milagro, lleva en el anca inmaculada, 
la huella de la zarpa del leopardo ; 

y, sabía callarse sobre los verdaderos móviles de 
su resolución ; 

él, no quería decir que pedía esa hospitalidad, 
por miedo a encontrarse con Ovidio de Eentería, 
en cualquiera parte que no fuese en presencia de 
Monseñor Labial, y, porque quería huir de esce- 
nas desagradables con doña Casilda, que reven- 
taría de celos, al saber el proyecto de su matrimo- 
nio, escenas que podrían hacerle gi'an mal, si llega- 
ban a ser siquiera fuese ideadas, por los sacerdo- 
tes de la Fonda, en los cuales vería él sus grandes 
sostenes de mañana, las fuentes vivas de su por- 
venir político, hacia el cual daba, con su matri- 
monio, un paso de escalada, más grande que aque- 
llos, con que los héroes de Homero, escalaban el 
cielo. 

Narciso Labial, concedió emocionado, aquella 
hospitalidad que se le pedía ; la concedió con un 
gran placer, turbado por el extraño encanto de 
aquella reconciliación, y, los enormes fenómenos 
que se sucedían en su alma, llena de una exquisi- 
ta sensibilidad, tan grande y, tan profunda, que 
se exasperaba hasta una como epilepsia de su pro- 
pio sueño ; 

y, León Vives, que alzaba ya el rostro consola- 
do, lo fascinaba, con la ternura latente de sus 
grandes ojos, que aun serenos, quedaban tristes, 
como un brazo de mar estremecido, donde ha pa- 
sado un naufragio... 

y, se retiraron a descansar, ya muy tarde, cuan- 
do la corona de la Noche se ajaba como una flor 



188 VAKGAS VILA" 

enorme, sobre las cimas del Alba, y el día, hacía 
florecer extrañas caravanas de jacintos, sobre el 
agua crepuscular de los estanques, que parecían 
petrificados... 

bajo los cielos desmesurados, había gran calma ; 

de los candores de tantas flores, que había en 
el prado, se alzaba una alma... hacia las cimas de 
.los cipreses... 

las candideces de los nenúfares y de las rosas, 
se hacían luminosas, en la transfiguración de las 
tinieblas, hechas cuasi tenues nieblas, al presen- 
timiento del día ; 

se abría, sobre el mar violescente de la hora, 
la crisáhda augusta de la aurora ; 

y, las alas del tiempo, se plegaban sobre aque- 
llas dos almas, que imploraban diciendo, a la mu- 
dez enorme del Destino... 

j oh ! Dios, ¿dónde está nuestro camino?... 



Porque era tiempo de encadenar el vuelo de su3 
ficciones ; León lo encadenó ; 

y, porque era ya tiempo de capitular con la 
Eealidad, León capituló ; 

feliz estaba, feliz de ver cuánto es el poder de 
la Mentira sobre la tierra, y, cómo el hombre fuer- 
te, no es aquel que alza la cabeza, sino aquel que 
la oculta ; 

y, cómo en las luchas de la vida, la fuerza ma- 
yor, no es la del león, sino la del áspid ; el rugido 
denuncia al león, he ahí su debilidad ; la serpien- 
te es silenciosa, he ahí su fuerza ; la garra deja 
huella, y, la huella orienta al cazador ; por la ga- 
rra muere el león ; deslizarse sin dejar huella en 
el boscaje, ésa es la última victoria de la víbora ; 

la astucia, decía León Vices, la astucia vence 
al Mundo ; si yo fuese Eey, levantaría un templo 
a la Hipocresía, y me adoraría en él ; pero, ¿qué 
templo no es levantado a la Hipocresía, desde que 
es levantado a la Virtud ? 



ICO VAEGAS VIL A 

el gesto de todos los teomegalómanos, que se han 
hecho pasar por dioses y por Cristos, ¿qué otra 
cosa es que la máscara pacífica del Orgullo, es de- 
cir : la Hipocresía? y, esos grandes hipócritas, tie- 
nen templos : Buda los tiene. Cristo también ; 
¿y, yo? yo también los tendría, si hubiese nacido 
en otros tiempos y, en otras latitudes ; 

para ser un dios, lo tengo todo, no me sobra sino 
el genio ; eso también me estorba para ser un gran- 
de Hombre... me conformaré con ser un Santo, y, 
Bizancio, me adorará... 

Bizancio, era la ciudad cretina, que se veía des- 
de sus ventanas, y se extendía loma abajo, con sus 
techos rojos, como una gargantilla de corales, in- 
cendiados por el sol... 

y, el Santo, reía, reía de verse admirado... y, 
su sonrisa, era como un halo de desprecio, alzado 
en el oriente de la ciudad rastrera, que el ruido de 
su virtud, llenaba como un prestigio... 

el Desprecio, era una parte de su elevación ; 

despreciarse, es la derrota de Sí j\Iismo ; des- 
preciar, es la Victoria sobre los otros ; y, él sabía 
despreciar; es decir: sabía vencer... 

los parlamentos para hablar del matrimonio ini- 
ciáronse entre la f amiba de Kentería y, Monseñor 
Labial, en los propios salones de éste, y, ausente 
León de las primeras conferencias ; 

la familia mostróse feliz, de la victoria de Mon- 
señor, que había logrado apartar al tenaz catecú- 
meno, del insensato proyecto de recluirse en un 
convento, dejando atrás un milagro suyo, ya flore- 
cido en el vientre de Magdalena ; 

autorizado por su discípulo, Narciso Labial, hi 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 191 

zo la promesa legal del matrimonio, y, fijó la fe- 
cha, que debía ser inmiediata, porque las huellas 
del Santo, crecían sin precauciones, y, pronto se- 
rían visibles a los ojos de todos ; 

el Señor de Eentería, era feliz de casar su hija, 
enfermiza y est-orbosa, de la cual nunca había pen- 
sado verse libre, porque no creía que hubiese hom- 
bre bastante valiente, para echarse encima la 
carga de aquella epiléptica, medio idiota, conde- 
nada, con el andar del tiempo a la imbecilidad com- 
pleta, y, asaltada de continuos y, repugnantes ac- 
cesos, que la haoían horrible de ver ; 

casando esa hija y, enviando a Ovidio a Euro- 
pa a estudiar, quedaba completamente libre, para 
dedicarse a una querida joven y muy bella, a quien 
recientemente había montado casa, y de la cual 
se sentía verdaderamente enamorado ; 

de su mujer no se preocupaba ; aquel caparazón 
ambulante de iglesia en iglesia, lo tenía sin cui- 
dado. 

— Ni un jesuíta, sería capaz de meterle el dien- 
te — decía riéndose ; 

sin embargo, después del mileigro de León Vi- 
ves, todo lo creía posible. 

■ — Es tan sucio ese chico — decía — , que es ca- 
paz de haberme adornado la cabeza. ¡ Jesús ! ¡ y, 
qué valor ! 

Doña Beatriz, ya apaciguada, accedía gustosa 
también ; ora porque su Orgullo permanentemen- 
te hfpertrofiado, no habría resistido la terrible he- 
rida de la deshonra ; ora porque así, tendría a León 
más cerca, ya para sus necesidades de escritora, 
ya para sus quehaceres de ostentosa filantropía ; 



192 VAKGAS VILA 

ora, porque sentía un secreto, iiTesistible encan- 
to, a la idea de tener siempre cerca a sí, y, con 
mayor intimidad, aquella figura de joven, tan ex- 
quisitamente blanca, con aquellos ojos tan tristes 
como un crepúsculo inolvidable, y, la piel de aque- 
llas manos, tan suaves, como los pétalos de un ge- 
ranio, tropezado en las tinieblas ; 

y, la vieja, beata y socarrona, se sumía en un 
éxtasis sin palabras, a la sola idea de tener siem- 
pre cerca de sí, y sumiso a sus caprichos, a aquel 
que sería su hijo político, y cuya delicada belleza 
de Evangelista desterrado, había obsesionado, más 
de una vez sus horas solitarias, de implacable 
deseo ; 

porque el deseo de la carne, es en la mujer, aque- 
llo que nunca muere ; el alma de la mujer, es el 
deseo ; 

aun en una momia milenaria, si esa momia es 
de mujer, vive el deseo ; si la tocan manos de hom- 
bre, la arcilla perfumada se estremece, y, sus la- 
bios se tienden hacia el beso... 

no hay, sino una Eternidad : el Deseo, en la 
mujer. 

Magdalena, que amaba a León, con un amor de 
hipnotizada, y, en cuya boca, las huellas de sus 
labios, habían dejado nostalgias de cielo, fué feliz 
a la idea de su próximo matrimonio, que le per- 
mitiría de nuevo, el estremecimiento divino, de dor- 
mir sobre su corazón ; 

cuando Monseñor Labial, radiante de su victo- 
ria, comunicó a León, la fecha del matrimonio, 
éste se refugió en el último escrúpulo : no tenía di- 
nero, ni siquiera para hacer su equipo de novio. 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 193 

Monseñor Labial, cuya alma era un huerto de 
bondad, abierto a todos, y en el cual, aquel que 
entraba podía cualquiera que fuese, coger una 
flor, vino en su ayuda, y, le ofreció facilitarle al- 
gún dinero, que con los otros que en varias oca- 
siones le había dado, León le devolvería al coger 
la herencia de su mujer ; 

éste era un sacrificio verdadero en Narciso La- 
bial que no era rico, y, cuya vida ostentosa, le 
obligaba a grandes gastos, aumentados ahora por 
su enfermedad, que le impedía las tareas de su 
profesorado, que tanto le redituaban. 

León, le agradeció en un gesto sin palabras, y, 
como si el genio de la Gratitud, le subiese todo a 
los labios, tomó la mano de Monseñor Labial, y, 
la llevó a ellos, silenciosamente, apasionadamen- 
te, con el fervor de una promesa y, la solemnidad 
d*e un pacto ; 

para ayudarse en sus otros gastos, León resol- 
vió la venta de su casa; 

su casa, era, la posada de doña Casilda, de la 
cual, se había hecho hacer primero, hipoteca, por 
pequeños empréstitos, y, luego, un documento de 
venta ficticia, para librarla de los acreedores, ha- 
bía dicho él ; 

doña Casilda, que esperaba impaciente el regre^ 
eo de León, segura de solazarse largamente, des- 
pués de tan forzada continencia, no vio llegar en 
camt)io, sino un abogado, unos peritos avaluado- 
res, y, un comprador de la Fonda ; 

la pobre mujer, estupefacta, no creía a sus pro- 
pios ojos... 

— ¿Qué iban a hacer? ¿vender su casa? pero, 

BIZANCIO. — 14 



194 VAEGAS VILA 

si eso era de ella, comprado con el dinero de su po- 
bre marido, que en paz descansara. 

— ¿Y, este documento? — le decía el Abogado. 

— Esa era una comedia entre el Señor Vives y 
yo, para salvar la casa... es verdad, que yo le debo 
algo a él, pero mi casa, mi casa es mía. 

— Usted, está loca, Señora ; esta casa es del Se- 
ñor Vives... 

- — ¿Entonces, ese hombre me roba? ; ese hom- 
bre es un ladrón... 

hubo un momento de estupefacción general ; to- 
dos miraron a lá mujer, como si estuviese ebria ; 

el abogado, presa de una indignación que no era 
fingida, calóse los lentes, miróla fijamente entre 
compasivo y severo, y, di jola solemnemente : 

— ¡ Señora ! no blasfeme Usted ; ese hombre, es 
un Santo... 

y, todos aprobaron, repitiendo, si no con los la- 
bios, con el alma : 

— Es un Santo... 

loca de dolor, dcña Casilda se refugió en el Co- 
medor, para contar a todos su desventura. 

— Se me echa a la calle ; se me roba, se me roba 
— gritaba desesperada ; 

los clérigos, que en aquel momento, entre pla- 
to y, plato, comentaban las últimas crónicas de 
los Ejercicios Espirituales, sobre las maceracio- 
nes, los éxtasis y, la elocuencia de León Vives, que 
otros eclesiásticos les habían referido, alzaron ató- 
nitos las cabezas, ante aquel hura-cán de gritos, que 
venía a perturbarlos en sus piadosas disquisiciones ; 

algunos creyeron a la patrona, atacada de locu- 
ra imprevista. 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 195 

— Pero, ¿qué le pasa a usted? 

— Que me roban. 

■ — ¿Quién la roba? 

— Ese hombre, ese hombre... 

y, entre sollozo y lamento, contaba su desventu- 
ra ; ¡ León Vives, vendía su casa ! León Vives, la 
robaba... 

pálidos de coraje incontenible, algunos quisieron 
taparle la boca ; otros cubriéronse los oídos, cual si 
el eco de aquellas blasfemias, los lastimasen hasta 
el dolor ; los más quisieron echarla fuera, diciendo : 

— ¡ Está loca !... 

mas, cuando ella volvió sobre la acusación ya no 
la toleraron. 

— ^¡ Calle Usted, Señora ! Calle Usted ; ese hom- 
bre es un Santo... 

y, hasta la vieja criada que los servía, exclamó 
compungida, levantando los ojos hacia el cielo : 

— Es un Santo... 

ningún Abogado de la Ciudad, quiso encargarse 
de la causa de la Señora, y, en todas partes, de 
todas las bocas, ella no oía, sino la misma frase... 

— Es un Santo... 

Bizancio, aclamaba a su Profeta... 



Así, cuando días después, el nuevo dueño de 
la casa, vino a tomar posesión de ella, con curas y 
todo, y, no hubo ya lugar para la rebehón, y, obli- 
gada por la policía la pobre mujer que aun no 
creía en su desgracia, se vio obligada a abandonar 



196 VAKGAS VILA 

su casa, sin poder sacar de ella, nada, porque todo 
se lo arrebataban, y con un envoltorio bajo el bra- 
zo, envoltorio que contenía todos sus enseres, se 
halló en la calle, a la intemperie, camino de la mi- 
seria y de la muerte, ya, no se quejaba... 

abatida, resignada, anduvo por la ciudad hos- 
til, sin saber a dónde refugiarse... 

y, de tarde, a la luz de un sol occiduo que moría 
sobre la ciudad, como un Bey hecho mendigo, en- 
tre harapos de nubes desgarradas transida de 
frío, de hambre y, de dolor, se dejó caer sobre las 
gradas de una fuente pública, reclinó la cabeza 
sobre el envoltorio negro, escuchando caer el cho- 
rro murmurador, que él también parecía decir 
reuniendo en su cristalina monotonía, las voces to- 
das de Bizancio... 

• — Es un Santo... es un Santo... 



^ 



El matrimonio de León Vives, fué un aconte- 
cimiento sensacional, en la pequeña ciudad, orgu- 
llosa y, meditativa, hecha a los comentarios y a las 
glosas, de los hechos, aun los más triviales, que pu- 
dieran turbar su monotonía fangosa, de pantano ; 

la prensa local, se dejó ir ingenuamente a las más 
extrañas apreciaciones ; 

las palabras prestigiosas, y las prosas sonoras, 
no faltaron con sus reflejos y, sus opulencias, ha- 
ciendo de su retórica, un tapiz de flores nupcia- 
les, inapreciables de cretinismo ; 

pero, la que batió el record, en esa carrera del 
ridículo, fué la prensa dicha democrática, cantan- 
do como victoria suya, esa en que según ella : «un 
hijo del pueblo, se encumbraba, por el solo ¡}iéri- 
to de su talento, hasta la cima de la sociedad» : 
ésos eran sus gráficos decires ; 

la prensa conservadora y clerical, fué rica en 
elogios para el joven polemista, y quemó toda la 
mirra de sus pebeteros tipográficos, ante la hidal- 



198 VAEGAS VILA 

ga actitud del rico banquero, que hacía el bello 
gesto de dar a la democracia naciente la más en- 
cantadora flor de su jardín ; 

y, todos se inclinaban ante el paria de genio, he- 
cho rico ; y, no por genio, sino por rico, lo adu- 
laban ; 

pero, la que hizo su Agosto, fué la prensa joco- 
sa y, centavera ; la caricatura fatigó sus lápices y 
sus tintas ; las hubo esphituales y groseras, ningu- 
na genial, pero todas de una crueldad exuberante ; 

la Pucelle, o sea León Vives, hizo el gasto ; se 
le presentó en las actitudes más cómicas y, aun 
las más arriesgadas y grotescas ; el caso de su vir- 
ginidad, al fin vencida, era el objeto de todas ellas ; 
y, las dudas sobre su virilidad era el de otras ; 

allí, se le representaba con velo blanco y corona 
de azahares ; más allá con el yelmo y, la coraza de 
Juana de Arco, defendiendo su sexo, de las seduc- 
ciones de su esposa ; en otra, él y IMagdalena, ves- 
tidos de blanco, y con sendos velos y coronas, mi- 
rándose indecisos, y al pie, irónicamente deforma- 
do, el título del conocido cuadro : «Al ñn solas)i... 

pero, la de más intensa y ruda desfachatez, fué 
una que tuvo que recoger la pohcía, apenas circula- 
da, y que representaba a Monseñor Labial, des- 
mayado en brazos de doña Casilda, y al pie, el fa- 
moso verso que pinta a Mario ante las ruinas de 
Cartago, pero parodiado así : «Y las dos viudas, se 
consolaban mutuamente» ; 

la ceremonia fué pomposa ; de pompa y lujo bur- 
dos, pero desbordante de riqueza. 

Monseñor Labial, liaciendo un supremo esfuer- 
zo, se hizo llevar a la Capilla, para ser él quien 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 199 

diera la bendición a los esposos, dando con su pre- 
sencia inusitado esplendor a la festividad ; 

y, fué allí, llevado por León, que en la red ar- 
tificiosa de sus mentiras, hízole creer que sin su 
presencia, él vacilaría, y, no tendría el valor de 
cumplir el sacrificio ; 

mi expiación, llamaba él su matrimonio, y ofre- 
cía ese sacrificio a su Maestio, como la flor más 
preciada de su afecto, la gran renuncia definitiva 
a los sueños de su vida ascética ; y lloraba, ante 
este mudo plegamiento de los cielos de la Contem- 
plación, sobre su pobre frente castigada ;... y, ha- 
cía el gesto de someterse a su Destino, como un 
pobre ser miserable, que no tiene ya la fuerza de 
luchar ; y, cada lágrima que vertía, parecía que 
fuese, la última gota de sangre de su corazón caí- 
da sobre las manos de su Maestro ; 

y, con ima voz cuchicheante, acariciadora, ha- 
blaba de su vida de colegio, y, del dolor de aban- 
donarla ; y, la ternura de sus ojos velados por el 
llanto, era extática como ante la visión de un pai- 
saje querido, que se borra en la sombra ; 

durante la ceremonia, estuvo grave, meditati- 
vo, como si escuchase todas las responsabilidades 
de un Destino taciturno, llorar en su corazón ; 

no miraba a su mujer, el azul de cuyos ojos lu- 
minosos, parecía devorarlo, con la suave manse- 
dumbre de un río profundo... 

él; no tenía ojos sino para el altar, donde la ver- 
dad física, del Cristo transfigurado, tenía en la es- 
tela luminar de los cirios, una expresión espiri- 
tual de suprema belleza, que lo hacía casi divino. 

]\Ionseñor Labial, con la muerte en el alma y, 



200 VAEGA3 VILA 

en el cuerpo, sentado en su sillón armoriado, cual 
si fuese la estatua yacente de un bello Papa, hizo 
a los desposados un pequeño discurso, lleno de la 
simplicidad exquisita y, la imprescindible elegan- 
cia, que era una propiedad personal de aquel Pe- 
tronio de la Iglesia ; 

durante el discurso, cual si una fuga de recuer- 
dos pasase por el horizonte blondo de luces, en el 
vuelo cautivo de las mariposas azules que fingía el 
humo ante sus ojos, llenos del divino esplendor de 
una visión, León, ocultó el rostro entre las manos, 
y se le oyó sollozar, en pausas rimadas, casi tan 
dulces como la música del órgano ; 

y, cuando alzó el rostro bañado de lágrimas, 
hacia su Maestro, que había callado, sus ojos iri- 
sados, como de agua- removida, tenían la misma 
expresión de gratitud, de un adolescente en con- 
valecencia, que deja el lecho, para mirar el Sol. 

Monseñor Labial, temiendo que la emoción de- 
masiado fuerte hiciera mal a León, apresuró la 
ceremonia ; 

y, los desposados abandonaron el templo, en- 
tre dos filas de flores, y, el sonoro cántico que des- 
cendía del coro en la trama orquestal de sus mo- 
dulaciones, como una gran salutación de paz, a los 
dos seres felices, que bajo las volutas iluminadas 
con reflejos meteóricos, entre las altas columnas, 
cuyos capiteles semejaban vegetaciones extra te- 
rrestres, iban como sobre las ondas de un río de 
Ensueño, hacia la Ventura y, hacia el Amor. 



>^ 



De día en día, de hora en hora, la enfermedad 
que destruía, la fuerte constitución de Narciso 
Labial, siguió creciendo, hasta reducirlo si no al 
lecho, porque era rebelde a esta forma de reposo, 
sí a la inmovilidad relativa, en un sillón, entre el 
suave coro de sus discípulos que lo rodeaban so- 
lícitos, y los cuidados de la alta sociedad, que no 
lo abandonaba un momento ; 

ese hombre, que tenía el amor intenso y profun- 
do de todas las voluptuosidades de la Vida, amaba 
las flores, los perfumes y, la música, con una pa- 
sión oriental, y una exquisitez, de Príncipe flo- 
rentino, en la era medioeval ; 

la intensa armonía del perfume, y la música, lle- 
naba su alma de una magia indescriptible, en la 
cual, no sus pensamientos, sino sus sentimientos, 
se abrían dulcemente, con crepitaciones de lotos, 
y las visiones de sus sueños de una luminosa y, 
tierna animalidad, voloteaban, como cantáridas 
de fuego, animadas y fulgentes, sobre el esnejo ta- 
citurno de un lago bituminoso ; 



'•2 VARGAS VILA 

así, su habitación era siempre, sonora y perfu- 
mada, como un jardín pletórioo de pájaros ; 

él mismo, era un músico notable ; músico sin 
genio, pero lleno de virtuosidad, que sabía impreg- 
nai- de un enorme perfume de Ensueño y de Amor, 
todas las cosas que tocaba, desde los instrumentos 
hasta los corazones; y, las teclas del piano, como 
las almas de los niños, se hacían soñadoras a su 
contacto, como llenas de una melodiosa melan- 
colía ; 

enfermo, ya no tocaba el piano ni el violín ; pe- 
ro amaba que sus discípulos, que de él habían 
aprendido, los tocasen en largas soirees musicales ; 
y bajo el encanto y, la fascinación visible de la 
música, su alma parecía transfigurarse en un sue- 
ño, y, se alzaba armónica en el aire, siguiendo los 
acordes de la música, como una bella llama de al- 
cohol, movida por un viento melódico ; mientras 
afuera, bajo los cielos serenos, el jardín penum- 
broso, sollozaba, como un inme-nso corazón de cris- 
tal, que se hubiese hecho humano ; 

de esas reuniones, estaba ahora ausente León 
Vives, con largas ausencias, que se hacían no- 
tables ; 

desde los primeros días de su matrimonio, co- 
menzó a alejarse lentamente de su Maestro, del 
cual, ya no necesitaba ; 

a las personas serias, que le preguntaban el ]Kir 
qué de esas ausencias, él decía : 

— ¿Sabe Usted? yo, antes no vivía en el mun- 
do ; ignoraba ciertos decires... los he sabido des- 
pués... esas calumnias son tan dolorosas... pero, 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 203 

hay que preservarse de ellas... en mi edad, en mi 
posición... yo, soy un hombre casado... 

a otros : 

— ¿Visitar a Monseñor Labial? eso es imposi- 
ble ; siempre rodeado de jóvenes... atmósfera de 
ligereza y de elegancia, gente sin seriedad. Mon- 
señor morirá de viejo, y no se hará nunca serio ; 
eso alimenta las calumnias ; un hombre que se 
estima, no puede frecuentarlo... ¡yo, lo quiero 
tanto! pero, mi posición... no puedo comprome- 
terla ; no puedo ; 

y, a los amigos íntimos, antiguos condiscípulos 
que le hablaban sobre el particular, decíales, con 
ese cinismo frío, como la hoja de un puñal y que 
le era característico : 

— ¿Qué queréis? yo, soy ya un hombre casado ; 
tengo otros deberes ; no se puede servir a dos se- 
ñores... 

y, diciendo la frase evangélica, guiñaba el ojo, 
y reía con esa risa sin sonoridades, que era como 
el movimiento de labios de una víbora ; 

pero, se guardaba bien de decir la verdad, de de- 
cir que no iba a ver a Monseñor Labial, por temor 
de que le recordase los ocho mil francos, que le ha- 
bía facilitado en diversas ocasiones, y, últimamen- 
te para su matrimonio ; 

él, sabía a Monseñor Labial, en grandes apuros 
financieros, a causa de su vida dispendiosa y de su 
generosidad ilimitada ; sabía que sus depósitos es- 
taban agotados en los Bancos, y que la bondad de 
sus amigos ricos, había debido ir varias veces en 
su auxilio ; y, en vez de pensar en ir a su soco- 
rro, él que tanto le debía, sólo pensaba en robar- 



20i VARGAS VILA 

lo miserablemente, pues su esperanza secreta, era 
que ]Monseñor Labial, muriese repentinamente, 
como estaba amenazado, antes de firmarle el do- 
cumento por los ocho mil francos, que con tanta 
instancia le pedía, pues era lo que pensaba dejar a 
dos hermanas solteras, que caso de su muerte, que- 
darían desamparadas ; 

así, iba rara vez, y siempre con precipitación, 
acompañado de amigos, de manera que Monseñor 
Labial, no pudiese hablarle nunca sobre el par- 
ticular ; 

éste, herido en su delicadeza, por aquel olvido 
voluntario no se quejó ; el recuerdo, que es la más 
fuerte de las voluptuosidades, laceró su corazón, 
unos días, pero luego, abriendo los ojos, poco a 
poco, sobre el abismo y, la miseria de aquella al- 
ma, sintió en medio de su inevitable abandono, 
morir todos los días, una a una las grandes ternu- 
ras de su corazón, como las lámparas de un altar, 
que se apagan lentamente en torno al Ídolo ; y, no 
las encendió más ; fué más fuerte que su corazón ; 

la revolución de sus sentimientos, se licuó en un 
gran desprecio, por aquel que lo abandonaba des- 
pués de haberse enriquecido, y como no se sentía 
solo, porque se veía siempre, sitiado por otras ter- 
nezas, olvidó desdeñosamente a aquel que había 
entrado por sorpresa en su ahna, para robarla, en 
los tesoros de su amistad. 

— Tiene una alma de ratero — solía decir en 
sus soliloquios ; 

pero, se cuidaba de expresar nunca su disgusto 
contra él ; tenía el alma demasiado aristocrática , 
para eso ; en esos casos, el reproche es una Vulga- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 205 

ridad ; el Olvido es la aristocracia del corazón ; 

a León, no le convenía, que Monseñor Labial 
se disgustase abiertamente con él, porque su in- 
fluencia en la alta sociedad era decisiva, y, podía 
serle perjudicial, entonces que se empeñaba se- 
riamente, en fundar su diario católico, con im- 
prenta propia, haciendo de él, una verdadera em- 
presa, política y comercial ; 

y, así, hacía apariciones intermitentes, siempre 
acompañado de algunos amigos, a los cuales decía : 

— Por favor ; no me dejéis solo con INIonseñor 
Labial... yo, he comulgado esta mañana... 

y, callaba, extendiendo la austeridad de su ros- 
tro, como un manto, sobre la infamia de su propio 
corazón ; 

pero, un día, recibió una carta urgente de Nar- 
ciso Labial, llamándolo con precipitación ; él, ha- 
bía leído por la mañana, en los diarios, que Mon- 
señor estaba muy grave, y esperaba de un mo- 
mento' a otro, la noticia de su muerte, que lo li- 
brara de un acreedor molesto ; 

preguntó al sii^viente, si había alguien con Mon- 
señor, y, al saber que muchas personas lo rodea- 
ban, no vaciló en ir. 

Narciso Labial, yacía cuasi examine, sobre el 
gran sillón de seda púrpura que lo envolvía en un 
halo fulgente, bajo la gran llama del sol, ya occi- 
deríital, que diseminaba un polvo de oro, por la 
gran calma del salón, lleno como de imágenes flo- 
tantes, y, coronaba su bella cabeza prelaticia, de 
Belvedere vencido, como de una diadema simbó- 
lica de rosas amarillas, crecidas en los parajes in- 
nombrados de la Muerte ; 



206 VARGAS VILA 

su gran bata de seda cubría todo su cuerpo, co- 
mo un peplo suntuoso, del cual sólo se veían sa- 
lir los pies, enormemente hinchados, calzados de 
calcetines rojos, que los hacían aparecer como dos 
amapolas enormes, prontas a reventar en sangre, 
y la cabeza inmensamente pálida, con sus ojos es- 
meraldinos, llenos de una extraña luz, que se diría 
glauca ; 

y, parecía como rendido, bajo una enorme ala 
solar ; 

sobre el sofá donde moría un reguero de fulgo- 
res cuasi blancos, de la tarde hecha exangüe so- 
bre el cielo, 3'acía un violín, cuyas cuerdas pare- 
cían estremecidas aún por la caricia del arco, que 
había hecho vibrar en ellas, raudales de melodía, 
evocando el alma de los músicos muertos, que 
como un río de múltiple belleza, recorre el mundo, 
en una sucesión de paisajes mentales, vastos como 
la Vida ; 

ahora, el instrumento 5^acía inerte, como el pa- 
bilo de una llama extinta, esperando que nueva 
mano férvida viniese a arrancarle, los secretos de 
su alma sonora, en una cromacia de armonías, co- 
mo en una sucesión de auroras ; 

el piano abierto, mostrando sus teclas blancas, 
parecía una bella boca de mujer, que hubiese aca- 
bando de cantar y sonriese en el silencio ; 

en aquella calma, aun vibrante y seminoctur- 
na, donde la atmósfera misma, parecía llena de 
una sensibilidad afectuosa, de melodías muertas 
y de corazones vivos, entre la tenuidad de las flo- 
res, y, los fulgores hechos opalinos de la hora, so- 
naba la respiración fatigosa de Narciso Labial, y 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 207 

a intervalos, su voz, esa voz cantante y suave, be- 
lla aún, como si su alma toda sonase en ella, en 
esas palabras áe una opaca armonía, que subían a 
su boca, del fondo de su alma insatisfecha, como 
un himno a los amores difuntos y, a las voluptuo- 
sidades ya imposibles ; 

el perfil de su rostro, hecho más suave, bajo la 
nivea palidez, dejaba ver el relieve delicado de los 
labios, cuasi blancos también, hgeramente abier- 
tos para una sonrisa, tal los bordes de un pebetero 
de ámbar, del cual se escapase, un leve humo de 
mirra ; 

no había ni sacerdotes, ni hermanas de caridad, 
ni Cristos agonizantes, ni nada que hablase de la 
Muerte, en aquella cámara de enfermo, suntuosa 
y, perfumada... 

no había sino adolescencias, flores, melodías ; 
todo lo que podía hablar de la Vida, a la carne pro- 
funda y turbada de aquel hombre, que había sido 
un río de obscura voluptuosidad sobre la tierra ; 

los discípulos, rodeaban al Maestro, en una 
charla amable, como empeñados en mantener la 
ilusión de una larga vida, en torno a aquel, que 
hacía meses, veían extinguirse suavemente, con 
la armonía gradual de un fulgor estelar... 

y, éste, los oía, cuasi inmóvil, con una mirada 
llena de intensidad de llama, como si su alma re- 
viviese y se avivase en la noche y, sonreía, como 
ahogado en una onda de languidez divina, mien- 
tras su mano, estrechaba por turno, la de aquel, 
de los del cenáculo que más cerca estuviese, o po- 
saba la blancura de sus labios exangües, sobre 
aquellas cabezas queridas buscando reanimarse a 



208 VAKGAS VILA 

su contacto, con la tristeza inconfesada, de todo 
lo que ha sido y, no sería ya... 

su deseo exasperado, se hacía suave en su impo- 
tencia ; sus manos inquietas, erraban sobre los 
cuerpos adolescentes, que una invencible tendencia 
física le hacía acariciar, indemne ahora, de toda 
pasión que no fuese la del hábito ; 

en todo el ambiente había una paz divina, que 
se trasfundía en las almas, las cuales se recogían 
por momentos en el silencio, como en vastas ex- 
ploraciones interiores, ascensionales sobre el río 
de los recuerdos ; 

después, las voces juveniles, tomaban otra vez 
su vuelo, asustadas de haber callado, libres y feli- 
ces, como pájaros al Sol ; 

y, el Maestro, sobre el terciopelo del sillón, que 
le daba sus caricias, se diría un mármol de Paros, 
caído de su zócalo en el claro silencio de una no- 
che estival ; 

y, en torno a él, las cosas, eran bellas y, elo- 
cuentes ; los colores, el aire, el silencio mismo, se 
magnificaban... 

en el jardín cercano, susurraban las fuentes, su 
lenta cantinela, junto a los rosales, que se dirían 
de oro, bajo el cielo desolado, hecho amarillo, en 
la acre palidez de la noche creciente, que parecía 
hacerse desmesurada, como sobre una estepa de- 
sierta ; 

los pinos del jardín reflejándose en los vidrios de 
las ventanas en rm fondo de oro rojizo, semeja- 
ban, ángeles magníficos, vistos a través del vidrio 
de un Icono ; 

en la cámara llena de sombras y, de luces inse- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 200 

guras, los discípulos velaban, llenos de una soli- 
citud, y, una inquietud filiales ; 

y, sólo se escuchaba la respií^ación de Narciso 
Labial, hecha más angustiosa y, sin embargo rít- 
mica, como el vaivén de los cipreses, que seme- 
jaba la oscilación de grandes alas fúnebres, mo- 
viéndose en la sombra ; 

si aquello era una agonía, era la agonía de un 
Sócrates bello, que tuviese el alma de un Alcibía- 
des, pero un Sócrates sin retórica, que supiese 
morir en Belleza, sin preocuparse de los gallos sa- 
grados, ni de sofistiquear con Tritón, sobre la In- 
mortalidad del Alma, y, cuidadoso más bien, de 
acariciar, como última cosa bella y viva, la cabe- 
llera del discípulo más cercano, como aquel otro 
la de Fedón. 

Narciso Labial, moría, como había vivido, en 
ima indolencia sabia, que era como una inocencia 
de la Vida, de la cual había sabido, no extraer 
sino el licor de la felicidad ; 

ardiente abeja escapada de los jardines de Lot, 
no había sabido beber sino la miel incendiada de 
los panales prohibidos, y, moría ebrio de ella, son- 
riente en las sensaciones voluptuosas, que le da- 
ban, las flores, la música, la belleza adolescente, 
como la amplia vibración, de un enorme abanico 
melodioso y perfumado, que las manos invisibles 
de la Muerte, agitaban sobre él para dormirlo, dúl- 
cemete, suavemente, en su regazo ; 

moría, feliz, como había vivido ; 

había sido un epicúreo nato, al cual, ninguna 
otra teoría, sino la de su propia carne había prepa- 

BIZANCIO. — 15 



210 VAEG AS YILA 

rado para el culto del Placer, y el goce fructífero y 
ferviente de la A^ida ; 

bastante sabio para no dejarse guiar sino de sii 
solo Instinto, había ido en el bajel empavesado de 
su Deseo, aguas abajo, en el amable río de la Vo- 
luptuosidad, sabiendo coronar de rosas transfigu- 
radas, la frente de las Horas suaves, que había 
vivido sobre la Tierra ; 

feliz, porque no se había detenido jamás a pen- 
sar, a las orillas del mar taciturno, donde escupe 
la Vida, su oleada de verdades, moría como un 
pájaro ebrio de perfumes, de cantos y de sol ; 

en ese instante solemne, en que todo se entris- 
tece, él, no tem'a ni remordimientos ni visiones... 

moría tranquilamente, sin creer en la Muer- 
te, sin comprender, que iba poco a poco dejando 
ya las playas de la Vida ; 

¿creía en algo Narciso Labial? ¿en qué creía? 

sacerdote católico, no tenía en ese momento las 
angustias y, los temores, que asaltan a los hombres 
de su secta, víctimas del terror tradicional, de to- 
dos los que mueren, esperando la Sentencia Inape- 
lable del Supremo Juez ; 

parecía que hubiese olvidado a Dios, tan ausen- 
te estaba de aUí todo lo que recordase su pre- 
sencia ; 

sus manos, no acariciaban Cristo alguno, ni des- 
granaban cuentas de un rosario ; féi-vidas y, tenues, 
esas manos, se posaban por turno, sobre la faz atri- 
bulada de sus discípulos, que empezaban a hacerse 
tristes, y a los cuales, ya sus ojos, no veían clara- 
mente, y, vagaban erráticas, lentas, sabias, por 
sobre las formas aun inseguras de los bellos ado- 



Lx\ CONQUISTA DE BIZANCIO 213 

lescentes, con el encanto, tácito y agudo de un es- 
cultor hecho ciego, y que palpase en el mármol, las 
formas de su estatua predilecta... 

del jardín, dormido en la penumbra, ya no venía 
ningún ruido ; un Silencio expectante, pesaba so- 
bre las copas de los árboles y, la nieve floral de 
los rosales que eran como ciborios de ambrosía, to- 
cados de una extraña pesadumbre... 

el oro, verde y pálido del cielo, se había hecho 
gris, obscuro, ceniciento ; ninguna claridad caía ya 
sobre la frente del INIaestro, detenido a la orilla del 
Invisible Mar ; 

los discípulos encendieron la luz, que extendió 
sus blancuras conquistadoras, en la penumbra eva- 
nescente y, envolvió en su dulce fluido opalino, la 
esparcida tristeza de las almas, que se extendía 
allí como un insondable y angustioso follaje ; 

a la ola montante de claridades, el Maestro abrid 
los ojos, hechos como voraces, ante la huida disol- 
vente de la Vida ; sus ojos, sí voraces, mas no tris- 
tes, llenos de blondeces trasparentes, y de fastuo- 
sas luces azules ; y, una sonrisa de gracia fatigada, 
se dibujó en sus labios sensuales, que semejaban 
una ojiva donde mmiese el Sol ; 

ensayó hablar, y su voz, era cuasi insensible, pe- 
ro armoniosa y, como llena del exótico encanto, de 
algo muy enternecido y muy profundo, venido de 
invisibles lejanías ; 

extendió la mano pálida, que semejaba una ala 
blanca en la penumbra, hacia un gran ramo de 
gardenias recién cortadas, húmedas aún, que yacía 
en un florero cercano ; 

alguien se lo trajo, y él lo aplicó con pasión a 



212 VARGAS VILA 

sus labios, y hundió en él el rostro todo, cual si 
lo amase con un amor sublime, y su gesto era dul- 
ce, sin dolor, como de alguien que besa una boca, 
resplandeciente de juventud, y la cual se ha desea- 
do mucho ; 

y, quedó inmóvil, como petrificado de ventura, 
lleno de un ahvio infinito, cual si algo brillase den- 
tro de él, como una aurora, algo que lo inmovili- 
zaba, como atento a su corazón, que deslumhraba 
sus ojos fugitivos hacia el azul, y, consolaba su 
frente, ya cuasi hundida en la terrible sombra ; 

abismado en este encanto agudo del perfume, 
cual si acariciase algo palpitante, con las manos 
crispadas en éxtasis, permaneció unos minutos, 
durante los cuales, pareció vivir siglos, en el mara- 
villamiento de la emoción, y luego, con gesto fati- 
gado, pero tenaz, apartó una a una todas las flo- 
res, y, las repartió lentamente, a sus discípulos, 
con un gesto ritual, que recordaba al Sacerdote, 
como si hubiese querido darles con ellas, algo de 
su vida que se evaporaba, y, veía con un placer 
intenso, cómo las divinas olorosas, temblaban en 
las manos adolescentes, llenas a esa hora de una 
extensa emoción ; 

y, con gesto armonioso, al ofrecerlas, decía pa- 
rodiando al Cristo : 

— Tomad, guardad esa flor, ella es algo de mi 
Vida, que ha sido devorada ]:x)r vosotros ; 

y, acaso pensaba obtener una victoria fugitiva 
sobre el Olvido, magnificar su estéril sueño de Vi- 
da, donando a sus discípulos, parte de su alma, 
en el alma penetrante de aquellas flores, cuya do- 
minante belleza, tenía a esa hora, algo de quiméri- 



LA CONQUISTA DE BIZAXCIO 213 

co, en su extraño blancor, que parecía mortal ; 

el esfuerzo, lo fatigó enormemente, volvió a do- 
blar la cabeza en el respaldar del sillón, envuelto 
en el silencio, como en una mortaja anticipada..; 

en aquel momento, la figura de León Avives, apa- 
reció en el dintel de la puerta ; 

estaba intensamente pálido y, tenía un rostro de 
ocasión, hecho de gravedad y, de tristeza ; 

avanzó, caminando en las puntas de los pies, co- 
mo para no despertar al enfermo ; 

saludó a todos, con una inclinación de cabeza ; 
dio la mano a los más cercanos, y se sentó. 

— Esto va muy mal, ¿verdad? — preguntó a 
aquel que estaba cerca de él. 

—Sí. 

— Y, ¿qué dicen los médicos? 

— No quiere verlos. 

— Pero, ¿no siente su gravedad? 

— No le habléis de ella ; 

calló León, visiblemente contrariado, de ver que 
lo que él, creía asunto de horas, sería un asunto de 
días, y, aun semanas ; 

en la estancia, llena de una fascinante melanco- 
lía, no se escuchaba otro ruido, que el de la res- 
piración de jMonseñor, inmóvil bajo el topacio cam- 
biante de su veste de cámara, sobre la cual posa- 
ban sus dos manos inermes, cual si fuesen otras 
dos gardenias, olvidadas allí, esperando otros co- 
razones ausentes para ponerlas sobre ellos... 

la calma, llena de silencios y perfumes, parecía 
ganar las almas y las cosas, llenas de una inmovili- 
dad pensativa, como el dolor que surgía confusa- 
mente en el fondo de los corazones, porque los ado- 



214 VAEGAS VILA 

lescentes, se habían hecho tristes, como enterneci- 
dos hasta el fondo del alma, ante aquel espectáculo 
de profunda tristeza, y de terrible realidad que es la 
Muerte, y, callaban, como pareciendo escuchar la 
Noche, llena de ternuras difusas, que venían a 
ellos, como una queja, de la lejana ceguedad de las 
cimas, perdidas en el azul... 

León Vives, no lograba dominar su inquietud, 
y para hacer acto de ternura fdial, se acercó a Nar- 
ciso Labial, dobló una rodilla en tierra, tomó una 
de sus manos y, la llevó silenciosamente a los la- 
bios ; 

a ese contacto, el enfermo abrió los ojos ; la be- 
lla serenidad de su rostro se inmutó, y, con una 
voz sin ternuras, pero siempre profundamente mu- 
sical, dijo : 

— ¡ Ah ! ¿ eres tú ? 

y, quedó silencioso ; 

y, luego ordenó con la mano y, con la voz, que 
lo dejasen solo con León Vives ; 

éste, quiso protestar, pero fué en vano ; 

los discípulos obedecieron. 

León, que hasta entonces había fingido sollozar, 
fué el primero en tomar la palabra, para discul- 
parse de su ausencia. 

— Él, hubiera querido venir... j>ero... las malas 
lenguas... se decían tantas cosas... se le espiaba ; 
él, amaba mucho a su Maestro, y, por esa amis- 
tad estaba deshonrado... absolutamente deshonra- 
do... perdido... esa amistad era el arma de sus ene- 
migos ; con ella lo herían diariamente... y, él uo 
podía romperla... ] ah ! si él, hubiera sabido... 

y, prorrumpió en sollozos ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 215 

su Maestro, no ensayó siquiera consolarlo ; an- 
te aquella comedia cruel, la fascinante melancolía 
de su rostro, tuvo una contracción de disgusto, y, 
sin hacer alusión a las acusaciones cobardes, le ma- 
nifestó que lo había mandado llamar, para recor- 
darle el pago de los ocho mil francos adeudados, 
porque estaba muy mal de fondos, y, era lo único 
con que contaba para no morir en la miseria. 

León, hecho más pálido, le dijo entonces : 

— ¿Cómo pagaros? ¿es que no estoy deshon- 
rado por vuestra amistad? ¿no habéis con ella, 
arruinado mi reputación? ¿no tendré que cargar 
su recuerdo toda mi vida, como una cadena al pie ? 

¿por qué abusasteis de mi juventud y, de mi 
inocencia? ¿por qué envenenasteis mi sangre y mi 
alma? ¿y, aun exigís de mí, que venga a veros mo- 
rir en todo el esplendor de vuestros vicios? 

¿cómo podré disculpar mi actitud, ante mi mu- 
jer de quien estoy enamorado apasionadamente? 
¿cuánto arrepentimiento, cuántos años, cuántas 
lágrimas, serán precisos, para borrar ese peca-do?... 
¿cómo purificar mi cuerpo y mi alma, de las hue- 
llas de vuestra amistad profanadora? 

él, pediría a Dios perdón como lo pedía para 
Narciso Labial ; a eso había venido ; a' perdo- 
narlo... 

y, poniéndose de pie, cruzándose de brazos ; 
ante el enfermo, dijo enfáticamente, con gi'andes 
ge^os solemnes de absolución : 

— Yo te perdono mi inocencia mancillada ; te 
perdono mi vida deshonrada... muere tranquilo. 

— ¿Y mi dinero? — dijo Narciso Labial — ; yo, 
no te lo perdono... 



216 VAPtGAS VILA 

y, decía eso, con una sonrisa fría, llena del más 
insultante desprecio ; 

desconcertado León Vives, desconcertado y fu- 
rioso, de ver que su audacia no había producido 
el efecto deseado, que era matar a Monseñor La- 
bial, por el esfuerzo de una emoción tan fuerte, 
dijo entonces : 

— ¿Qué dinero os debo? ¿dónde está el recibo? 
ese dinero es mío... el fruto de mi honra ; ¿aca- 
so yo he nacido para instrumento gratis de los pla- 
ceres de otro? el que tiene un vicio lo paga... 

y, luego acercándose al enfermo, bien cerca de 
su rostro, le dijo la más vil, la más insultante pa- 
labra que se pueda decir a un hombre... 

como galvanizado de súbito, con un movimien- 
to ágil e imperativo, Narciso Labial, se puso de 
pie, y, con una violencia inesperada, cruzó el ros- 
tro del taimado con un bofetón sonoro. 

León retrocedió, su cobardía ingénita le acon- 
sejaba huir, huir ante aquel que él había creído 
muerto y, ahora lo abofeteaba... 

con un gesto de supremo orgullo. Monseñor, ex- 
tendía el brazo, mostrándole la puerta... 

— ¡ Salid ! — le dijo, y, volvió la espalda, que- 
riendo dirigirse hacia su alcoba... 

le faltaron las fuerzas, se agarró a la amn'ia 
cortina roja, que decoraba la puerta y se desplomo... 

estaba muerto ; 

la emoción y, el esfuerzo, lo habían matado ; 

al ruido que el maderamen que sostenía la cor- 
tina, hizo al desplomarse, los discípulos acudieron 
presurosos. 

Narciso Labial yacía en tierra y, por una ironía 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 217 

del Destino, el damasco rojo de la cortina, lo en- 
volvía, como la púrpiu-a de un César... 

y, la mano rígida extendía aún el índice como 
señalando a León Vives, y sobre la boca hecha 
severa, un gran gesto de cólera, la hacía elocuen- 
te, como si vibrase en su mudez el rayo de una 
Maldición ; 

se diría un Emperador bizantino, caído bajo el 
cuchillo de un Eunuco. 

León Vives, sacudido por los sollozos, gritaba 
cerca al cadáver : 

— ¡ Maestro ! ¡ Maestro querido ! i oh mi Maes- 
tro ! . . . 

y, cubría de besos la mano indignada que lo se- 
ñalaba aún, y, hacía esfuerzos inauditos por doblar 
el dedo rígido, siempre erecto hacia él. 

— ¿Cómo ha sido esto? — le preguntaban ios 
otros. 

— ¿Qué queréis que os diga? — respondía éste, 
entre acongojado y, violento. 

— i Las cosas de Monseñor ! se empeñó en que 
fuésemos a su alcoba, a su lecho ; yo no quería ; 
yo sabía que eso le hacía mal ; yo me opuse, él 
se obstinó... y, ya lo veis... antes de llegar al le- 
cho, Dios lo ha herido... 

y, sollozando, besaba las manos y el rostro del 
Maestro, llamándolo con desesperación ; 

los otros, lo miraban con estupor ; 

entre ellos había uno o dos, de sus antiguos con- 
discípulos, los flemas eran de otros años, posterio- 
res a él, y, completamente desconocidos, pero so- 
bre los cuales, el nombre de León Vives ejercía 
ya, una irresistible fascinación ; 



218 VAEGAS VILA 

los discípulos, pusieron el cuerpo sobre el le- 
cho, y, llamaron a un médico ; 

éste, no pudo sino certmcar la defunción ; 

un cura, llamado a toda prisa, dio la absolución 
al cadáver, y, hubo que buscar la llave del orato- 
rio, para sacar de allí un cruciñjo, y ponerlo en las 
manos del muerto, rebeldes a cerrarse, y, cum- 
pliendo su voluntad tantas veces expresada, los 
discípulos, llenaron el lecho de flores, de muchas 
flores, de todas las que se habían abierto bajo los 
cristales del crepúsculo y, el gran cielo nocturno, 
ahora lleno de vagas claridades... 

¡ y, reposaba allí, tan blanco como las rosas, el 
muerto que las había amado tanto ! . . . 

¡ y, era de ver, el espectáculo de aquellos jóve- 
nes, todos con la gardenia en el ojal, rodeando el 
lecho mortuorio, cual si se inclinasen sobre el ca- 
dáver de una bailarina, muerta súbitamente en el 
teatro ! . . . 

y, el Silencio se apoderó de las almas, un Si- 
lencio, que pesaba como una Noche ; 

y, sólo las miradas se encontraban en ese Do- 
lor, como una IMiseria, que implorara otra Mise- 
ria ; que eso es la mirada de los hombres sobre la 
tien-a ; un ciego, que pregunta a otro ciego, dónde 
está la claridad ; 

y, en la Vida, no hay eterno sino la Sombra... 

i la Sombra que nos impide ver la Vida ! . . . sin 
ella ; ¿quién sería osado a entrar en esa Soledad? 



^ 



El hombre es de tal manera esclavo, que cuan- 
do no erige a Dios en tirano de sus actos, erige 
los actos mismos, en tiranos de su Vida ; 

así, León Vives, vencedor en todos los terrenos, 
no fué ya, sino el esclavo de su Ambición ; 

su divisa : Vencer a todo trance, perdía a sus 
ojos su prestigio, a fuerza de realizarse ; 

y, su vida se hizo monótona, a fuerza de triunfar : 

fueron esos que siguieron a su matrimonio, años 
de vía ascendente hacia el pináculo de sus sueños ; 

no era feliz, ni podía serlo, porque como todo 
hombre superior, ponía su ambición, aún más allá 
de los límites de su Vida ; 

la condición de todo ser de excepción, es ser per- 
petuamente un insatisfecho ; sentirse superior a 
sus propios triunfos y, casi como extraño a ellos : 
toda victoria es inferior a sus propios sueños, y, 
resulta entre sus manos, algo así como las ceni- 
zas de un sol, que lo entristece después de haber- 
lo deslumhrado ; 

y, como él, no tenía la religión del Amor, ni el 
culto del Deber, la orfandad de esos dos fantas- 
mas," hacía solitaria su vida íntima, árida como su 
corazón ; 

el instinto familiar, esa virtud de los animales 
inferiores, no la tenía él, y por eso su hogar, co- 
mo su alma, era también otra soledad ; 



220 VARGAS VTLA 

su mujer, le ]iabía dado tres hijos : el primero, 
había nacido seis meses después de su matrimo- 
nio, lo cual había exacerbado la verba mordaz de 
sus contrarios, que había disquisicionado salerosa- 
mente, sobre las ventajas procreadoras de dos vir- 
ginidades que se ayuntan ; 

después de aquel parto, su mujer había queda- 
do inválida, completamente paralizada, y, no po- 
día andar sino en un cochecillo de mano, que guia- 
ba ella misma por los aposentos, casi siempre de- 
siertos de su casa ; su mentaUdad que ya era exi- 
gua, disminuyó aún más, y, su belleza delicada, 
desapareció casi por completo, bajo la mueca de 
lívida idiotía, que la enfermedad puso en su antes 
candido semblante ; 

eso, no fué óbice, para que León, la hiciera aún 
por dos veces madre, porque se trataba, según él, 
no de perpetuar la raza, sino de perpetuar la he- 
rencia ; 

m^is tres seguros de vida llamaba él, sus tres 
hijos, que eran como tres flores del jardín de la 
Epilepsia, tres creaturas blondas y delicadas, que 
se dirían hechas de cristal y, de oro, tanta era la 
blancura de las carnes, bajo el rubio fulgor de los 
cabellos ; 

«o criminales o imbéciles» decía él, mirándolos 
sin lástima ; «¡ ay ! de ellos si salen criminales ton- 
tos : y, peor si no salen criminales, porque el hom- 
bre bueno es el animal más desgra^2Íado sobre la 
tierra ; y, el más inútil» ; 

no acariciaba nunca a sus hijos : no los ama- 
ba ; aquella floración de su carne le habría sido es- 
torbosa si no fincara en ella su fortuna ; 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 221 

después del tercer hijo, había sentido la repug- 
nancia fisiológica de su mujer, y, se había sepa- 
rado definitivamente de ella ; 

su suegra, le había bastado para la satisfacción 
de sus emociones carnales, sin salir de casa, has- 
ta un día en que su mujer los sorprendió, en su 
propia habitación, en la más indecorosa posición 
de incesto ; 

ellos, no habían sentido venh el carro de la po- 
bre paralítica, cuyas ruedas con llantas engoma- 
das, se deslizaban sin hacer ruido sobre el espeso 
tapiz de los ap/osentos : no la vieron sino cuando 
llegó cerca al sofá donde ellos ejercían su asquero- 
so adulterio ; 

la vieja, volvió el rostro contra la pared, como 
para no ver cara a cara a su hija ; León Vives, a 
medio vestir, pálido de rabia, se dirigió a su mu- 
jer, que balbuceaba algo, en su lenguaje inintehgi- 
ble, y, la abofeteó rudamente, después dio un pun- 
tapié violento al cochecillo, el cual retrocediendo, 
pasó por la misma puerta entreabierta por donde 
había entrado y, fué a chocar contra el muro de 
enfrente, y dando un cabrioleo se volcó, dejando 
debajo a Magdalena, que lloraba sin poder ser oída ; 
desde entonces, León y su suegra, se amaron en 
casa de ésta, hasta que él, logró lo que quería : el 
dinero necesario para fundar El Monitor Católico, 
un periódico, exclusivamente suyo ; 

después, le volvió la espalda, y la vieja, despe- 
chada, se fué a Europa, con su marido, y se es- 
tablecieron en París ; 

la aparición del Monitor Católico fué un acon- 
tecimiento sensacional, en la política y en la lite- 



222 VAEGAS VILA 

ratura del país, y, dio a León Vives, la posición y, 
la autoridad que él ambicionaba : 

y, no podía ser de otra manera ; León Vives era 
mentalmente lo más alto, que en las mesnadas se- 
mipensantes del clericalismo de Bizancio, había : 

el conservatismo clerical, tenía ya un Jefe, y ese 
Jefe aseguraría para siempre su victoria ; 

aceptado por todos como Jefe del Partido Cleri- 
cal, hecho el primer diarista de su época, recono- 
cido como la primera autoridad intelectual y moral 
de su país, el primer cerebro y la más alta virtud 
de Bizancio : ¿ qué le faltaba ? ; el Poder ; 

y, hacia él iba, o mejor dicho, hacia él lo lleva- 
ban, en vuelos acelerados sus conciudadanos ; 

hacía poco, que había sido lanzado por todas las 
fuerzas políticas y sociales del clericalismo, como 
candidato para Gobernador de Bizancio, que era 
la Suprema autoridad del País ; 

un verdadero delirio de entusiasmo, un gran ru- 
mor de aplauso, había recibido su nombre del uno 
al otro extremo de aquella Baratarla tropical, con- 
movida hasta las entrañas, como siempre que le 
era dado el placer de buscarse un Amo ; 

sus contrarios, no podrían luchar con él ; no te- 
nían ni la fuerza moral, ni la fuerza material ; allí 
las masas electoras, eran materia reclutable, o 
materia asesinable ; nada más. 

Bizancio, era un feudo de Koma, y León Vives, 
era el candidato romano : ¿quién podría luchar 
con él?... 

su contrincante era un Abogado de Provincia, 
muy sabio, muy elocuente, pero muy pobre, go- 
zando por la pm'eza cristalina de su Vida, de un 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 223 

gran prestigio, entre los liberales, que tomaban su 
nombre como una bandera de reacción, contra las 
impurezas administrativas, y, el peculado impe- 
rante, que habían hecho de Bizancio, la Jauja de 
los especuladores sin conciencia y, de la más baja 
canalla aventurera, que se hubiese abatido jamás 
sobre una tierra en desastre ; 

esos pujos de Moral, hacían reír a León Vi- 
ves, que decía : 

— La Moral, es una Esclavitud, ¿cómo es posi- 
ble que hombres que se dicen hbres puedan creer 
en ella? estos esclavos voluntarios, son más des- 
preciables que los otros, porque inventar un Amo, 
es peor que soportarlo ; esclavitud incurable es 
ésa, porque es de la Voluntad y, no de la Necesi- 
dad, que emana; pero, ¿son sinceros esos hom- 
bres? ; no lo creo; nada, la Moral, seguirá siendo 
siempre el más productivo de los negocios ; en 
cuanto a mí, yo no tengo derecho a quejarme de 
ella ; ha sido mi vaca de leche ; 

pero, León Vives, se equivocaba en este caso, 
y sabía que se equivocaba ; porque su contrincan- 
te era realmente, el espécimen de una fauna ex- 
tinta en aquel país, pero que aun tenía represen- 
tantes ; era un hombre honrado, y, se llamaba : 
Juliano Hermida. 

León Vives, lo conocía bien, lo conocía desde su 
adolescencia, cuando había sido el huésped de su 
familia, y, algo como el fugitivo hermano de su 
corazón ; 

no se habían vuelto a ver después, apenas si 
León, había sabido de su amigo, por relaciones de 
Ips periódicos que hablaban de su gran elocuencia 



224 VARGAS VILA 

forense, de sus enormes gestos de altruismo que 
hacían de su vida toda, uno como poema heroico 
de sonoras abnegaciones, lo cual había hecho a 
León Vives, decir en más de una ocasión : 

— Mi profecía se cumple ; yo siempre dije que 
sería un imbécil ; 

no se habían escrito nunca, y de aquellas sua- 
ves horas de la vida pasadas bajo un sol de ado- 
lescencia, lo que era en el alma de León Vives, no 
quedaba recuerdo alguno ; el pasado no existía, pa- 
ra aquella alma absorbente de recuerdos, abierta 
sólo a las sensaciones del presente, cegada por la 
pertinacia loca de mirar al porvenir ; 

pero, ahora que Juliano Hermida llegaba, y lle- 
gaba como su contrincante, lo recordaba, y lo re- 
cordaba con odio... 

hizo gala de ese recuerdo para insultarlo ; 

y, fué calumniando su pasado, que hizo mención 
d'3 acordarse de él ; 

justamente, el día anterior, en su propio diario, 
refiriéndose a un acontecimiento de la niñez de 
Juliano Hermida, en que éste para defender a su 
madre brutalizada, había tenido que ir contra su 
pa:"!re, y, deformando ese hecho a su manera, 
León Vives, había dicho : 

cEsa es la diferencia entre mi contrincante y 
yo ; yo, no he disparado jamás contra mi padre ; 
yo, no soy un Parricida» ; 

y, había creído aplastarlo, con la terrible maza 
de esa frase ; 

y, reía de su victoria. 



'M 



Fatigado de rememorar su vida toda, eu ese lar- 
go esfuerzo de memoria, que había sido un viaje 
de años, León Vives se puso en pie ; paseó a gran- 
des pasos por su aposento, desperezándose como 
un felino al sol ; y, sonreía, y tarareaba entre dien- 
tes, el refrán de una canción de moda, feliz de la 
Vida, feliz de sus triunfos pasados, feliz de los 
triunfos presentidos, sintiendo el porvenir como 
una fanfarria guerrera, tocar grandes himnos de 
Victoria, en su corazón ; 

sonó el timbre y, a la llegada del camarero, asu- 
mió ese aire de tirano triste, que le era peculiar en 
su casa ; 

se hizo poner el abrigo, tomó el sombrero, y 
salió ; 

al llegar a la escalera, cambió de aspecto ; 

inclinó la cabeza sobre el hombro izquierdo, en- 
tornó los párpados sobre las pupilas siempre can- 
didas, y una vaga sonrisa apacible y triste, se di- 
bujó en sus labios, y, extendió como una alba de 
mansedumbre sobre su rostro ; 

} BIZANCIO. — 16 



226 VARGAS VILA 

unos chiquillos que había en el zaguán dejaron 
de jugar ; las mujeres de la vecindad, se inclinaron 
a su paso, como llenas de un respeto supersticioso ; 

ya en la calle, no vio sino anuncios multicolores, 
por todas partes aclamando su nombre : «Círculo 
Católico» , candidato : León Vives ; «Propagan- 
distas de la Fe», candidato : León Vives ; «La Mi- 
licia de Cristo» , candidato : León Vives ; «Liga de 
las buenas costumbres» , candidato : León Vives ; 
«Los Hijos de la \argen de Lourdes» , candidato : 
León Vives; «Sociedad de la Circuncisión», can- 
didato : León Vives ; «La Democracia Cristiana» , 
candidato : León Vives ; «El Orden Social» , «La 
Defensa de la Religión», «La Juventud Católica» 
todos tenían un solo candidato : León Vives ; has- 
ta una «Sociedad de Madres de Familia» invitaba 
a ios electores, a votar por León Vives, que era el 
defensor del Orden, de la ]\Ioral, y de la Fe ; 

por entre este jardín de flores retóricas, crecidas 
en las murallas, marchaba él, inclinado de lado, 
la vista baja, fingiendo no ver nada ; 

todos se descubrían a su paso ; él saludaba, tí- 
mido, un poco confuso, y seguía, sintiendo alzarse 
tras de él, el rumor de la admiración pública, que 
decía : 

— ¡ Es un Santo ! i es un Santo ! 

llegado a las oficinas de su periódico, las genu- 
flexiones se hicieron aún más humildes, los salu- 
dos, más respetuosos, porque allí, a la admiración, 
se añadía el miedo ; su severidad era proverbial, 
como su avaricia ; pagaba muy mal sus empleado?, 
y los trataba peor ; se mezclaba a su vida priva- 
da ; ¡ ay ! i de aquel cuyos discursos, no correspon- ■ 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 227 

dieran a la más estricta ortodoia ! ¡ ay ! de aquel 
que no comulgase semanalmente, o no pertenecie- 
se a una asociación religiosa ; ésos eran despedi- 
dos inmediatamente, y como en la ciudad había 
tan pocas imprentas, era el hambre, casi siempre, 
el castigo del culpable ; 

una vez en su despacho, pidió los diarios de la 
mañana, que soKa leer todos, aun los mas insigni- 
ficantes ; 

era insaciable en su avidez de lectura ; podría de- 
cirse que a esa hora, era la comida de la fiera ; 

buscaba con preferencia los de polémica recia 
contra él ; aquellos en que sus adversarios ponían 
más rencor contra su nombre ; 

era aquella una lectura que lo retemplaba para 
el combate ; era allí que tomaba fuerzas ; 

aquel día, buscaba con interés, las respuestas a 
sus últimos artículos ; 

de repente, tropezó con un periódico, que no co- 
nocía, que le venía dirigido a él, jx^rsonalmente, y 
marcado al margen del editorial con la leyenda 
agustiniana : ToUe Lege ; 

el periódico se llamaba La Revancha y, se de- 
cía : «órgano de la Juventud Liberal» ; y, el ar- 
tículo editorial marcado al margen, se titulaba : 
«Catilina». 

León Vives, como todo hombre verdaderamicnte 
intelectual, tenía el culto del estilo ; para él, el es- 
critor valía o no valía, según los medios de ex- 
presión de que se sirviera ; de sus enemigos a los 
que él perdonaba menos, era a los mediocres y, a 
los gárrulos ; 

e\ estilo de aquel artículo, que era todo contra 



228 VAEGAS VILA 

él, lo atrajo desde la primera cláusula, luminosa, 
como un rayo, y, sonora como una diana ; 

devoró el insulto, seducido por la pompa de aquel 
decir extraño, lleno de una invencible sugestión. 

— He aquí un escritor — se dijo mentalmente — ; 
uno como hay pocos — y, acabó de devorar la fas- 
cinante página, que era toda, una requisitoria con- 
tra él, la mayor y la más terrible, que se hubiese 
escrito hasta entonces ; 

el autor, indudablemente un joven, imbuido en 
los prejuicios escolares, y lleno de los conceptos 
mentirosos de Salustio, juzgaba a Catilina, como 
a un bandido, y se apoyaba en eso para hacer el 
más elocuente y apasionante paralelo, entre la am- 
bición del romano y la de León Vives, pronto tam- 
bién a todos los delitos, y, terminaba por este reto 
sangriento : 

«León Vives, acusando y desfigurando un acto 
heroico de la niñez de Juliano Hermida, exclama 
en su periódico de ayer : «Yo no he tirado nunca 
sobre mi padre ; yo, no soy un Parricida» ; 

»en efecto, León Vives, no ha tirado nunca so- 
bre su padre, porque no ha sabido nunca quién es 
él ; y, no se puede disparar así, a mansalva, so- 
bre el público todo de rm pueblo, cuando se tiene 
el derecho de creerse el hijo de todos ; 

»y si alguien le hubiese dicho a León Vives el 
nombre de su padre, tampoco hubiese disparado 
sobre él, porque sus sentimientos católicos le hu- 
biesen impedido, herir la cabeza tonsurada del cu- 
ra de Santa Tecla... 

»era más cómodo asesinar a su Maestro, su Pro- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 2-29 

tector, aquel que era como el Padre de su alma, a 
Lucio Pica ;... 

»es tiempo de decir al asesino : Esconded esa 
mano acusadora ; esa mano suda sangre : ; Pa- 
rricida ! 

))se lo digo yo ; yo, el hijo de su víctima» : 

y, firmaba : Ernesto Pica. 

León Vives, quedó absoi-to, lleno de un miedo 
inexplicable, que le subía al corazón, del fondo de 
algo desconocido, que clamaba en él ;... 

tocó el timbre. 

— Que venga Ortiz. 

Ortiz, era uno de sus empleados, natural de San- 
ta Tecla, muy recomendado del cura de esa, y en 
el cual tenía absoluta confianza ; además, era me- 
dio intelectual y, medio espía, y, sabía todo lo 
que acaecía en los medios políticos y literarios de 
la Capital. 

— Ortiz, ¿quién escribe este periódico? — le 
preguntó León Vives, al verlo. 

— Unos muchachos de la Universidad Republi- 
cana. 

— Y, ¿quién es este Ernesto Pica? 

— i Cómo ! ¿ no lo conoce ? éste es el hijo de Lu- 
cio Pica, y, de doña Rosina, la prima de Usted. 

— Y, ¿está ahora aquí? 

— Sí ; después de la muerte de la madre de Lu- 
cio Pica, Rosina y Victoria, quedaron viviendo 
juntas, siempre como directoras de la Escuela, edu- 
cando los dos niños, Ernesto y, Virginia, ésta úl- 
tima, hija de Victoria ; 

y, el empleado, no dijo más, para no recordar al 
Santo, sus pecados de juventud. 



230 A'AEGAS VILA 

— Sigue. 

— Habiendo muerto Victoria, hace dos años, do- 
ña Eosina se vino a la Capital, para cuidar de la 
educación de Ernesto, que dicen que es un talen- 
to prodigioso, pero con ideas tan perversas como su 
padre... 

el pobre empleado no sabía lo que decía en aquel 
momento. 

— Y, ¿Alrginia? — dijo León. 

— Estuvo con ellos hasta hace un año, que en- 
tró de Hermana de la Caridad. 

■ — ¿Tan joven? 

— Es novicia ; profesará al tener la edad ; es el 
encanto de las otras hermanas ; muy hábil en 
asuntos de Física y de Química ; y, está encarga- 
da de la Farmacia en el Flospital de San Anto- 
nio ; cuando yo estuve enfermo en ese Hospital, 
hace unos meses, la veía todas las mañanas, a la 
hora de traer las medicinas ; y, todos la seguía- 
mos con la vista fascinados ]X)r tanta belleza : ¿ sa- 
be Usted cómo la llaman los practicantes y los en- 
fermos? Sor Lirio. 

— Sor Lirio — repitió León Vives, maquinal- 
mente, hundido en uno como limbo de cosas inex- 
presadas, y, despidió al empleado, con un gesto 
imperioso de la mano ; 

y, quedó mudo, como poseído |X)r la intensidad 
de una alucinación extraña, temeroso, como si una 
atmósfera hostil se hubiese alzado de súbito en 
torno de él, y, lo llenase todo... 

era la aparición viva de su Pasado, su Pasado 
hecho carne, que se alzaba ante sus ojos con un 
gesto de hostilidad amenazante... 



LA COXQÜISTA DE BIZANCIO 231 

el Pasado no perdona ; 

nada puede el Olvido contra el Pasado, porque 
el Pasado no olvida... 

nosotros morimos ; nuestro pasado no ; es lo úni- 
co que nos sobrevive ; 

prisionero de su Pasado, sorprendido por él, en 
el Camino del Triunfo, León Vives temblaba co- 
mo si enemigos invisibles, surgiesen por todas par- 
tes, con espadas desnudas dirigidas contra su co- 
razón ; 

¿eximo librarse de su Pasado, cuando ese Pasa- 
do, se ha hecho carne, y, viene centra nosotros?; 
no hay pasado en la Vida ; el Pasado es una fic- 
ción ; la Vida es Una ; 

ese bofetón moral, el más recio que se había da- 
do sobre su rostro, era su hijo, quien se lo daba, 
porque aquél era el hijo de Rosina y, de él, que 
habían hecho pasar por hijo de Lucio Pica. 

— Es mi sangre — decía él—-, la germinación de 
mi propia sangre, la que quiere ahogarme. ¡ Ah 
mi raza ! ¡ raza de Odio y de Maldición ! i raza de 
Atridas ! ; nadie sabe que existe este nido de víbo- 
ras ; yo acabaré mi raza ; 

y, extendía la mano amenazante, en una ondu- 
lación asesina, como en un delirio exterminador ; 

y, temblaba, presa de un miedo moral, que no 
había tenido nunca, como si viese el fantasma en- 
sangrentado de Lucio Pica, tendiendo hacia él los 
brazos amenazantes. 

— No — decía él — ; si fuese realmente el hijo de 
Lucio Pica, me perdonaría la muerte de su padre ; 
pero, es mi hijo, y un hijo de León Vives, no pue- 



232 VAKGAS VILA 

de perdonar ; es mi sangre que venga la sangre 
de los otros ; 

y, él que estaba fuera de los límites del escrúpu- 
lo, no estaba fuera de los de la superstición cientí- 
fica, que llevada a lo absoluto, es la última supers- 
tición de los hombres superiores ; 

no era la Conciencia, era la Ciencia, la que lo 
torturaba ; la Ciencia, que él creía infalible ; no 
era la procesión de sus faltas, la que veía mar- 
char contra él, eran los glóbulos de su sangre, 
transfundidos en otros, y, hechos seres vivos los 
que lo obsesionaban : 

— No hay leyes morales — se decía — , sino leye? 
físicas ; la Moral, es un convencionalismo, pero la 
Ciencia, es una certidumbre ; la Providencia es 
una palabra ; la Ciencia es un Hecho ; el Bien y, 
el jNIal, son hipótesis mentales, pero la sangre;... 
la sangre es una realidad... y, he ahí que hoy hallo 
mi sangre frente a mí ; mi sangre hecha hombre 
para vengar los otros ; pero, yo destruiré mi san- 
gre fructificada, la destruiré hasta el último gló- 
bulo ; nada quedará de mi simiente ; . . . he ahí mi 
Pasado, que amenaza devorar mi Porvenir ; yo, 
destruiré mi pasado ;... y, nada quedará de él ; 

y, temblaba, presa del Miedo y del Odio, con- 
tra aquel su otro Yo, que se alzaba de súbito ante 
él, para insultarlo, y, acaso para eclipsarlo ; 

y, un rencor sordo lo asaltaba, un gran rencor 
poderoso y, terrible, que crecía en su alma, como 
un terrible río, solitario en la Noche ; 

y, una gran ola de crimen, pasó por sus ojos y, 
por su alma, por esa grande alma miserable, que 
no conocía el Perdón. 



Y, el gran domingo electoral llegó ; un día ra- 
dioso y asoleado, en que el cielo mismo parecía 
asociarse al delirio de Bizancio en fiesta, poseído 
de la fiebre de darse un amo ; 

desde las primeras horas de la mañana las cam- 
panas de las iglesias y las lenguas de los predica- 
dores, echadas a vuelo, invitaban al pueblo con lla- 
madas sonoras, a concurrir a las urnas, para lidiar 
el combate contra la herejía, eligiendo a León 
Vives, para Gobernador ; 

en la policromía gritante de los muros, el nom- 
bre de León Vives, se ostentaba en todas las for- 
nias, ornado de todas las leyendas en cartelones de 
una vibrante alacridad ; 

bien pronto las mesnadas electorales, estuvieron 
en m£Ci-cha hacia las urnas ; 

los jesuítas, los salesianos, los Hermanos Cris- 
tianos, llevaron sus discípulos a votar, haciéndo- 
les jurar a muchos una edad que no tequian ; 

masas de obreros, amenazados de excomunión, 



234 VAEGAS VILA 

íuei'üii a votar, sin saber siquiera leer el nombre 
que depositaban en las urnas ; 

los liberales, que ensayaron votar, fueron barri- 
dos por las descargas de la fuerza públim, o poi 
la mano de los gendarmes, que los redujeron a lí* 
impotencia o a la cárcel ; 

a las cuatro de la tarde el triunfo de León Vi- 
ves, se anunciaba por completo ; 

los telegramas, los telefonemas, decían de todas 
partes la victoria ; 

las masas clericales, ebrias de todas las ebrie- 
dades, inclusive la del triunfo, se diseminaban por 
la ciudad, llevando a todas partes, sobre los labios 
y sobre el pecho, el nombre y, la imagen del Ven- 
cedor ; 

el retrato de León Vives, ornado de frases ale- 
góricas, llenaba la ciudad ; ya no era sólo en los 
muros, que ostentaba su triste y apacible belleza 
de Doctor angélico, el rostro imberbe, a pesar de 
los años, afeitados los pocos pelos que amenazaban 
ultrajarlo con su presencia, y, los grandes ojos 
candidos, los ojos de niño enamorado, mirando la 
multitud, con su timidez astuta de novicio ; un 
San Luis Gonzaga, por sobre el cual no hubiese 
pasado el vuelo de los años, sino que se le llevaba 
al cuello como un escapulario, se le colocaba en 
los altares de las casas, al lado de los otros santos, 
se le encendían cirios durante las horas electora- 
les, como para que él mismo, hiciera el milagro da 
su elección. 

Bizancio aclamaba y, adoraba a su Profeta ; 

apenas llegada la noche, la ciudad, toda se ilu- 
minó como por encanto, estallando en una mag- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 235 

nificencia floral, de luces multicolores ; la iglesia 
de los jesuítas, toda roja, con los farolillos que 
adornaban sus torres y, ventanales, semejaba una 
farándula incendiada en la soledad de la noche ; 

el nombre y, el retrato de León Vives, en trans- 
parentes enormes aparecía sobre los edificios pú- 
blicos, como si fuese el alma ávida y fuerte del 
Incendio, llenando el horizonte de la ciudad ven- 
cida ; 

la ondulación de los cohetes, de las luciérnagas, 
de los globos, hacían la impresión de las alas ro- 
jas de una Victoria de Palas, abriéndose y, ce- 
rrándose en la sombra. 

León Vives, en el gran salón de su casa, reci- 
bía las noticias de sus triunfos, y las visitas de 
sus amigos y de sus partidarios, humilde, silencio- 
so, cuasi triste, y, resignado, decía él, a aceptar la 
ponderosa carga, con que Dios lo quería abrumar, 
en sus inescrutables designios. 
' — En esto, yo no soy nada, la Causa es todo ; 
y, nuestra Causa es la de Dios ; Dios, combate por 
nosotros ; 

afuera, la muchedumbre aullaba la victoria, bajo 
los balcones del Vencedor : 

el alma toda de Bizancio, estaba allí, aclaman- 
do a León Avives, que era como aplaudirse a sí mis- 
ma, porque León Vives, era su más completa per- 
sonificación : 

León Vives, era Bizancio hecho hombre ; y, 
Bizancio, lo aplaudía, lo llamaba, lo aclamaba, con 
los brazos tendidos hacia él, en un gesto de fana- 
tismo delirante y febril : 

éste, se mostró varias veces en el balcón, acce- 



236 VAEGAS VILA 

diendo a los requerimientos de la multitud, que lo 
imploraba, y a su presencia, los aplausos, los \ vi- 
vas ! los ¡ burras ! atronaron el espacio, con un ru- 
mor de mar... 

las músicas se seguían unas a otras ; himnos 
marciales e bimnos religiosos, se sucedían, llenan- 
do con sus acordes lamentables, la quietud insulta- 
da de la noche ; 

a cada telegrama de victoria, venido de los pue- 
blos de la provincia; a cada confirmación del es- 
pléndido triunfo, León Vives, no sabía sino decir : 

— Dios, lo ha querido : i Loado sea Dios!... 

y, para su fuero interno, encontraba entoncts, 
como siempre, que Dios es la palabra más cómo- 
da de cuantas ha inventado la necedad inagotable 
de los hombres ; 

cuando hacia la media noche, tuvo conocimiento 
de la decisión del Gran Jurado Electoral, que lo 
declaraba elegido, Gobernador de Bizancio, León 
Vives, dijo : 

— Demos gracias, al único dispensador del Po- 
der sobre la Tierra — y, se postró de rodillas, ante 
un enorme cuadro del Corazón de Jesús, (jue or- 
naba la testera del Salón, entre dos cirios enormes ; 

todos lo imitaron ; 

y, un gran silencio se hizo, sobre aquellas al- 
mas, agitadas del más violento torbellino de pa- 
siones ; 

afuera, la multitud continuaba en aullar, pero 
ahora, más débilmente, agotada por la fatiga, y, 
muy disminuida ya, por lo tardo de la hora ; 

cuando León Vives, después de orar unos mi- 
nutos ante el Corazón de Jesús, se puso en pie, 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 237 

en sus candidos ojos llenos de tristeza, las lá- 
grimas extendían un velo pluvioso... lloraba... 

estas lágrimas enternecieron enormemente, a 
aquellos que le rodeaban, y, no faltaron alguno? 
otros viejos cocodrilos, de los pantanos de la polí- 
tica, que lloraron también ; 

viéndolo tan fatigado, los amigos de León Vi- 
ves se retiraron, dejándolo solo : 

éste, ya libre de ellos, dio rienda suelta a su ale- 
gría ; 

apagó todas las luces, cerró todas las puertas, 
y, se acercó a los cristales del balcón, desde donde 
se veía la ciudad, iluminada en su honor y llena de 
SQ nombre ; 

y, contempló su conquista, como un tigre con- 
templa su presa, antes de devorarla ; 

en las torres de las iglesias y, en los balcones de 
las casas, los farolillos y, las candilejas, se apaga- 
ban uno a uno, como ojos de niños fatigados, que 
se cerraran para dormirse : el eco de las músicas se 
extinguía en los ámbitos lejanos ; el populacho, 
ronco de gritar se había retirado, refugiándose en 
las tabernas a festejar su triunfo, feliz porque ya 
se había dado un Amo. 

León Vives, vio desde allí, crecer el Silencio y 
la obscuridad, como un imperio mudo y, tenebro- 
so, sobre la ciudad conquistada por su audacia ; 

y, la miró fijamente, fascinantemente, con un 
gran' desprecio, en el fondo de su alma, insaciable 
de victorias, con ese amargo rencor que la inanidad 
de todo triunfo, deja en las almas superiores ; y, 
con su invencible manía de latinista, murmuró, se- 
ñalándola : 



•238 VARGAS VILA 

— ÜRBS Devicta... sí, be ahí la Ciudad Venci- 
da, la Ciudad Vencida por él ; 

ya estaba a sus pies, Bizancio conquistada. 

¡ Guay de Bizancio ! 

y, con una cólera sorda, con una cólera irrazo- 
nada, contra la ciudad vencida, culpable sólo de 
adorarlo, tendió hacia ella el brazo derecho, con 
el gesto dominador de los Tindáridas de la Plaza del 
Quirinal, como para encadenar su presa, y, ex- 
clamó... 

— ¡ Ya eres mía ! 

— ( Guay de ti, Bizancio!... 



A la elección de León Vives, que se sabía era la 
muerte de toda Libertad, sus adversarios respon- 
dieron, con un grito de guerra ; 

y, se organizaron, para alzarse en armas, el día 
mismo de la posesión del nuevo Gobernador. 

León Vives lo sabía, y se preparaba a aplastar 
la revuelta, no sin inquietud, pero lleno de una ín- 
tima sed de sangre, que lo bacía prematuramente 
feliz ; 

todos sus instintos de asesino frío, de asesino me- 
tódico, se despertaban en él, a la sola idea de po- 
der dar la muerte, y deleitarse en ella ; 

y, el día de la Posesión del Poder, llegó ; 

ese día, como el día de su elección, las campa- 
nas echadas fueron a vuelo, desde la hora del alba, 
y, aounciaron al pueblo, el advenimiento del 
Amo ; 

pero, el aspecto de Bizancio, era distinto ; tris- 
te estaba la ciudad ; triste como un jardín bajo la 
lluvia ; 



240 VARGAS VIL A 

es verdad que sobre las torres de las iglesias, y, 
en los balcones de muchas casas ondeaban bande- 
ras significativas, con lemas piadosos, como : «¡ Vi- 
van Dios y, León Vives!»; «Viva el Defensor 
de la Fe» ; pero ondeaban en un horizonte sin cla- 
mores, sobre un pueblo sin entusiasmos ; 

la guerra había estallado, aquella misma ma- 
ñana, en una aldea cercana, y repercutía en la Ca- 
pital, con motines sangrientos ; 

la ciudad, tenía el aspecto de un campamento, 
toda llena de fuerza armada ; 

y, así mientras a las once de la mañana, entre 
el repique de las campanas, y el disparar de los 
cañones, León Vives, prestaba el Juramento de 
Ley, y en él juraba defender antes que todo, y, 
sobre todo, los fueros de la Iglesia, contra la hidra 
devoradora de la Anarquía, como en su cursi pala- 
brería, llamaban los clericales a la Revolución, y el 
Arzobispo en un discurso en jerga macarrobíblica, 
lo llamaba el Macabeo de la Iglesia y, le recomen- 
daba emular la gloria, de todos los Restauradores 
de la Fe, que en esos últimos tiempos había pade- 
cido Bizancio ; afuera, en los puntos extremos de 
la ciudad, el ruido de la fusilería anunciaba que se 
combatía ya, y que la sangre comenzaba a derra- 
marse ; 

así, cuando León Vives, salió de la Catedral, ba- 
jo vara de palio, acompañado hasta la puerta por 
el clero capitular, y, se dirigió a su casa entre dos 
íilas de soldados, no oyó sino el eco de los dispa- 
ros lejanos y, no vio sino las camillas de los heri- 
dos que llevaban al Hospital : 

apenas llegado a la Casa de Cubierno, dictó un 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 241 

Decreto, declarando la Ciudad en estado de sitio, 
la provincia toda bajo la Ley Marcial, y abolido to- 
do tribunal que no fuese el Consejo de Guerra per- 
manente, que bajo su Presidencia, juzgaría en 
juicio sumarísimo, a los rebeldes. 

— Yo vengo — decía — , a gobernar un Pueblo, 
pero, si no puedo, gobernaré un Sepulcro ; sobre 
los vivos o sobre los muertos, yo reinaré ; 

a quienes hacían alguna observación sobre la 
fuerza de la Revolución, que crecía por momentos, 
él contestaba : 

— Mi Poder viene de Dios ; y, Dios no será nun- 
ca vencido ; 

y, como merced a un severo espionaje, estable- 
cido desde antes de su posesión, tenía en sus ma- 
nos, gran parte de los hilos del complot, supo que 
aquella misma noche los Jefes de la Revolución, 
residentes en la Capital, con su Jefe Juliano Her- 
mida a la cabeza, se reunirían en cierta casa, para 
de allí, marchar sigilosamente al campamento re- 
belde ; 

organizó un esmerado servicio de policía, con 
sus mejores galgos a la cabeza, para sorprenderlos 
y aprisionarlos ; 

así fué ; 

cayeron entre sus manos, y, sometidos aquella 
misma noche a un consejo de guerra verbal, fue- 
ron condenados a muerte y, fusilados al aclarar el 
alba , .-contra un muro, en el patio de un cuartel ; 

sólo uno había escapado, uno, que para el odio 
de León Vives, equivalía a todos ; ese uno, era : 
Ernesto Pica ; 

el joven periodista, había llegado demasiado tar- 

BIZAXCIO. — 17 



243 - VAEGAS VIL A 

de a la cita, y, viendo la casa guardada por poli- 
cías, había comprendido de qué se trataba, y, ha- 
bía escapado... 

escondido en el Hospital, donde estaba Sor Li- 
rio, estuvo todo el día, hasta que las mismas her- 
manas de Caridad, le facilitaron unas ropas tala- 
res, para que pudiese escapar al campamento, ves- 
tido de sacerdote ; 

y, al aclarar el alba de aquel otro día, se pre- 
paraba ya a abandonar la ciudad, bajo su disfraz, 
cuando queriendo tener noticias de su madre, an- 
tes de abandonarla tal vez para siempre, se apro- 
ximó a la vecindad de su casa, e hizo llamar la 
vieja criada que los servía. 

— ¿Dónde está mamá? — le preguntó al verla ; 

la vieja calló. 

— Y, ¿mamá? — volvió a preguntarle, ya con un 
extraño temblor en la voz. 

— Ayer se la llevaron a la cárcel... 

— ¿Mi madre en la cárcel? — rugió, más que 
dijo, Ernesto Pica. 

• — Sí, señor ; 

y, comprendiendo que lo ignoraba todo, la vie- 
ja criada, le entregó el fragmento arrugado y su- 
cio, de una hoja clandestina, que circulaba subrep- 
ticiamente en la ciudad, como Boletín de los re- 
volucionarios ; 

y, en ella, pudo leer este suelto : 

«La madre de nuestro glorioso compañero Er- 
nesto Pica, Kedactor de La Revancha, fué ayer en 
la mañana, reducida a prisión momentos después 
del asesinato de Juliano Plerniida y, los otros je- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 243 

fes de la Kevolución ; sometida a un interrogato- 
rio, para que dijese dónde estaba su hijo, se negó 
a responder y, fué tan bárbaramente azotada por 
orden de León Vives, que quedó exánime sobre el 
lugar del suplicio, y, se dice que mañana será so- 
metida al mismo tormento, hasta arrancarle la con- 
fesión que entregue a su hijo, por el cual tiene el 
Dictador, una marcada aversión ; no le ha bastado 
Juliano Hermida, y, quiere a Ernesto Pica ; la 
fiera pide sangre.» 

Ernesto Pica, no lloró, no se inmutó, no dijo 
nada ; 

licenció al gua ; volvió la espalda al campo ; y, 
entró silencioso en la ciudad ; 

ésta, dormía bajo el espanto, como una selva ba- 
jo la noche ; 

las casas parecían sepulcros ; las ventanas, las 
puertas carradas, como si todos temiesen ver por 
ellas entrar la Muerte ; 

merced a su traje talar, que valía más que un 
pasaporte, Ernesto, pudo atravesar la ciudad sin 
ser molestado, y, antes bien, las patrullas lo salu- 
daban con respeto, y los centinelas, le dejaban li- 
bre el paso ; 

así llegó hasta la Iglesia de los Jesuítas, y, en- 
tró en ella ; 

el altar fulgía, y como de costumbre, desde cuan- 
do era simple ciudadano, León Vives estaba allí, 
oyendo la Misa, al lado del carrito de su mujer ; 

guardia palatina lo circundaba, mientras otro pe- 
lotón guardaba la puerta. 



244 VARGAS VILA 

Ernesto Pica, se arrodilla, en una de las naves la- 
terales, y fingió absorberse en sus rezos ; 

ia JNIisa. que era rezada, tuvo pronto fin, y Su 
Excelencia, como ya llamaban a León Vives, se 
preparó a abandonar el templo, empujando él mis- 
mo, el carro de la valetudinaria ; 

tenía su habitual aire modesto, cuasi tímido, que 
lo hacía aparecer siempre mucho más joven que 
su edad ; 

como traía los ojos bajos, según su costumbre, 
no vio a aquel que vestido de sacerdote, pudo 
aproximarse hasta él. en el momento, en que cer- 
ca a la pila del agua bendita, alzaba el brazo para 
santiguarse ; 

uno, dos, tres tiros de revólver se oyeron en el 
templo, y se vio a León Vives palidecer y, desplo- 
marse, mientras Ernesto Pica, ensayaba aún dispa- 
rar sobre él los otros dos tiros, prisionera ya la ma- 
no, por un agente palatino ; 

el Dictador, cayó en brazos de los clérigos que 
lo seguían, mientras el agresor, agarrotado por los 
sicarios, era conducido fuera, a empellones y a cu- 
latazos, y llevado a un cuartel cercano, entre la 
soldadesca furiosa, que gritaba : «¡ Muera el ase- 
sino ! ¡ Muera ! » ; y , quería lincharlo ; 

los pocos transeúntes, que se habían aventura- 
do a cruzar las calles, volvían presurosos a sus ca- 
sas, comentando el suceso, temblando ante la idea 
de las represalias, si el Dictador escapaba de la 
muerte ; 

éste, fué llevado exánime, y, con mil precaucio- 
nes a su casa, y, como su mujer estaba enferma y, 
su familia ausente en Europa, se llamaron apre- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 245 

suradamente, para asistirlo, dos Hermanas de Ca- 
ridad del Hospital más cercano, las dos prime- 
ras que pudieron acudir, y, fueron : Sor Patroci- 
nio de la Cruz, una vieja setentona, maestra en 
rezos y, en ungüentos, y, Sor Milagros de la Mer- 
ced, monja aún no profesa, que todas las otras te- 
nían en grande estima, por su talento y, su vir- 
tud, y que era aquella a quien los estudiantes de 
Medicina, y, los enfermos, entusiastas de su belle- 
za, apellidaban : Sor Lirio ; 

la vieja Hermana, venía cargada de amuletos, 
como si su principal misión, hubiese sido salvar el 
alma del herido ; 

la joven traía su botiquín, puesto que era la en- 
cargada de la Farmacia en el Hospital, célebre por 
la admirable sangre fría, con que presenciaba cier- 
tas operaciones y, aun la pericia con que las se- 
cundaba ; muy versada en cosas de la Química, nin- 
guna más hábil que ella, para la manipulación de 
las substancias peligrosas, y, la preparación de los 
medicamentos, que requiriesen una cuidadosa 
dosificación, en materias venenosas ; 

alta, blonda, magnífica, modelada como una 
Hebe adolescente ; género de belleza fantástico y 
fascinante, con su palidez cuasi diáfana, el porte 
imperial de la cabeza, soberbia bajo la toca can- 
dida ; las turquesas obscuras, con esfumaduras azu- 
losas de sus ojos, tenebrosos y, profundos, que 
podrían decirse fatales, lucían circuidas de unas 
ojeras tan hondas, que los hacían aparecer lejanos ; 
la unión de las cejas negras, en medio de tantas pa- 
lideces blondas, hacía aparecer duro su perfil 
juniano, que se diría el de una Judit virgen, con 



246 VAEGAS VILA 

las manos desarmadas, tendidas hacia los desvali- 
dos, en un gran gesto de Piedad. 

León Vives, vuelto en sí de su primer síncope, 
había preguntado : 

— ¿Quién es mi asesino? 

— Es un adolescente, casi un niño, se llama : 
Ernesto Pica, — le respondió alguien. 

— Él, él — gimió el Dictador, hecho aún más 
f)álido, y retrocediendo en el lecho, como ante una 
visión, y, luego murmuró muy paso, como para sí 
solo, para que lo oyera solamente su corazón ate- 
rrado : «¡ Mi raza ! ¡ Mi raza ! j Raza de asesinos ! 
i l(aza de Atridas!...» y, se muró las manos; sus 
manos, que debían estar rojas de sangre hasta los 
puños ; 

pasado ese síncope, y, el dolor de la primera cu- 
ra, el enfermo quedó tranquilo ; las heridas eran 
graves, pero no precisamente mortales ; se habían 
extraído los proyectiles ; y, si no venía alguna com- 
plicación en la noche, acaso podría salvarse ; tal 
fué la opinión de los médicos ; 

y, se prohibió en absoluto, que nadie hablase con 
él ; el reposo le volvería las fuerzas ; las dos mon- 
jas, encargadas de hacer cumplir esa consigna, la 
guardarían escrupulosamente ; 

en tanto, afuera, en las calles de Pizancio, se 
combatía desesperadamente : la noticia de que León 
Vives estaba herido, aumentaba el brío de los in- 
surrectos, y debilitaba el de las fuerzas oficiales, 
que empezaban ya a pensar en su suerte, caso de 
ser vencidas ; 

como sucede siempre, en esos casos, una reac- 
ción, se operaba en el fondo del Gobierno ; los Mi- 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 24/ 

iiistios, que habían asumido el Poder, comenza- 
ban a orientarse hacia la Piedad, habían puesto 
coto a las crueldades inauditas e inútiles con que 
León Vives, aterrorizaba la Capital, y ensayaban 
parlamentar con los enemigos, para atenuar el ho- 
rror de la guerra, si no era posible concluir con 
ella; 

hacia las diez de la noche, un Ministro entró 
hasta el lecho de León Vives, trayéndole la Sen- 
tencia del Consejo de Guerra, que condenaba a 
Ernesto Pica a muerte, y, pedkle que la firmara, 
si era que no agraciaba al culpable, en vista de su 
poca edad. 

— ¿Agraciarlo? — dijo León Vives, frunciendo 
el ceño, y presa de una verdadera cólera — : ¿agra- 
ciarlo ? ¡ jamás ! ¡ jamás ! i que muera cuanto an- 
tes ! ¡ ab, que no pudiera morir mil veces ! ¿a qué 
horas lo ejecutan? 

— Al aclarar el alba. 

— i Aun, unas horas !... ¡ cuánto tarda en morir ! ; 
que me avisen inmediatamente que sea ejecutado ; 
quiero saberlo ; 

durante este diálogo, Sor Lirio temblaba, como 
si fuese la flor de su propio nombre, sacudida por 
el ábrego. 

León Vives, volvió a caer en sopor ; 

a media noche, tuvo lugar una segunda cura ; 

el cirujano, muy satisfecho, observando las he- 
ridas, dijo : 

— Esto va muy bien ; se cicatrizan rápidamente ; 
la fiebre no es muy alta ; si no hay alguna com- 
plicación, Su Excelencia está salvado. 



248 V AEG AS VIL A 

— ¿Salvado?' — dijo León Vives, radiante de es- 
peranza y, de alegría ; 

y, no dijo más, porque le prohibieron hablar ; 

ya en la pieza cercana. Sor Lirio, dijo a los mé- 
dicos : 

— Hay una cosa grave, y, es que Su Excelen- 
cia, es cardíaco. 

— ¿Cardíaco? ¡ hum ! eso sí está mal. 

— Sí ; hoy durante todo el día, ha tenido dos cri- 
sis ; €n una de ellas, creí que iba a morir ahogado. 

— Eso, complica enormemente la situación. 

— Con el corazón no se juega ; la presencia de 
un embólido... hay que tener mucho cuidado, her- 
mana ; volveremos en la mañana. 

Sor Lmo, volvió al lado del enfermo ; éste , re- 
posaba tranquilamente ; Sor Patrocinio, somno- 
liaba al lado : 

— Hermana — le dijo Sor Lirio — , ¿ha oído us- 
ted lo que dicen los médicos? Su Excelencia está 
mejor ; ¿por qué no se retira a descansar siquiera 
sea una hora ? yo la llamaré luego ; 

la vieja aceptó gustosa ; Sor Lirio la acompa- 
ñó hasta el sofá de una habitación vecina, la hizo 
reclinarse en él ; pronto la anciana se durmió pro- 
fundamente. 

Sor Lirio, volvió inmediatamente a la alcoba de 
León Vives, se acercó a la mesilla, abrió su boti- 
quín, leyó con cuidado la etiqueta de un frasco, 
vertió unas gotas de su contenido, en la copa don- 
de estaba la poción calmante, hecha para aplacar la 
sed del herido, y, despertó a éste. 

— La poción, Excelencia, la poción. 

León Vives, abrió los ojos, llenos esta vez de la 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 249 

esperanza de la vida, y, apuró el contenido de la 
copa. 

— Me salvaré, Hermana, me salvaré — decía go- 
zoso, recordando las palabras del Médico. 

Sor Lirio, calló. 

— ¿Qué hora es? 

— Las dos. 

— Aun tres horas, tres horas para que muera mi 
agresor ; i cuánto tarda en morir ! ; yo no estaré 
tranquilo hasta que no haya exterminado mi pro- 
pia raza... ¡dentro de tres horas, estaré hbre de 
ella ! ¡ entonces viviré ! . . . 

Sor Lirio sonreía en la penumbra, y, sus pupi- 
las tenían un resplandor siniestro ; eran feroces, 
como los de una leona virgen, que husmease por 
primera vez, el olor de la sangre. 

León Vives, se dormitó un momento, pero, se 
despertó luego ,,diciendo : 

— ¡ Me ahogo, me ahogo, auxilio ! 

Sor Lirio, no se movió del sillón cercano. 

— ¡ Me muero ! ¡ Salvadme ! — gimió León Vives : 

— ¡ Él, también se muere, y nadie lo salva ! 

— ¿Quién es él? 

— Ernesto Pica, tu hijo... 

a estas palabras León Vives, abrió los ojos des- 
mesurados, quiso incorporarse en el lecho, gri- 
tando : 

— ¡ Tú ! y, tú, ¿quién eres? 

la monja se acercó bien al lecho, puso la lámpa- 
ra entre el enfermo y ella, y levantando la cofia, 
dejó ver todo su rostro, lleno de una belleza feli- 
' na, indomable : 

— ^Victoria Pica, Victoria Pica — clamó León 



250 VARGAS VILA 

Vives, temblando, retrocediendü contra el muro co- 
mo si quisiese huir de, los ojos asesinos de la mon- 
ja, que lo devoraban : 

— No soy Victoria Pica ; soy, su hija... 

— ¡ Su hija ! i mi hija ! — murmuró el herido al 
fin de fuerzas... 

y, calló... 

— ¿Me matas? — dijo después de unos minutos. 

—Sí. 

• — No; no; ¡auxilio!, mis edecanes, ¿dónde es- 
tán?... — gritó León Vives, con una voz que era 
ya imperceptible — ; ¡ que me libren de mi raza í 
¡ es mi raza, la que me mata ! ; que me libren de 
mis hijos ; piedad ! i piedad ! ¡ quiero vivir ; quiero 
vivir ! — decía, llorando — ; ¡ salvadme ! ¡ salvad- 
me ! — gritaba haciendo ademán de tirarse del 
lecho. 

Sor Lirio, lo tomó por el cuello, lo apretó fuer- 
temente, y, le hundió la cabeza bajo las almohadas ; 

así lo tuvo unos minutos ; 

cuando lo soltó, León Vives, ya no se movía ; 

los ojos enormes, tenían la ceguedad sagrada de 
la Muerte ; no podía hablar, y un ronquido afano- 
so le salía de la garganta ; 

era la agonía. 

Sor Lirio, le volvió la espalda y se encaminó a 
la ventana ; 

clareaba el día ; 

aplicó el mármol de su rostro contra el cristal, y, 
las dos alas de su cofia, semejaron una paloma em- 
balsamada, que se hubiese colgado a la vidriera ; y, 
los miosotis ígneos de sus ojos, interrogaron el ho- 
rizonte : 



LA CONQUISTA DE BIZANCIO 251 

las nieblas se evaporaban, y allá lejos, lo que ella 
buscaba se mostró : la mole roja de la prisión, don- 
de a esa hora moría su hermano ; 

como si los verdugos no hubiesen esperado otra 
cosa, algo negro y, fatídico como las alas de un 
cuervo enorme rasgó el horizonte y, se enseñoreó, 
ondeando sobre el friso principal de la prisión : era 
la bandera de los ajusticiados. 

Ernesto Pica, acababa de morir. 

Sor Lirio, abrió los brazos como una cruz, que 
abrazase a una alma, sus mangas enormes, seme- 
jaron las alas híspidas de un alción desgarradas 
por el huracán, en los parajes movibles del Océa- 
no, y más que arrodillarse se desplomó al suelo so- 
llozando : 

— ¡Hermano mío! ¡hermano mío!... 

y después, como si tuviese vergüenza de llorar, 
se puso en pie, enjugó sus lágrimas, y cual si vol- 
viese la espalda a su dolor la volvió a la claridad, 
y, miró fijamente hacia el lecho. 

León Vives, había expirado ; 

los ojos a flor de cara, la boca abierta, los dien- 
tes alargados inmensamente, como los de un lobo 
pronto a morder. 

Sor Lirio, no le cerró siquiera los ojos ; 

lo miró con un odio vertiginoso : 

— ¿Por qué no se muere sino una vez? — dijo — : 
¡ ali ! ¡si tmaeras cien vidas, cien veces te las qui- 
tara ! 

serena, fría, entornó sus párpados sobre las ti- 
nieblas de sus ojos, esos ojos que tanto se pare- 
cían a los del muerto ; una paz augusta se exten- 
dió sobre su rostro, cual si fuese una losa bajo la 



252 VAEGAS VILA 

cual enterrase su corazón ; abrió la puerta que da- 
ba sobre el salón, y, dijo a los oficiales allí de 
guardia : 

— Señores : Su Excelencia ha muerto ; 

después, volvió al pie del lecho, se puso de rodi- 
llas, inclinó la cabeza, y, pareció musitar una ora- 
ción ; 

y, un gran rayo de sol, el primero del día, entró 
por la ventana, y vino a jugar por igual, sobre las 
facciones lívidas del muerto, y sobre la nuca de la 
monja, donde rizos locos, rizos blondos, hacían iri- 
saciones áureas, cual si fuesen la cuchilla de una 
guillotina de oro, pronta a tronchar un hrio de 
cristal. 



FIN 



En Eavello, (Golfo de Salerno), a quince de Fe- 
brero del Año de Mil Novecientos Diez. 




p 



Lector : 

3i este libro te agrada, no lo preste*. 
Parque restándome compradores, agrade- 
cerías el deleite que me debes, devolviendo 
mal por bien. 

Si este libro no te agrada, no lo prestes. 
Porque obra insensatamente quien propaga 
lo malo. 

Prestar un libro es un gran perjuicio 
para el autor que coll>ra derechos por 
ejemplar vendido. 



RARE BOOK 
COLLECTION 






THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT 

CHAPEE HILL 



PQ8179 
.V3 
C6 
1919x 



Illllllllllllllillllllllllllllllililllllllllilllilllllliilllllllllillllllllllllllll 

EDICIÓN DEFINITIVA 



1. 


La Simiente. 


29. 


Los Divinos y los Hu= 


2. 


Ibis. 




manos. 


3. 


Sobre las Viñas Muer= 


30. 


Cachorro de León. 




tas. 


31. 


El Sendero de ¡as Al= 


4. 


Alba Roja. 




mas. 


5. 


María .Magdalena. 


32. 


Libre Estética. 


6. 


Aura las Violetas. 


33. 


El Ritmo de la Vida. 


■7. 


Los Discípulos de 


34. 


Los Césares de la de- 




Emaüs. 




cadencia. 


.8. 


Los Estetas de Teó= 


35. 


Rubén Darío. 




polis. 


36. 


La República romana. 


9. 


Sombras de Águilas. 


37. 


La Muerte del Cón= 


10. 


El Camino de! triunfo. 




dor. 


11. 


La Conquista ds Bi= 


38. 


Copos de Espuma. 




zancio. 


39. 


Verbo de Admonición 


12. 


El Minotauro 




y de Combate. 


13. 


Las Rosas de la Tarde. 


40 


Del Rosal Pensante. 


14. 


Flor del fango. 


41. 


En las Zarzas del Ho- 


15. 


La Demencia de Job. 




reb. 


16. 


Los Parias. 


42. 


Ars= Verba. 


17. 


De sus Lises y de sus 


43. 


El Huerto del Silen» 




Rosas. 




cío. 


18. 


La Voz de las Horas. 


44. 


Laureles Rojos. 


19. 


Archipiélago Sonoro. 


45. 


Prosas=Laudes. 


20. 


Lirio Blanco, 


46. 


Pretéritas. 


21. 


Huerto Agnóstico. 


47. 


Clepsidra Roja. 


22. 


Lirio Rojo. 


48. 


Belona Dea Orbi. 


23. 


Lirio Negro. 


49. 


Saudades tácitas. 


24. 


Salomé. 


50. 


Históricas y Políticas- 


25. 


De los Viñedos de la 


51, 


Prosas Selectas. 




Eternidad. 


52. 


Polen Lírico. 


26. 


Horario Reflexivo. 


53. 


Gestos de vida. 


27. 


El Final de un Sueño. 


54. 


El Imperio Romano. 


28. 

■ ■ 


La L'bre de la Loba. 


55. 
t ••••• 


Ante los Bárbaros.